El pensamiento es la mirada

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La aparición de Cantos rodados, una amplia selección de la poesía escrita por Jenaro Talens (Tarifa, 1946) entre 1960 y 2001, confirma la entidad de una obra que siempre han tenido presente los buenos lectores de poesía, por más que su autor permaneciese alejado de los centros de poder, de los circuitos comerciales y hasta de los específicamente literarios, como demuestra su exclusión de la antología Nueve novísimos, a la que Talens había presentado todas las credenciales para pertenecer. Cantos rodados hace, pues, justicia a un poeta que ha construido una obra coherente, articulada sobre varios ejes invariables —el yo que mira, la soledad frente al mundo, el enigma y el asombro de la realidad—, pero que ha sabido manifestarse pluralmente, con una gran elasticidad formal, en una búsqueda constante de la estrategia comunicativa más adecuada a cada impulso emocional: de la fractura vanguardista a la pulcritud figurativa, del soneto al poema en prosa, de la coloquialidad a la meditación existencial, de la sintaxis sinuosa y salmodiante al verso breve, de la épica al diario íntimo.
     Pese a esta amplitud de registros expresivos, la poesía de Talens aparece enraizada en la tradición simbolista que, filtrada por las vanguardias, llega hasta nuestros días. Muchos de los más destacados exponentes de esa tradición asoman en las páginas de Cantos rodados: Eliot, Cernuda, Álvarez Ortega. El poeta reconoce expresamente esta filiación y desgrana a lo largo de su obra una estética de lo sensorial y lo incomprensible, en la que el lenguaje se revela como pulpa visual y zahorí del pensamiento. “Hablo con imágenes” o “mi pensamiento es una sensación”, dice Talens; también afirma escribir palabras “sin programar” y “sin finalidad”. Su creencia en la autonomía del discurso, regido por un arranque musical (“mis palabras hablan sin que yo las hable,/ ajenas a la música que las trajo a mis manos”), lo vincula a las teorías expuestas por Antonio Gamoneda en El cuerpo de los símbolos, y que se oponen a la poesía silogística e informativa propia de los realismos. Acaso la metáfora que mejor ilustre esta militancia sea la que hace de la oscuridad luz, una paradoja que recorre la literatura desde el Libro de los Salmos hasta Lezama Lima o Celan, pasando por Góngora. “La ausencia de luz/ es también luz”, escribe Talens, que utiliza a menudo la metáfora de la luz o del sol negros. La poesía es, bajo esta óptica, una forma de comprender lo que se ignora.
     La obra de Jenaro Talens es una privilegiada metáfora del conflicto esencial que, desde Homero, viene devanando el hombre: el ser en el mundo. Su poesía lucha con la individualidad, con la radical soledad del yo, a la vez que la canta y desmenuza. Esta reflexión casi metafísica sobre el yo convive con un tono narrativo, a veces incluso conversacional, que refleja un anclaje guilleniano en la realidad. De este arraigamiento en lo real brota la presencia del paisaje en la poesía de Talens. La conflictiva relación entre el ser y el mundo encuentra su mejor articulación en la disposición del yo poético como ojo que mira. El ser es la mirada, que se construye con lenguaje, pero cuya frontera es asimismo el lenguaje. Por eso el poeta intenta trascenderlo, para abrazar un mundo inalcanzable. En el poema “La mirada del poeta”, del mismo Víspera de la destrucción, leemos: “Nunca fue el pensamiento/ sino un fiel servidor de la mirada./ […] Ayer, mañana, hoy. Todo es presente/ para tus ojos. Vives y contemplas./ La eternidad no es más que una mirada/ que el pensamiento fija”. Hay austeridad, contención en el decir, pero una gran profundidad en la mirada: el ojo meditativo del poeta taladra delicadamente el mundo.
     Esta estructura se matiza conforme progresa la obra del poeta. Hallamos, así, una creciente reflexión sobre el cuerpo, que, en El cuerpo fragmentario (1973-75), es trasunto de la búsqueda del yo, de la conciencia; de la identidad, en suma. Y se crea una nueva dialéctica: ese cuerpo (el yo) ocupa su lugar (el mundo) por medio de los nombres, que dan vida a las cosas y, simultáneamente, a quien percibe las cosas. El viaje —el narrado, el viaje hecho descripción y ritmo, como en el poema “Navegaciones”— es otra forma de situarse en el espacio, esto es, de penetrar en el cosmos. Sin embargo, abundan las ruinas, la bruma, lo roto: la caída se hace metáfora del ser. Hay miedo, certeza del desmoronamiento, y aparece la muerte: el lenguaje pasa entonces de la melancolía a la violencia; adquiere ribetes sombríos y pugnaces. El último poema del libro, que le da título, es obsesivo y poundiano; leemos en él: “el manantial es mi fractura mi fragmentación/ impregna el centro de la carne…” En Mecánica menuda (2000), un libro muy posterior, se reflexiona sobre el envejecimiento mediante un diálogo con el propio cuerpo. Pero la percepción de la fragilidad material —y existencial— y de la decadencia física no es sino el reflejo de la angustia por el paso del tiempo —y su procaz corolario, la muerte—, que conduce a una briosa melancolía, acentuada en los libros más recientes, uno de los cuales se titula El hostal del tiempo perdido (1990), de evidentes resonancias proustianas. A esta guerra perdida contra el tiempo y contra la desaparición acude también el amor, el deseo, otra constante en la poesía de Jenaro Talens.
     La poesía de Talens es sobria y mesurada, pero, a la vez, rica en paradojas e imágenes. Abundan las sinestesias (“oigo la luz”), una clara manifestación de la subversión perceptiva que, desde Rimbaud, pretende recomponer los pedazos de una realidad fracturada. La tensión metafórica atraviesa Cantos rodados, aun en los versos aparentemente más sencillos: el lenguaje intenta moldear, con su poder analógico, un pensamiento que no halla su centro, y un yo centrífugo, sometido a la tentación de los sentidos y de la nada. Sin embargo, esta necesidad de establecer correspondencias no es incompatible con una reconcentración, un estar en sí, ya sea ante la página, o ante los estímulos exteriores, o ante el propio recuerdo. El resultado son poemas ambiguos y susurrantes, en los que pelean, sosegadas y encendidas, las palabras y la realidad, la carne y el nombre de la carne. ~


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