Don Ramón revivido por Juan Ramón

El deslumbrante retrato verbal que en 1936 el poeta Juan Ramón Jiménez hizo de don Ramón María del Valle-Inclán.
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A veces en busca de mero disfrute y a veces en busca de inspiración para mi propio tecleo (pero no para plagiar, que conste a los “sospechosistas”) visito en la pantalla de la computadora mi antología de Páginas Vivas, y  anoche he redescubierto el deslumbrante retrato verbal que en 1936 el poeta Juan Ramón Jiménez hizo de don Ramón María del Valle-Inclán, el autor del Tirano Banderas, de la Sonata de estío, de Luces de Bohemia. Doy en esta plana al personaje tal como ha sido retratado dos veces: por la pluma juanramoniana y por el pincel de Alberto Gironella:

“La guerra literaria y no literaria de Valle-Inclán fue charamusca en guerrillas, una batalla teatral declamada con pólvora sola. Valle-Inclán alzaba el telón en cualquier sitio, se adelantaba al enemigo y al amigo y empezaba  a hablar. Lo tenía todo preparado siempre. Hablaba, y se veía que aquello era su amor, su fe, su razón de vida o muerte. Como en los sonetos de ciertos literatos efectistas, todo estaba escrito después del último verso y era sólo su andamiaje, su pedestal, su caja. Era el suyo un creciente magnífico, y en esto se parecía también a los irlandeses, tan mágicos charladores. Y al final de su perorata policroma, musical, plástica, había siempre una frase dinámica, ascensional, de espesa cauda de oro vivo, que subía, subía, subía entre el coreo y el vítor generales y daba en lo más alto de su poder un estallido final, el trueno gordo, como un gran punto redondo, áureo y rojo un instante, negro luego y desvanecido en lo más negro. Valle Inclán se quedaba abajo enjuto, oscuro, ahumado, en punta a su frase, como un árbol al que un incendio le ha volado la copa, un espantapájaros con rostro de viento, como el castillo quemado de los fuegos de artificio. Todos entonces, camareras, soldados, niños, poetas, que se habían mantenido a distancia por el respeto inconciente al incendio de la belleza, peligro de vida y muerte, se acercaban a él riendo y lo zarandeaban un poco de la manga vacía, mirándole al arriba sin corona, con sombrero nada más. Y todavía caían aquí y allá, de sus ojos irónicos y cansados de prestidigitador, de astrólogo, de mago, de brujo, entre su ceceante sonrisa y los hilos cenizos de su barba de cola de caballo, algunas coloridas, débiles, sordas bengalas.”

La página, vibrante de ritmo y color,  revive a una presencia  humana en chisporroteante ascenso hacia su propio mito: don Ramón María del Valle-Inclán (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1866 – Santiago de Compostela, 1936), tal como lo veía y lo oía tertuliando un gran poeta que se ejercía lo mismo en verso que en prosa: Juan Ramon Jiménez (Moguer, 1881 – San Juan de Puerto Rico, 1958, premio Nobel 1956). En ese texto titulado “Ramón del Valle-Inclán/ Castillo de quema”, el Juan Ramón, más que sólo evocar al más don Ramón, lo  revive como un cohetero de palabras, como un mago de la prosa escrita y la prosa oral: el “mágico charlador”, el hombre que vivía en y por el arte de la palabra.

El vívido medallón  presenta a un espectacular aunque sincero actor de sí mismo que, alzado por su pasión verbal y oral, estalla en un ascendente y luego descendente surtidor de luces de colores. Es una breve y muy encendida fiesta prosística que nos entrega todo el personaje en una pintura animada, instalándolo en una pintura verbal condigna del retratado.

Otro gran poeta, Luis Cernuda, que admiraba y a la vez malquería a Juan Ramón Jiménez, dijo que con éste, autor de Platero y yo, de Españoles de tres mundos (1942), de “retratos liricos” y “caricaturas líricas”, y otras muchas vivísimas páginas que permanecen inéditas, nacía la prosa española del siglo XX. Y se podría añadir: y la prosa de los siglos que vengan… si es que van a venir.    

 

 

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