De la vida literaria (apuntes para una comedia patética)

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Una noche de verano de 1915, las hermanas Lili y Elsa Kagan conversaban con un amigo ante la verja de la casa de campo de la familia, en Malachovka, no lejos de Moscú. La tibieza del aire, el perfume de los follajes invisibles les invitaban a postergar el momento de retirarse. De pronto Lili vio la luz de un cigarrillo que se acercaba en la oscuridad y escuchó una voz grave, acariciante, que los saludaba e invitaba a Elsa a dar un paseo. Una hora más tarde estalló un chaparrón. Elsa aún no había vuelto y su hermana mayor, angustiada, confió al amigo: “No puedo volver sin ella. ¡Ese hombre era Vladimir Maiakovski, y Mamá les teme a los futuristas como al lobo feroz!”. La camisa blanca del poeta no tardó en aparecer a lo lejos: para proteger a Elsa de la lluvia, ese lobo feroz le había prestado su chaqueta…
     Hijas de un padre abogado, especializado en contratos de músicos y gente de teatro, y de una madre melómana que las llevó a Bayreuth para hacerles conocer la música de Wagner, Lili y Elsa fueron educadas en el seno de esa burguesía judía adinerada donde germinaron ideas revolucionarias cuya realización iba a destruirla. Privilegiadas, las hermanas lo fueron toda la vida, como se trasluce en las 1630 páginas de la correspondencia (1921-1970) recientemente publicada en Francia; pero la noción misma de privilegio varió considerablemente según los contextos sociales e históricos.
     Cinco años de edad las separaban: Lili había nacido en 1891, Elsa en 1896. Ambas iban a pasar a la historia literaria del siglo XX, más que a su literatura, bajo los apellidos de sus maridos. Lili se había casado con el lingüista y crítico literario Osip Brik. Elsa iba a casarse, en plena revolución, con André Triolet, oficial francés elegante y donjuanesco, enviado a Moscú en misión militar durante la Primera Guerra Mundial; este oportuno matrimonio le permitió pasar los años de guerra civil en París, en San Francisco, en Tahití. Pero no fueron estos maridos quienes les confirieron la condición de musas. Lili fue cantada, famosamente, por ese mismo Maiakovski que había empezado por cortejar a su hermana; Elsa, por el surrealista francés Louis Aragon, su segundo marido.
     Al morir Maiakovski, Lili Brik heredó una aureola que no la abandonaría. El suicidio del poeta coronaba al personaje mítico que éste había construido con infatigable divismo durante toda su vida. La recuerdo en 1975, cuando visitó París para la inauguración de una exposición consagrada a Maiakovski en el Centro Georges Pompidou. Tres años antes de su muerte, esa anciana de ojos luminosos, que lograban eclipsar los excesos del maquillaje, le contaba a este interlocutor ocasional aquel primer encuentro nocturno con el poeta sin la esclerosis narrativa de una anécdota repetida a menudo, con la frescura de un recuerdo evocado por primera vez. Era imposible no pensar, al verla y escucharla, que en 1918 esa mujer se había improvisado actriz para interpretar junto a Maiakovski los guiones cinematográficos de éste (entre otros La niña bien y el atorrante, versión libre de La maestrita de los obreros de De Amicis…), que había vivido con él y con su marido en el departamento de la calle Guendrikov no 15, en Moscú, convertido por ellos tres en un centro de la vida cultural rusa a principios de los años 20. Toda su vida posterior a la muerte del poeta estuvo dedicada a su memoria; aun su último compañero, Vassili Katanian, fue el biógrafo oficial de Maiakovski.
