Disyuntivas: El brazo robado, última parte

Este es el final elegido por nuestros lectores para el cuento interactivo. 
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Buscar a un asesino en una ciudad como ésta, es algo muy similar a buscar una aguja en un pajar. Sin embargo, el accionar de mi presa se limitaba a un perímetro muy claro: las ruinas prehispánicas del Centro Histórico. No sabía si en verdad el Asesino Ritual continuaba vivo, como creía Mondragón, o si se trataba de un imitador, pero lo cierto era que estaba lidiando con un sujeto supersticioso, y debía utilizar aquello a mi favor. Tenderle una trampa. Y entonces me acordé de la arqueóloga asesinada.

Porque a los muertos se les atrae con otros muertos.

Una llamada a Mondragón, y la promesa de más caldos de gallina, aceleraron las cosas. Me prestó una copia del expediente. La víctima se llamaba Elisa Matos. Trabajaba en el museo del Templo Mayor. Una fotografía la mostraba como una mujer rubia, de cabello largo y mirada melancólica. Ella sería el señuelo. Pero necesitaba saber más sobre el mundo Azteca. Fabricar un truco creíble. Así que dirigí mis pasos nuevamente a la calle de Donceles.

Camargo abrió un libro con una delicadeza inusitada para sus manos enormes. Nuevamente el Caballero Águila se evidenciaba tras sus gestos: sus movimientos eran seguros y silenciosos, con el temperamento del guerrero a la hora de hundir el puñal de obsidiana. Me habló del concepto de la muerte en los mexicas:

–Al contrario del pensamiento cristiano, donde el comportamiento en vida marca el sitio al que se irá al fallecer, para los aztecas lo condicionaba el tipo de muerte. Tenían diversos lugares, como el Tlalocan, a donde iban a parar los ahogados, o el Mictlán, destinado a los enfermos, pero en realidad prevalecía una incertidumbre sobre el reposo final del alma.

Camargo leyó una poesía prehispánica para ejemplificarlo:

“¿A dónde iré?

¿A dónde iré?

El camino del dios dual…

¿Por ventura está tu casa en el lugar de los descarnados?

¿Acaso en el interior del cielo?

¿O solamente aquí en la tierra

es el lugar de los descarnados?”

Aquellos versos me dieron la clave: yo debía revivir a la arqueóloga. Tenía a mi servicio a la prensa amarillista, siempre deseosa de noticias exageradas. Pero no podía hacerlo solo: necesitaba de Mondragón. En esta ocasión, subió el precio de su retribución y me citó en la terraza de la Casa de las Sirenas. Mientras devoraba una gallina en mole de mango y se bajaba los bocados con abundante cerveza, el judicial dudó de mi estrategia.

–No jodas. ¿Cómo que resucitarla?

Yo no pedí nada de comer, porque no me alcanzaba el dinero. Tuve que conformarme con la canasta de pan.

–No pretendo resucitarla literalmente, sino reabrir el caso. Propagar la noticia de que por alguna razón su cuerpo será exhumado. Eso sin duda atraerá al Asesino Ritual.

            Mondragón tomó la carta, y revisó el menú en busca de un segundo platillo. Conté a los comensales de las otras mesas y calculé cuánto tiempo me llevaría lavar los platos si mi presupuesto resultaba insuficiente para pagar la cuenta.

–Dile a la prensa que estaba embarazada –propuso el judicial–. Es otra de las cosas que nunca se supo –acto seguido, ordenó unas puntas de filete a la Albañil.

Mondragón era un sujeto taimado. La información iba y venía según su conveniencia. Durante el postre terminamos de idear el plan.

Cuando nos despedimos, una hora y setecientos pesos después, me advirtió:

–No cites mi nombre como fuente: me correrían de inmediato.

De regreso en la oficina le marqué a Santoyo, un periodista veterano y director del Semanario Sensacional. Su revista había seguido muy de cerca el caso del Asesino Ritual. Yo sabía también que tenía muchas deudas y que estaba necesitado de una noticia que vendiera. Accedió sin mayores cuestionamientos a reproducir la información que le dicté.

Al día siguiente apareció publicada la noticia:

REABREN CASO DEL ASESINO RITUAL.

El cuerpo de la arqueóloga Elisa Matos será exhumado y llevado al Semefo. Se presume estaba embarazada al momento de su muerte

Ningún otro periódico hizo eco del tema en los días posteriores. Pero el Semanario Sensacional tenía buena circulación en el Centro Histórico. Yo confiaba en que la noticia llegaría a los oíos del criminal. Mondragón cumplió con su parte: consiguió una orden para exhumar el cuerpo, lo llevó al anfiteatro y lo dejó aparentemente sin vigilancia. Después se sentó a esperar afuera del Semefo, en una camioneta camuflada, que tenía monitores conectados a las cámaras de seguridad del anfiteatro.

Yo me desnudé, y esperé en otro lugar.

Camargo lo dijo: “El brazo otorga poder, y ciega a los enemigos”. Y las cámaras de seguridad del Semefo no habían captado nada cuando el Asesino Ritual sustrajo el brazo. No podía arriesgarme. Mondragón me espetó un “estás loco”, pero me dejó hacerlo. Así que ahí estaba yo, bajo una sábana y sobre una plancha de metal, rodeado de muertos, y haciéndome a mi vez el muerto.

Con el escroto encogido a causa del frío y del miedo. Magnífico.

En la soledad del anfiteatro del Semefo, volví a pensar: ¿en qué clase de detective me he convertido?

En algún momento de la madrugada, la puerta se abrió y se cerró. Mi sábana tenía agujeros estratégicos, pero no pude ver nada. Es decir: había sin duda una presencia en el anfiteatro, pero no tenía forma ni cuerpo. No ante mis ojos. Escuché ruidos en la plancha de al lado, donde reposaba el cuerpo de la arqueóloga. Primero un conjuro en náhuatl, y luego un gemido profundo, como hacen los ahogados cuando el agua sale de sus pulmones y pueden respirar de nuevo.

Yo estaba petrificado. Muerto en vida. Ni siquiera parpadeé.

Algo se incorporó a mi costado; se escuchó un crujir de huesos viejos, y luego la puerta del anfiteatro se abrió y se cerró otra vez.

De Mondragón, ni sus luces. Cuando reuní el valor suficiente, aparté la sábana y miré. El cadáver de Elisa Matos ya no estaba. Y en el suelo había una serie de huellas, pisadas de pies renegridos que se encaminaban a la salida.

La mancha atroz que conduce a la revelación.

Lo que siguió después es bastante vulgar, así que lo resumiré en pocas palabras: Mondragón fue despedido de la policía judicial, yo me quedé sin cómplice, sin cliente y sin paga.

El brazo, por supuesto, nunca fue recuperado. Jamás he vuelto a comer un caldo de gallina.

Ahora me encuentro en mi oficina, en espera de una llamada que no llega. El letrero de neón del Palacio Chino parpadea en medio de la noche, y comienzan a fundírsele, una a una, el resto de sus letras. Antes de que me deje sumido por completo en la oscuridad, aguzo el oído para escuchar los ruidos nocturnos del Centro Histórico. No busco cualquier sonido, sino algo que se asemeje a tierra podrida en movimiento, a insectos alimentándose de la descomposición

Algo que me indique el lugar por el que caminan los descarnados.