Robert Walker y Laura Elliott  en Strangers on a train

El señor del suspense/ 5

Strangers on a train, película basada en una novela de la gran Patricia Higsmith adaptada y dialogada por el gran Raymond Chandler, es una de las obras maestras del cine hitchcokiano, un poema del “cine negro”.
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En los años cincuenta Hitchcock, ya celebrado en los medios Hollywoodenses como un maestro del cine, como “el mago del suspense” y el redondo diablo del very british sense of humor, con derecho a tener, antes de los principales actores, su nombre en la publicidad y en las marquesinas, fue particularmente activo y gozaba su momento de deslumbrante madurez artística. De 1951 a 1960 realizó una oncena de títulos en la que hay de todo, desde los logradísimos o medianamente logrados o fallidos divertimentos de crimen o aventura: Dial M for murder (casi literalmente: “Con M de muerte” en pantallas mexicanas), Atrapar a un ladrón, The trouble with Harry (“¿Quien mató a Harry?”, en pantallas mexicanas), El hombre que sabía demasiado, North by Northwest (“Intriga Internacional” en pantallas mexicanas), hasta los dramas o tragicomedias de misterio policiaco y de tema psicológico o moral con los que, también a través de asuntos de crimen o aventura, ofreció algunos filmes medianos: el menos que mediano thriller  de propaganda católica Yo confieso, el thriller sicológico, y también de propaganda católica, The wrong man (“El hombre equivocado para pantallas mexicanas), y, entre ellos, cuatro de los masterworks de su filmografía hollywoodiana: Strangers on a train (1951, La ventana indiscreta(1954), Vértigo (1958) y Psicosis (1960).

Farley Granger y Robert Walker en Strangers on a train

En la primera película hitchcockiana de la década de los cincuenta: Strangers on a train (“Pacto siniestro” en las pantallas mexicanas), Guy (Farley Granger), un joven campeón de tenis que está enamorado de la hija del senador Morton y en vías de divorcio de su todavía esposa, Myrian Haynes (Laura Elliot), conoce en un tren y por azar al extravagante, indiscreto y agobiadoramente simpático Bruno (Robert Walker), quien, tras declararse su admirador, le propone una sagaz teoría y un consecuente pacto: “Lo que hace imperfecto a un asesinato es que se descubra el móvil del autor. Escondamos los móviles mediante un intercambio de crímenes. Yo mataré a su mujer, que no quiere concederle el divorcio, y usted matará a mi padre, al que detesto.” Al dejar el tren, Guy se desentiende del pacto propuesto por Bruno, pero éste lo cumple unilateralmente estrangulando a la adúltera y codiciosa esposa del tenista. Luego Bruno perseguirá a Guy exigiéndole que cumpla con el compromiso que cree ya establecido entre los dos, y tratará de inculparlo “sembrando” un delator encendedor de cigarrillos en el lugar del crimen. En el desenlace, que ocurre en una feria y con la aportación decisiva del acelerado carrusel que se encarga de cumplir tan hitchcockiana Justicia Inmanente, ocurrirá la muerte de Bruno, de modo que Guy quedará inocente y felizmente casable con la hija del senador.

La idea, muy usada por los ensayistas fans  de Hitchcock, de la “transferencia de culpabilidad” entre dos personajes  —un asunto que también se hallará, con distintas tramas, en La soga, en Vértigo, en North by Northwest, en The wrong man, en Psycho—, se manifiesta como el fluir temático de Strangers on a Train, y todo en la trama, en el modo de filmar, en las escenas de tren y en la narrativa visual, fluye de manera inexorable. El filme es muy rico en motivos, detalles y gestos significativos: el movimiento del tren corriendo hacia un ocaso ominoso para Guy y cósmicamente cómplice para Bruno; el girar incontrolable de un final carrusel, que ya es como una metáfora del vértigo de la inexorabilidad; la presencia significativa y testimonial y/o acusadora de algunos objetos: los ostentosos zapatos bicolores de Bruno, el encendedor “delator” con las grabadas iniciales de Guy, las gafas de la asesinada, que han “contemplado” el crimen reaparecidas en las de una muchacha en una party (y este personaje, como en una íntima broma familiar, lo interpreta Patricia, hija de Hitchcock), etc. Hay algunos buenos gags dramáticos y a veces humorísticos: todas las cabezas espectadoras moviéndose al compás del partido de tenis mientras la cabeza de Bruno está inmóvil y acechante; el amable borracho, también conocido en el tren, que cuando reaparece sobrio desconoce a Guy y sin saberlo lo despoja de una coartada; y la juguetona maldad de Bruno que, nada más porque sí, le revienta el globo a un niño con el fuego del cigarrillo. Pero sobre todo Hitchcok riza el rizo de las películas de intriga criminal deleitándose casi inmoralmente en la simpatía del villano, ese talentoso y delirante teórico del crimen, ese canalla encantador, ese Bruno edípico que halaga a la madre casi tan lunática como él y quiere asesinar, si bien por indirecta mano, al dictador casero: el odiado padre.

Conducida con un ritmo ceñido a la linealidad de los viajes ferroviarios con los que se inicia y finalmente irá cerrándose la trama, y finalizada en el vertiginoso girar del carrusel en la secuencia decisiva, Strangers on a train, película basada en una novela de la gran Patricia Higsmith adaptada y dialogada por el gran Raymond Chandler, con imágenes en perfecto e insustituible blanco-y-negro del gran fotógrafo Robert Burks, con la espléndida actuación de Robert Walker centelleando dentro de un reparto de segundo nivel (según las categorías del star-system), es una de las obras maestras del cine hitchcokiano, un poema del “cine negro” en que mister Hitch, contradiciendo los habituales imperativos del género, se concedió el satánico gusto de hacer a Bruno, el personaje malvado, más inteligente y atractivo que Guy, el personaje bueno. Esa es la originalidad de la película: Hitchcock resulta, además, un superior émulo del Marqués de Sade por su modo diabólico de fascinar al público contrariándole la moral convencional.

(Continuará)