El libro árabe, una especie en peligro de extinción

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A
la era dorada de la cultura árabe-islámica se le suele
llamar la Civilización del Libro, principalmente por la
importancia que tiene en la historia de esa cultura el Corán,
considerado por los musulmanes el Libro de los Libros. El prestigio
de este texto, cuyo origen divino era y es la piedra angular de la fe
de los musulmanes, pronto se extendió a otros, sagrados y
profanos, hasta el punto de poder afirmar que el islam fue, en su
período de mayor gloria y esplendor sapiencial, entre los
siglos VIII y XII, aproximadamente, una civilización de
libros. Pocos objetos alcanzaron en aquellos siglos en la cultura
árabe-islámica mayor veneración que los libros,
que se escribían, traducían, comentaban y coleccionaban
en cantidades ingentes en los principales centros del saber y de
innovación intelectual de las distintas sociedades de
musulmanes. Las elites cultivadas de la civilización
árabe-islámica se comprometieron de forma única
hasta entonces con el avance del conocimiento y su divulgación
mediante la enseñanza. Pronto se desarrollaron instituciones y
expertos para la producción en serie de manuscritos, la cual
fue posible principalmente por la temprana fabricación en masa
de papel mediante técnicas que los árabes aprendieron
de los chinos al principio del siglo VIII en Samarcanda. En los
siglos XI y XII había ya centenares de bibliotecas extendidas
por todo el Oriente Medio, generalmente asociadas a madrazas,
hospitales, mezquitas y observatorios astronómicos, que
albergaban miles de manuscritos, originales o copiados de otros.
También fueron legendarias las bibliotecas privadas de algunos
gobernantes, tales como los Fatimidas que en su palacio del Cairo
dedicaron no menos de cuarenta habitaciones a su gran colección
de manuscritos. O la legendaria de los Buwayhid en Shiraz (Irán),
que se dice que ocupaba nada menos que 360 estancias rodeadas de
lagos y jardines.1
Otro ejemplo, éste más cercano para nosotros los
hispanohablantes, es el de Andalucía en el siglo x. Se estima
que por entonces las librerías que los moros tenían en
España sobrepasaban en su conjunto el millón de
manuscritos, de los cuales cerca de 400.000 estaban en la gran
librería del palacio del califa en Córdoba. Se contaban
en dicha ciudad, además de ésta, otras setenta
librerías menores, un dato seguramente exagerado. Sabido es,
sin embargo, que librerías andaluzas como la de Córdoba
desempeñaron un papel muy importante en la recuperación
por las elites medievales cristianas del legado de los grandes
pensadores griegos.2

Si
estamos dispuestos a dar algún crédito a algunas
leyendas, podríamos decir que todo lo que hoy sabemos los
occidentales de Aristóteles lo debemos a un “notable sueño”
del califa de la dinastía abasí al-Mamun (813-833). Al
parecer, a este príncipe sarraceno, librepensador y
racionalista, se le apareció en sueños un venerable
personaje que se identificó como Aristóteles,
despertando así su curiosidad, que le hizo pedir al emperador
bizantino todos los libros de filosofía griega que le pudiese
encontrar y enviar. Una plausible explicación para esta
leyenda es la de que el califa debió sentir la necesidad de
justificar su desmesurado interés intelectual por un pensador
pagano, extraño al islam, cuyos escritos se consideraban ya
por entonces –pese a lo poco que se sabía de ellos–, en
algunas escuelas de teología y jurisprudencia, como peligrosas
fuentes de herejías.