     El poeta que a los veinte años de edad había estrenado en el Luna Park de Petrogrado una tragedia titulada Vladimir Maiakovski de la que era autor, actor principal y director, fue un vástago de la tradición romántica “byronesca”, renovada y estimulada por la ideología revolucionaria. Lili Brik, que conocía sus intentos frustrados de suicidio, sabía también de su miedo a envejecer, a ir perdiendo la energía animal que alimentaba su narcisismo. Como el de Serguei Esenin, su contemporáneo, y poeta muy superior, ese narcisismo necesitaba de una mujer —Lili Brik en su caso, Isadora Duncan para Esenin— como espejo sumiso que devolviera un reflejo erótico del héroe.
     El suicidio de Maiakovski (en 1930, a los 37 años de edad), como el de Esenin (en 1925, a los treinta), se prestó a fáciles recuperaciones políticas. En ellos se leyó la desilusión ante una sociedad de masas, por la que un poeta podía luchar pero en la que difícilmente podría vivir. El dístico final del poema que Maiakovski escribió al morir Esenin parecía anunciar su propia muerte: “En esta vida no es difícil morir,/ construir la vida es mucho más difícil.” Ambos poetas se habían querido heraldos, a la vez refinados y salvajes, de una revolución entendida como forma de cierta difusa modernidad, igual que la velocidad y las máquinas que tanto habían excitado a Marinetti. En su antiesteticismo cultivado, Maiakovski pudo escribir al volver de un viaje: “Lo más hermoso es Bakú: torres y pozos de petróleo. Su perfume es el mejor. Más allá, la estepa. Y el desierto.” Años antes, el fundador del futurismo italiano ya se había extasiado, en el manifiesto del movimiento, ante la belleza de la velocidad mecánica: “Un automóvil de carrera cuyo capot adornan grandes tubos como serpientes de aliento explosivo, un automóvil rugiente que parece impulsado por detonadores, es más hermoso que la Victoria de Samotracia”.
     Todos estos personajes decidieron vivir su vida como protagonistas, no aceptar papeles secundarios, y lo hicieron con un ímpetu que oscila entre la audacia y la desfachatez. Convencidos de que la Historia los necesitaba, cumplieron las misiones que se habían elegido. Cobijada a la sombra de su poeta muerto, Lili vivió en carne propia los avatares de la Unión Soviética, donde la frase “construcción del socialismo” sólo podía pronunciarse entre comillas, comillas invisibles e inaudibles desde París. En su leyenda perduraban los días embriagadores en que la idea misma de revolución eximía de toda mirada crítica sobre la realidad. Elsa, protegida primero por ese militar “que no escribía versos” —como lo recordaría años más tarde— pero que en su momento le permitió escapar de la guerra civil, instalarse en París y obtener la nacionalidad francesa, iba a ser aureolada por la pasión verbal de Aragon tanto como por el Partido Comunista francés, que al día siguiente de la Liberación le hizo ganar el premio Goncourt con una novela hoy olvidada. Su poeta estaba vivo y publicaba regularmente libros con títulos como Elsa, Les Yeux d’Elsa, La Messe d’Elsa, Cantique à Elsa, Le Fou d’Elsa, Il ne m’est de Paris que d’Elsa. Uno de sus versos más citados proclama: “La mujer es el porvenir del hombre”.
     Las hermanas Kagan vivieron arrulladas por ese espejismo. Si Lili prefirió consagrarse a mantener ardiendo la llama en el altar de su héroe (la famosa exhortación “Lili, ámame” en el poema testamentario de Maiakovski parece haberla guiado durante el resto de su vida), Elsa desarrolló una carrera literaria para la cual los hombres serían a la vez soporte y motor. Una vez descartado el militar francés cuyo apellido guardó, las cartas que envió desde Tahití a Victor Schklovski, entonces emigrado a Berlín, fueron el peldaño decisivo en ese ascenso. Schklovski las incluyó en Zoo: cartas que no son de amor. Cuando el libro apareció, en 1923, recibió elogios por ellas, entre otros el de Maxim Gorki; generosamente, el autor los trasmitió a Elsa junto con el estímulo para que continuara escribiendo. De la obediencia a ese pedido surgió En Tahití, su primera novela, escrita en ruso. Pero ni el suspirante de su adolescencia, que volvería a ver en Berlín, en camino de ser el célebre lingüista Roman Jakobson, ni Schklovski, acaso más recordado como teórico de la escuela formalista rusa que como autor de ficción, ni siquiera Aragon, cuyo renombre fue extinguiéndose gradualmente fuera de la órbita comunista, podían medirse con una leyenda como la de Maiakovski.
