El caballero de Arizona

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Una aguda punzada de nostalgia herirá al visitante del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) que recorra la exposición de Raymond Pettibon. Sólo debe cumplir dos condiciones triviales: ha de ser mayor de cuarenta años y poseer una cultura media, o media alta. La muestra se abrió en febrero y desató uno de los ataques más chuscos que ha recibido la institución desde que la dirige, con sagacidad y coherencia, Manuel Borja. Es un buen ejemplo de error crítico garrafal.
     Aquellos que nunca hayan visto obra de Pettibon deben saber que es una poética del pasado, inspirada por la tradición romántica. Sus imágenes remiten a iconos de la cultura popular americana que fueron notorios entre finales de los cincuenta y comienzos de los ochenta. Podría decirse que es un ejercicio lírico sobre el tiempo perdido, pero sin la prodigiosa maquinación de Proust. Así, por ejemplo, cuando en alguno de sus dibujos aparece Superman (He had seen as much, 1998), aunque mortifique al casto héroe con una muchacha en cueros, es imposible no entender que está pintando una imagen piadosa, una estampa. El artista de Tucson es respetuoso con lo sagrado.
     No sólo es un artesano de la imagen piadosa popular, sino también un artista instruido, lo que le distancia sin remedio de las generaciones más jóvenes y le archiva en un pasado venerable. No se extrañe el lector, por lo tanto, si este estudioso de Ruskin incluye catedrales góticas (Which are always), la Virgen con el Niño (Let the likeness) o citas de Flaubert (She is like) en su exposición, algo por completo insólito en un artista actual.
     Pero nada de todo ello han observado los furiosos críticos que han estallado contra Pettibon y el Macba con un frenesí miope. Para los críticos catalanes, Pettibon es indecente, filoterrorista, o violento en sentido vasco, o sea, bárbaro, criminal y tonto. También es, dicen, un pésimo pintor, lo cual es evidente y así lo desea el propio Pettibon. Sigue siendo inevitable que los idiotas acusen a Mondrian de pintar cosas cuadradas.
     Aun cuando todos los medios de información coinciden en considerar que Barcelona se está distanciando del mundo contemporáneo, pocos podían suponer que aquí fuera posible un (diminuto) escándalo típico de los años cincuenta del siglo pasado, incluso tomando en consideración que los ataques más azufrados se han producido en diarios como Avui (ultranacionalista), abc (ultraconservador) o El Mundo (ultracasitodo).
     Ciertamente, el propio Pettibon contribuyó a la indignación arcaizante cuando, en la rueda de prensa, afirmó admirar a Bin Laden y lamentó que no se hubiera cargado también la Casa Blanca. Ante el alud de ofendidos, la excusa oficial fue que Pettibon se había presentado borracho ante la prensa. Éste es un argumento conmovedor y debería haber servido para abrir los ojos a los ciegos. Dado su afán por mantener mitos del pasado, Pettibon rendía culto a Bukowsky y otros artistas obligados por el marketing a dar una imagen chocante de sí mismos. En lugar de entender su acción como un homenaje a los grandes muertos, los periodistas retrocedieron horrorizados como un locutor del antiguo régimen ante un escote.
     En una entrevista reciente, Tracy Amin se quejaba de los estragos que en su salud estaba produciendo la necesidad de mantener la imagen. Habituado el público británico a verla aparecer ebria o turulata, y dado el amor que aún se profesa hacia el maldito-con-cuenta-corriente-en-Suiza, la pobre Tracy se ve obligada a presentarse en estado comatoso cada vez que concede una entrevista. "No sabe usted lo que es meterse media botella de scotch en el cuerpo a las once de la mañana", se dolía. Los programas culturales británicos comienzan muy temprano.
     Los trazos toscos, secos, torpes, aprendidos en el pincel y la caña cortada de los peores dibujantes de cómic barato de los años cincuenta, tienen, en Pettibon, el encanto de las ruinas dieciochescas. El pasado, de beat a punk, está restituido con obsesión y ternura. Los textos que acompañan (y a veces ocultan) el dibujo son gramaticalmente correctos y siguen modelos académicos como Ginsberg, Kerouac, Burroughs o Barthelme. En fin, se trata de un artista para ejecutivos de clase media, mayores de cuarenta años, con estudios universitarios y cierto gusto por lo radical chic.
     Pero algunos críticos barceloneses han visto en Pettibon la demoníaca encarnación de Satanás que sus abuelos y padres vieron aparecer, aterrorizados, en Duchamp y Malevitch. Las familias conservadoras siguen produciendo retoños conservadores que mantienen viva la tradición analfabeta. "No me importa", dicen los analfabetos, "mientras sea una tradición…" –

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