En
realidad, el llamado gran movimiento de traducciones greco-árabes,
uno de los mayores hitos de la historia del saber humano, que se
asocia generalmente a al-Mamun, se había iniciado casi al
tiempo en el que el califa al-Mansur trasladó la capital del
califato a Bagdad. La tradición filosófica griega se
transmitió originalmente a los árabes a través
de los asirios. En Haran, en el norte de Irak, existió una
escuela que mantuvo la herencia del pensamiento helenístico
traducido al siríaco. Al-Mansur fundó la legendaria
Casa de la Sabiduría de Bagdad en la estela de las
instituciones de Alejandría, que combinaban en un mismo lugar
una academia y una biblioteca. Al principio, el interés fue
sobre todo en la traducción de obras en pahleví y
siríaco, dada la estrecha relación de la dinastía
Abasí con Persia. Mas bajo el patronazgo de al-Mamun el
énfasis en las traducciones pasó de la tradición
sapiencial persa a la de la antigua Grecia. Se tradujo prácticamente
todo el legado helenístico que por entonces se denominaba
“ciencias antiguas”: astrología, medicina, astronomía,
botánica, matemáticas, etcétera; hasta se
tradujeron manuales del arte militar. Asimismo, y sobre todo, las
principales obras de filosofía, con especial hincapié
en Aristóteles. En suma, todo un corpus que podemos llamar
laico –pero en el que no se incluían los libros de historia
ni los de literatura– formado por traducciones fieles o
parafrásticas, comentarios a dichas obras traducidas y nuevas
compilaciones, corpus sapiencial que será la base del
pensamiento árabe-islámico clásico y una fuente
de capital importancia para el acceso de los eruditos occidentales
del medioevo al legado de los grandes pensadores griegos de la
antigüedad clásica.3

Si
asombrosa fue esta empresa intelectual, no menos sorprendente es la
información sobre el devenir hasta el día de hoy de la
historia de las traducciones de libros al árabe –y de los
libros árabes, en general– que figura en uno de los informes
de Naciones Unidas sobre el desarrollo humano actual de los países
árabes. En concreto, en el Arab Human Development Report
correspondiente al año 2003, podemos leer que el total
acumulado de libros traducidos al árabe desde la época
del ya citado califa al-Mamun es de 10.000, aproximadamente la mitad
de los que se traducen en España en un solo año.4
No hay nadie tan obtuso que dude que las traducciones de libros y de
revistas científicas y culturales o de pensamiento es uno de
los canales más importantes para la diseminación y
adquisición de la información y para comunicarse con el
resto del mundo. Y, sobre todo, para la recepción de
conocimientos de valor y fiabilidad, lo que es especialmente
importante en sociedades que no los producen en casi ningún
campo del saber. “El movimiento de traducciones –se puede leer en
el citado informe– en el mundo árabe, sin embargo, permanece
estático y caótico. De media, sólo se publicaron
4,4 traducciones de libros por millón de habitantes de ese
mundo en los primeros cinco años de la década de 1980,
mientras que el dato correspondiente a Hungría es de 519
libros por millón de habitantes y el de España, 920
libros.”5

Donde
la crisis de publicaciones de traducciones se hace verdaderamente
dramática es en los textos básicos de filosofía,
literatura, sociología y ciencias naturales. No hay datos
disponibles sobre el nivel académico de los libros traducidos,
pero resulta evidente que apenas hay traducciones, sean de calidad o
no, de libros fundamentales para los distintos campos del saber de
las elites universitarias e intelectuales, lo que es especialmente
grave en unas sociedades que llevan bastantes siglos aportando muy
poco o casi nada al avance del conocimiento, sobre todo, del
científico. Esto es sobremanera chocante cuando se ven, en el
mercado de los libros en árabe, traducciones de obras, tales
como las dedicadas a la espiritualidad sincrética y esotérica
de la new age o a
los autoengaños de los libros de autoayuda, de escaso interés
y nula importancia.

En
los países árabes en su conjunto, la producción
de libros es una de las más bajas del mundo. Además,
escasean los datos fiables sobre este sector industrial, pues muchos
Estados árabes suelen hinchar las cifras para paliar un tanto
lo dramático de la situación de la cultura literaria de
la población. Se escribe muy poco y se publica aún
menos; una gran parte del mercado está constituido por libros
religiosos y por publicaciones con vitola educativa pero que son, en
realidad, propaganda estatal de escasa creatividad y de muy poco, por
no decir nulo, contenido de cierto valor instructivo. Una de las
razones principales, obvio resulta señalarlo, es el escaso
número de lectores que hay en las sociedades árabes,
donde se dan las mayores tasas de analfabetismo y pobreza del llamado
mundo subdesarrollado o en desarrollo. Así, no debe extrañar
que el número de libros publicado en el conjunto de los países
árabes represente sólo el 1,1% de la producción
mundial, a pesar de que los árabes constituyen el 5% de la
población total.