     Después de sus tres primeras novelas, escritas en ruso y publicadas en la Unión Soviética, Elsa Triolet iba a publicar en francés otras 17, además de numerosos ensayos y artículos. Con su mirada de águila cada vez más filosa, iba a envejecer celebrada por su segundo marido. Su mayor esfuerzo, según quienes frecuentaron a la pareja, lo dedicaba a hacer de Aragon otro Maiakovski, una personalidad fuerte y fascinante, algo para lo que el poeta francés no parecía particularmente dotado. Para ello, era necesario empezar por rescatarlo de la sombra de Breton, de los decretos y excomuniones con que ese caudillo literario parisién cultivaba una ilusión de poder; por extensión, arrancarlo a la esfera del surrealismo. En 1926, meses antes de afiliarse al Partido Comunista, Aragon ya había apoyado la exclusión del movimiento surrealista, promovida por Breton, de Antonin Artaud y Philippe Soupault.
     El servilismo, cuando es rasgo de carácter, suele perpetuarse bajo amos variables. En 1948, al morir Jdanov, Aragon hizo el panegírico de ese conductor de la política cultural soviética (que había condenado a “compañeros de ruta” como Picasso y Sartre con términos no demasiado diferentes de los que el nacionalsocialismo había aplicado al “arte degenerado”); también declaró seguir la línea por él trazada. Tampoco eludió, en esos años de rigor estalinista, la condena a cuanto intelectual era sometido a proceso en los países satélites.
     Como para reforzar los vínculos de familia, acaso para complacer a Elsa, ya había declarado, hacia 1935, que la influencia de Maiakovski lo rescataba del devaneo surrealista, lo empujaba a escribir para las masas. Este rapto retórico no fue confirmado por los hechos: de su obra posterior, que incluye voluminosas novelas, aplicadas aproximaciones al realismo socialista o, más sencillamente, decimonónico, es posible que sólo perduren algunos poemas patrióticos, como “La Rose et le réséda” o “Il n’y a pas d’amour heureux”, que un lirismo exaltado eleva por encima de la composición de circunstancias.
     Al morir Elsa, en 1970, el espectacular dolor público de Aragon tenía, sin embargo, una entraña auténtica. La sumisión a las consignas del Partido tal vez haya sido una forma entre otras de vivir el sentimiento que los había unido, y que para el poeta era incomparable: con la excepción de la riquísima, extravagante y desdichada Nancy Cunard, con quien vivió en los años 20, y de algunos fugaces afectos, Elsa fue la única mujer de su vida. Una vez viudo, Aragon redescubrió en la vejez las travesuras homosexuales de la adolescencia.
     

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     La correspondencia que estas hermanas lejanas mantuvieron durante casi medio siglo no es sólo un testimonio de esa vida cotidiana (“petite histoire”) que la Historia con mayúscula necesita desterrar para hacerse, y cuyas huellas solían ser relegadas hasta no hace mucho bajo la etiqueta, que se quería infamante, de lo anecdótico. Afortunadamente, los compiladores del volumen no han suprimido repeticiones y minucias sobre las cuales el lector, si lo desea, podrá pasar de largo. (Podrá medir, en cambio, entre tantas otras cosas, la importancia que tenía para Lili recibir libros y revistas, medicamentos y golosinas, redecillas para el pelo y cosméticos de Schiaparelli, tal vez valorizados por el mero hecho de ser inaccesibles en la Unión Soviética, y que retribuía con puntuales latas de caviar.)
