El tio Louis y el huevo de Hitler

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Los diarios de noviembre contaron el hallazgo de un historiador que descubrió que, hace muchos años, un médico militar alemán se fue a confesar y dijo algo tan extraño que el sacerdote, indebidamente, lo registró por escrito: el angustiado médico se consideraba culpable de la Segunda Guerra Mundial por haberle salvado la vida en 1916, durante la batalla del Somme, al cabo Adolf Hitler, a quien un obús aliado le había destartalado un huevo.

El rumor de que herr Hitler era propietario de un solo y único huevo corría desde los albores de su infame carrera política, y hubo hipótesis en el sentido de que ello explicaba desde su belicosidad rabiosa hasta el estilo nazi de marchar, llamado “paso de ganso”. Durante la segunda guerra los soldados británicos convirtieron el asunto en motivo de comprensible regocijo. Para expresarlo, le adaptaron a la famosa marcha militar “Colonel Bogey” (la que Alec Guinness y sus hombres silban en El puente sobre el río Kwai1) una letra que decía:

 

 Hitler

has only got one ball;

Goering

has two, but very small;

Himmler

has something similar,

and good old Goebbels

has no balls,

at all.2

De niño memoricé esa marcha, con todo y letra, por culpa del tío Louis. En sus visitas a México, él, sus amigos y sus hermanos –mi padre incluido– la entonaban con alborozo, una vez que el whisky los había inspirado suficientemente, en un pub ilegal que mi abuelo había establecido en los bajos de su casa, frente al jardín. Los mayores cantaban y se carcajeaban, los pequeños marchábamos virilmente (las niñas incluidas), y los perros salchicha –al fin nazis– ladraban con furia.

Cuando la prensa oficializó el miserable tema del huevo de Hitler me hallaba poniendo en orden unos papeles y fotos que recién heredé. Entre ellos apareció el recorte anexo. Viene de la sección en inglés que tenía el diario Excélsior y debe ser de 1942. Bajo la foto del tío Louis dice que es “soldado de segunda clase” en la Real Fuerza Aérea, que nació en Londres en 1923, que está recibiendo instrucción, que está muy orgulloso de su uniforme y que ya le anda por entrar en combate. El tío Louis logró su objetivo, fue enviado a una base en Burma y, aunque fue herido, logró llegar entero al final de la guerra y volver a México. Un par de años más tarde se casó y se fue a vivir a un pueblito en Long Island, cerca de Manhattan.

En casa del abuelo, en un cuarto de trebejos del laberíntico sótano donde estaba el pub, se quedó una caja con las reliquias de su vida militar. Me asombraron el pantalón de paño, espeso como una esponja; el par de botas descomunales; el casco abollado con su correa de cuero. Lo mejor de todo era una máscara antigás con su trompa de elefante que, lamentablemente, me fue expropiada para decorar el pub, donde sirvió para hacer bromas canallas. Lo visité un par de veces en Long Island, donde era el gerente gordo de un cine astroso al que los jóvenes iban a besuquearse. Era extraordinariamente afable el tío Louis, un oso lento de humor bonachón.

No le fue bien. Enviado al ostracismo por su familia, harta de su lealtad al whisky, recaló en México buscando dónde pasar sin demasiada soledad lo que le restaba de vida, que era poco. Sobrevivió –con momios más adversos que en Burma– un infinito viaje en autobús desde Nueva York. Además de su magro equipaje, lo único que le quedaba en la vida era una caja de madera donde guardaba una pequeña Union Jack muy averiada, la foto amarillenta de su batallón rodeando a Lord Mountbatten y varias medallas espectaculares cuya historia le narraba obsesivamente a quien se dejase. Aun eso, después, le arrebató la enfermedad. La última vez que lo vi estaba ahí sentado, magro y gris, con su caja en el regazo, meneando la cabeza triste, tarareando torpemente, una y otra vez, Hitler has only got one ball… ~