La
producción de literatura y de libros artísticos en el
mundo árabe está todavía en peor estado que la
de los libros en su conjunto. En 1996 se publicaron 1.945 libros, tan
sólo el 0,8% de la producción mundial de ese tipo de
libros. Los libros religiosos, por el contrario, representan el 17%
del total, mientras que ese mismo género de publicaciones sólo
representan el 5% de la producción internacional.6
A pesar de que el árabe es la lengua materna de más de
270 millones de personas, el número de ejemplares que se
publican en esa lengua, como media, de una novela o de un cuento
oscila entre 1.000 y 3.000. Un título del que se vendan más
de 5.000 ejemplares se convierte en un gran éxito.

Llegado
aquí, es posible que más de un lector se pregunte, si
no ha tenido ocasión anterior de informarse sobre ello, qué
tipo de catástrofe tuvo que ocurrir para que una cultura, una
civilización que se llamó –y se llama a sí
misma– del Libro y que tanto hizo siglos atrás por la
acumulación, el avance y la difusión por escrito del
mejor conocimiento que poseía por entonces la humanidad,
declinara tanto y tan rápidamente y que, además, se
encuentre hoy en pleno estancamiento –casi el mismo en que estaba
hace quinientos años– científico, tecnológico,
social, económico y político. Las razones por las que
no surgió en el mundo árabe-islámico en aquellos
tiempos una ciencia moderna tal y como apareció siglos después
en Europa y que, además, empezara casi a la vez la rápida
y profunda decadencia de la civilización de las sociedades de
musulmanes, son muy complejas y se pueden agrupar, para su estudio y
discusión, en metafísicas y epistemológicas
(internas a la propia ciencia), e institucionales, religiosas y
políticas (externas o sociológicas). Por lo que
respecta al importante papel que el islam tuvo en ese proceso, éste
se puede resumir, a grandes rasgos, de la siguiente manera: en el
caso del Oriente musulmán, ciencia y religión
convivieron en armonía desde sus orígenes hasta, más
o menos, su máximo apogeo; pero a partir de la aparición
de la ortodoxia dogmática propiciada por el movimiento de
creación de madrazas, la religión se convirtió
en un obstáculo. Al escasear también, e incluso
desaparecer, los inestables e inseguros patronazgos de jerarcas
ilustrados, los científicos carecieron, en una civilización
ajena totalmente al laicismo, de ámbitos públicos donde
continuar sus actividades librepensadoras, protegidos de los embates
de censores religiosos, con lo que su actividad se estancó y
acabó en un profundo declive de la ciencia en los países
musulmanes. Por el contrario, en Occidente, cuando llegó la
oportunidad, se había alcanzado ya el laicismo suficiente para
que se creasen corporaciones autónomas –universidades,
primero; luego, academias y sociedades científicas– donde
los científicos europeos pudieron llevar a cabo su revolución
de la filosofía natural, más o menos a salvo de
interferencias religiosas y de cualquier otra influencia no
gnoseológica. En suma, que la inexistencia de un proceso de
secularización en las sociedades de musulmanes debido
fundamentalmente a que la ley islámica no permite la
separación de lo privado y de lo público, de la
Mezquita y el Estado (o el Trono), y el desprecio por las “ciencias
extranjeras” (o “antiguas” o de los griegos, incluyendo en
ellas, casi toda la filosofía de Aristóteles) de las
influyentes y poderosas madrazas7,
muy posiblemente impidió el nacimiento y consolidación
de una empresa científica similar a la que se logró con
posterioridad en Europa y propició, al añadirse otras
razones de índole política y económica, la
decadencia sin freno aparente de la Civilización del Libro.8

Otro
hecho histórico que contribuyó más adelante y de
forma no menos notable a la decadencia del libro en la cultura
árabe-islámica fue la prohibición otomana, hacia
1485, de la imprenta industrial de Gutemberg que había hecho
su aparición en Europa unos treinta años antes.

