Después de Denver

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La gran política partidista en Denver está que arde. En la convención demócrata que culminará el jueves 28 de agosto con un discurso de Barack Obama y la postulación formal para ser el candidato de su partido a la presidencia de Estados Unidos, sobrarán temas y personajes, controversias e intrigas de pasillo. Sin embargo, la amenaza de un cielo negro que se cierne sobre Denver en la forma de un enfrentamiento a muerte entre clintonianos de hueso colorado y militantes pro-Obama, así como la resultante fractura y debilitamiento del partido Demócrata, acaso ocurrirá solamente en la más acalorada imaginación de los agoreros mediáticos y los pundits cuyo modus vivendi y agostos dependen, precisamente, de pronosticar rayos y tormentas donde el cielo está o parece más que despejado. En Denver es pleno verano y hace calor en las calles, en los patios y las verandas. Es normal y lo mismo ocurre en una convención cuya temperatura se mantendrá alta pero bajo estricto control. Es cierto que a Bill Clinton, quien fungirá como uno de los oradores principales el miércoles 27, no le ha gustado en lo absoluto verse forzado a abordar el tema del futuro de la seguridad nacional, en lugar de la vigencia de su legado presidencial. A diferencia de nuestros veteranos de la política cuya supuesta experiencia no sirve siquiera para peinar canas (véanse por ejemplo las sandeces que declaró hace poco Diego Fernández de Ceballos exculpando a los políticos y funcionarios de la actual crisis de seguridad pública en México y achacando la reciente ola de crímenes y secuestros a una supuesta crisis de valores sociales que ningún otro lado es tan patente como entre la clase política de la cual el “Jefe Diego” forma parte), la gran periodista y conocedora a fondo de la política washingtoniana, Barbara Probst Solomon, literalmente predijo con varios días de anticipación el destape del Senador Joe Biden como complemento del ticket demócrata para la candidatura presidencial, y sabe bien que el verdadero leitmotiv de la presión que están ejerciendo los Clinton a través sus simpatizantes y de militantes más radicales organizados en grupos como el llamado PUMA, no es más que parte de la estrategia para obtener todo el poder que pueda el matrimonio Clinton durante y después de Denver. No habrá, pues, choques, enfrentamientos ni desgarraduras mayores, y cualquiera que se asome a las últimas noticas en sitios especializados como politico.com, podrá enterarse de la súbita integración de un grupo de cuarenta personas por parte de los staffers de Hillary Clinton con el propósito explícito de contrarrestar a quienes quieran hacer el papelazo rechazando abierta y escandalosamente la candidatura de Obama durante la convención.

Por eso incluso llama la atención y hasta sorprende que alguien como Paul Berman se deje llevar por el clima mediático y artificial de guerra no tan fría entre las dos principales facciones demócratas. No por otra razón publicó una curiosa recensión a la nueva edición de Miami y el sitio de Chicago en The New York Times Book Review, en la que impugna y califica de aterradores tanto a Norman Mailer como a los textos reunidos en dicho libro. Berman le reprocha al cronista su exhibicionismo, su nula sobriedad y por ende sus arrebatos de borrachín, con lo cual sugiere que el ciudadano actual, tan descontento con el estado de cosas como en 1968, está listo y hasta deseoso de armar camorra pública en masa, si bien menos alcoholizada. Berman tiene razón. Norman era un tipo ególatra, un ser contradictorio y antipático, pero también un genio que dejó escrito lo siguiente en el prólogo a The Time of Our Time, la compilación de cuarenta años de trabajo periodístico que se confunde con la mejor literatura gringa, unas líneas perfectamente aplicables a su país en el año 2008: “¡Hasta qué punto amaba a mi país, hasta qué punto me repelía! Nuestro noble ideal de democracia era constantemente difamado, mancillado, explotado y degradado por un imparable patriotismo reflejo. Y con cada década que pasa nuestra tierra queda más expuesta a los estragos de la codicia.”