     Es elocuente que las cartas intercambiadas entre 1921 y 1929 ocupen apenas quince páginas de este volumen, es decir una centésima parte de su extensión, mientras la correspondencia posterior a la Segunda Guerra Mundial ocupa casi nueve décimos: a medida que las hermanas envejecen, aumenta el tiempo de la reflexión y disminuye el derroche vital. Se afirman, también, los lazos de la tribu: “Sabes que en realidad no existe el tiempo ni el espacio, que poco importa dónde nos encontremos es como si no nos hubiésemos separado; queremos y detestamos a la misma gente y las mismas cosas, y retomamos la conversación empezada en nuestro cuarto cuando éramos chicas…” (Elsa a Lili, el 1o de mayo de 1949).
     Esa conversación es la que perdura en estas cartas. Embajadoras autodesignadas, puente entre dos culturas, dentro de límites estrictos las hermanas acaso hicieran por éstas más que cualquier diplomático. En una época que no preveía la existencia de Internet, ni siquiera la del fax, en que las comunicaciones telefónicas eran difíciles y costosas, y podían ser censuradas como las cartas, los envíos de libros con viajeros de confianza, la recomendación de nombres nuevos en las letras y las artes, jugando a veces con la ortodoxia partidaria en el caso de Elsa, y dentro de un entorno que no incluía disidentes en el caso de Lili, fue un ejercicio al que se entregaron con entusiasmo.
     La crónica de estos intercambios confirma, una vez más, hasta qué punto tanto Lili como Elsa y su “Aragosha” vivían, como tantos comunistas de su tiempo, en un mundo aristocratizante, donde sólo contaba un puñado de intelectuales y artistas, casi siempre en diálogo con el poder, muy lejos de esas masas anónimas cuyo protagonismo histórico, a menudo invocado, solía mantenerse a distancia en la experiencia cotidiana. Dominique Desanti, biógrafa de Elsa, recuerda el shock que le produjo a ésta hallarse en un taxi inmovilizado en medio de los manifestantes que en 1968 protestaban en París por la intervención soviética en Praga, y que ninguno de esos jóvenes estudiantes la reconociera, aun para agredirla.
     Esta distancia, aquellas frecuentaciones, no son intrínsecamente diferentes de las que practicaban Voltaire, Diderot o Rousseau en su comercio con Federico de Prusia, Catalina de Rusia o Madame de Staël. Se trata, es necesario subrayarlo, de un parentesco de índole, no de calidad. Los personajes del siglo XX actuaron, sin duda, ante un público multitudinario, pero la comedia que representaron fue más bien subalterna… Estas cartas, a menudo conmovedoras, a veces irritantes, recuerdan una vez más que nadie suele verse, en el contexto de su tiempo, como será visto pocas décadas más tarde. Pueden ser, en este sentido, una lección de humildad.
     También puede leerse, entre líneas que no sólo expresan un afecto sin duda sincero sino también la fidelidad a la propia juventud, cierta rivalidad imaginaria en la relación de estas hermanas, mujeres no rozadas por ninguna noción de feminismo, dependientes del prestigio de sus hombres, a cuya administración se consagraron con parecida tenacidad aunque en estilos diferentes. En el espejo de sus poetas, las hermanas no se reflejaron con igual luminosidad. La construcción de la persona pública, tan deliberada en el caso de Elsa, tal vez decidida por las circunstancias en el de Lili, ilustra con el itinerario de sus “vidas paralelas” un principio observado, tan lejos de ellas, por el star system de Hollywood: Lili, aislada en su lejanía, se había convertido ella misma en leyenda, continuidad póstuma de la de su amante; la ubicua, infatigable Elsa, a pesar de las reiteradas efusiones verbales de Aragon, permaneció sólidamente, irremediablemente anclada en la vida cotidiana. ~

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