De
nuevo, los historiadores han buscado explicaciones plausibles para
esta prohibición que estuvo en vigor, en algunos países
islámicos, hasta principios del siglo XX. Es difícil no
poner en el debe de la religión mahometana este rechazo que
contribuyó en gran medida al aislamiento cultural de la
civilización árabe-islámica del resto del mundo,
proceso que ya estaba en pleno apogeo en siglo XV. Toby E. Huff, en
su obra citada anteriormente en estas mismas líneas, culpa a
los ulemas de este rechazo, pues sostenían que la imprenta
profanaba la palabra de Alá. Sea como sea, parece bastante
evidente que la temprana prohibición de la imprenta en los
países árabes es señal inequívoca del
temor de los religiosos musulmanes a cualquier novedad que viniese de
Occidente –miedo que aún subsiste y, se puede decir, que
hasta en mucho mayor grado– y un desprecio por el saber que se fue
haciendo endémico tanto en el Trono como en la Mezquita y que
acabó arrinconando y eliminando a las elites cultivadas de la
mayoría de esas sociedades árabes.

Algunos
historiadores de credo musulmán que han investigado y
publicado sobre la recepción de la imprenta en el mundo
árabe-islámico suelen ser, en general, muy
condescendientes con el efecto negativo que el islam tuvo en la
prohibición de esta tecnología en la civilización
del Libro. Empero, no sólo hay que encontrar explicaciones
veraces –o al menos, con cierta probabilidad de ser acertadas–
para esta prohibición, sino también para el fracaso
estrepitoso de la producción en masa de libros árabes,
una vez autorizada por decreto la imprenta –excepto para la
publicación de libros religiosos– por el sultán
otomano Ahmed iii en 1712, decreto que tuvo que ser declarado
legítimo mediante una fatua del Shaik al-Islam Abdallah
Efendi, la máxima autoridad religiosa del imperio otomano en
aquellos días. En consecuencia, se considera que la primera
imprenta del mundo musulmán empezó a funcionar en
Estambul en 1727. Pues bien, hasta 1743 se habían publicado
sólo diecisiete libros y, desde ese año hasta su cierre
en 1797, otros siete más.9
Estos son los datos irrebatibles del fracaso del intento de
introducir la imprenta en el mundo árabe-islámico.

Para
la historiadora Nadia al-Bagdadi de la Universidad Central de
Budapest, el fracaso de la imprenta se debió principalmente a
que el libro tenía un aura especial en la cultura
árabe-islámica que se perdió con el advenimiento
de la impresión mecánica. Esta aura –según
al-Bagdadi– iba más allá de la calidad caligráfica
y el esmero general con que estaba elaborado el manuscrito y hacía
de los libros un objeto de culto, una especie de fetiche de la
sabiduría entendida favorablemente como correspondía a
la revelación divina, en el caso del Corán y otros
textos religiosos; o negativamente, como peligrosas puertas por las
que podían entrar en el mundo musulmán las más
corrosivas y dañinas herejías, caso de la gran mayoría
de los libros profanos y religiosos que llegaban del occidente
cristiano. Por ello, y como ya se ha visto, el decreto que autorizaba
la imprenta no se aplicaba ni al Corán –libro que, por otro
lado, constituía por si solo una categoría ontológica
distinta y única– ni a las tradiciones de los dichos del
Profeta ni a otros libros religiosos que contenían materias
exegéticas o jurídicas, lo que significaba una clara
demarcación física entre los libros sagrados y los
profanos. Por lo tanto –concluye esta historiadora– no debe verse
en el islam una religión que pusiera barreras a la imprenta,
pues si algunos segmentos de eruditos musulmanes se mostraron desde
el principio muy poco favorables a la producción en masa de
idénticas copias de un mismo original, no se debió a
actitudes tradicionalistas o conservadoras en materia de religión,
sino que representó la expresión de una particular
veneración por los libros, que se deriva tanto de su origen
divino como profano. Lo cual, lamentablemente, es una hipótesis
basada más en el amor al islam que en hechos empíricos
y que, por tanto, no cuadra con la evidencia de que una de las
razones principales por las que el sultán Ahmed iii autorizó
la imprenta fue que la sociedad de su tiempo se estaba quedando
literalmente sin esos venerados libros.