En Denver, insisto, no habrá mayores broncas, y será mejor que los entusiastas del resbaladizo tema del voto hispano y su influencia tampoco se llamen a error. La participación de hispanos como Miguel Del Valle, vice-alcalde de Chicago en primetime el primer día de la convención, o la presentación todavía no confirmada oficialmente para el jueves 28 del Representante por Illinois de origen puertorriqueño, Luis Gutiérrez, responde a las exigencias y compromisos que Obama carga sobre sí y que son parte de su propio origen y ascenso: el peliagudo arte del entre-juego político en la ciudad de Chicago y el condado de Cook, históricamente uno de los deportes más extremos y riesgosos al que cualquier aspirante a una carrera política puede someterse en el vecino país. No por nada el arranque de la convención estuvo dedicado lo mismo a rendir tributo a Ted Kennedy que a algunas de las figuras más prominentes de la política en el estado de Illinois —por ejemplo Lisa Madigan, la joven Procuradora de Justicia del estado y muy probable candidata a la siguiente gubernatura. Tan poco aparente es el peso del voto hispano que el trabajo en el terreno que realiza el Director Nacional de Bases de la campaña, Cuauhtémoc “Temo” Figueroa, ha privilegiado el enfoque del votante indeciso por encima del voto por origen étnico, lo mismo en los estados de Nevada y Florida, que en Nuevo México y el propio Colorado.

Una vez más, o al menos hasta que pase la elección de noviembre, el tema del voto hispano seguirá siendo un misterio en el que pocos se animan seriamente a invertir su capital político. ¿Por qué? Entre otras razones, porque mientras en el programa de Terry Gross, Fresh Air, son entrevistados militantes republicanos de Georgia, Tennessee y Mississippi cuyo desencanto con Bush, con su partido y su candidato, han provocado que consideren a Obama como una opción viable; mientras esa revolución silenciosa está teniendo lugar hasta en los viejos estados esclavistas, decía, en Un nuevo día, quizás el talk-show radiofónico en español más escuchado de Chicago, su popular y celebrado locutor —quien además en su calidad de “consejero” de los mexicanos en el exterior viaja al país a cuenta del erario público, es decir del taxpayer nacional para asistir a las arduas y estériles jornadas informativas que organiza el gobierno a través de un remedo del antiguo aparato de control salinista de “las comunidades” en Estados Unidos— se dedicó durante las primarias a difundir de manera nada velada su apoyo a la Senadora Clinton, en lugar de cumplir con su supuesto papel de informador imparcial en los medios de comunicación. Una vez derrotada la pre-candidata, uno podía escuchar a su público volcarse en apoyo del Senador John McCain y decir en un español tronchado cosas tan estúpidamente racistas como que, tras la victoria de Obama, a la Casa Blanca habría que rebautizarla como la Casa Negra. No por nada la única actividad de McCain el lunes de arranque de la convención demócrata fue asistir en Phoenix a un mitin con hispanos jóvenes y fungir como testigo de honor al endorsement del “reggaetonero” Daddy Yankee a la campaña del todavía pre-candidato republicano. Así es esto, ni modo, así son los hispanos en Estados Unidos en estos días de grandes definiciones: les gusta la gasolina.

Aun con este tipo de payasadas, de futuros ataques personales y campañas negativas, el tono tanto entre los oradores en la convención de Denver, como de los dos candidatos a la presidencia, aspirará de ahora en adelante a un nivel de Statesmanship (palabra que, para acabar pronto, significa todo lo contrario a las acciones, declaraciones de perico y discursos enanos de nuestros grillos metidos a políticos, legisladores y funcionarios) que corresponda al tamaño de los problemas que enfrenta la principal democracia del mundo. Ya desde la pasada convención de Boston en 2004, Obama había dado sobradas muestras de sensibilidad política y capacidad retórica. Aunque me quedo con la opinión de Gore Vidal acerca de McCain (“No es ningún héroe. ¿Qué hizo? Lo apresó el VietCong, lo metieron en una caja durante años y tuvieron que venir a por él. Pudo haber huido antes. ¿Y a eso le llama grandeza?”), el veterano de guerra a quien se le olvidan cosas tan básicas como el número de casas que posee, se verá obligado a mostrar algo más que vetustas agallas y sobradas ganas de capturar vivito y coleando, ahora sí en serio, a Osama bin Laden, mientras la economía se desploma por efecto de la vieja codicia de la que hablaba Norman Mailer y nuevos villanos aparecen todos los días.

– Bruno H. Piché

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