Volvamos
rápidamente al presente y prestemos oídos a lo que dice
el vicepresidente de la Arab Publisher Union, Fathi Khalil al-Biss en
un recuadro destacado del AHDR 2003 y cuyo título he tomado
prestado para este artículo:

La
publicación de libros árabes está en crisis.
Decrece el número de nuevas publicaciones y también el
de copias de cada una, alcanzando en algunos casos unos pocos
centenares de lectores. Esta tendencia hace inviable la industria del
libro árabe. Las grandes editoriales han dejado de publicar
libros científicos y culturales serios y de calidad que
contribuyen al avance del conocimiento y a su difusión […]

Esta
crisis del libro en los países árabes se debe a varios
factores:

La
censura y el retroceso de la democracia y la libertad de expresión

La
distribución de cualquier libro en los países árabes
requiere el permiso previo de los censores locales. El rigor de esta
censura varía de un país a otro […] Sin embargo, la
aplicación de las leyes de censura es casi siempre arbitraria
y se aplica con todo rigor en cuestiones religiosas, de moral
pública, de simpatías o críticas al régimen
político de cada nación y de los Estados aliados o
amigos […] Es difícil que autores y editores se ajusten a
los caprichos y dictados de tantos censores como países árabes
hay. La censura afecta muy adversamente a la creatividad y a la
producción de libros.

El
escaso número de lectores

Las
editoriales árabes observamos cómo el número de
lectores diminuye en los países árabes pese a que están
aumentando las instituciones de enseñanza de todo tipo […]
El Estado frecuentemente dicta lo que los lectores deben leer y lo
que los autores deben escribir […] Los sistemas de enseñanza
se basan en el dictado y en la memorización más que en
el aprendizaje y el incentivo para que los estudiantes busquen la
información en libros y otras fuentes […] El poder económico
medio de la población árabe es muy bajo […] Los
libros se han convertido en objetos de lujo para las elites educadas
y para las instituciones científicas que no están
subvencionadas o lo están muy escasamente […] Las escasas
bibliotecas públicas están infradotadas de medios
económicos y recursos humanos […] No hay apenas hábito
de lectura ni se fomenta desde los distintos Estados […]

Una
infraestructura de distribución pobre e inadecuada

Los
libros sólo se pueden comprar en las pocas grandes librerías
que existen en las grandes ciudades […]

Violaciones
sistemáticas de los derechos de la propiedad intelectual

En
muchos países árabes no existen o no se aplican las
leyes sobre el derecho de autor […]”

A
lo largo de la historia los libros han tenido una importancia capital
para el entendimiento mutuo –en busca de establecer modus vivendi
justos, apropiados y duraderos– y para el intercambio de
patrimonios sapienciales y artísticos entre las distintas
culturas del mundo. Asimismo, han resultado imprescindibles para el
avance y la diseminación del conocimiento conjunto de la
humanidad, especialmente el científico, base hoy día
del desarrollo tecnológico, económico y social. Por
tanto, era lógico pensar que en el documento que establece los
grandes principios en los que, al parecer, se quiere basar esa
entelequia que es la Alianza de Civilizaciones que evangeliza el
presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero,
figurase algún comentario, algunas recomendaciones tocantes a
los libros en general y al libro de la cultura árabe-islámica,
en particular. En lugar de eso, en el informe final de los grandes
sabios de las civilizaciones que forman el llamado Grupo de Alto
Nivel (GAN), sólo hay esta propuesta:

8.
Los donantes públicos y privados deberían crear un
‘fondo de riesgo’ para contrarrestar las fuerzas del mercado que
fomentan los medios y materiales culturales sensacionalistas y
estereotipados.

Las
salas de cine y de teatro, museos, editoriales y otras entidades
culturales deberían tener acceso a un fondo que contribuya a
asegurarles contra el riesgo de pérdidas cuando decidan
exhibir películas, obras y otros productos culturales que
humanicen y normalicen las opiniones de la población
occidental sobre las sociedades de mayoría musulmana y las de
estas últimas sobre las occidentales. Un ejemplo sería
contar en los países occidentales la historia de mujeres
musulmanas célebres, exhibir en el mundo musulmán
historias de judíos famosos por su defensa de los derechos
humanos y la justicia social, o poner a disposición del
público en general los clásicos de la literatura
musulmana y occidental que contrarrestan los estereotipos
imperantes.10

 

Si
no fuesen tan graves y serios los problemas y los desencuentros entre
culturas o civilizaciones en un mundo tan globalizado y desigual como
es el nuestro, esta recomendación del GAN sería
desternillante por ridícula e inoperante. En la situación
actual, es en verdad bochornosa. ~