Entrevista con Jacobo Siruela

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     La trayectoria profesional de Jacobo Siruela –fundador y director hasta hace unos años de la exitosa editorial que lleva su nombre– ha sido tan singular que desmiente por sí sola algunos tópicos del mundo del libro español, como por ejemplo que una empresa no puede facturar mucho mediante la esmerada publicación de los clásicos, que la mitad del trabajo de un editor consiste en hacer vida social o, incluso, que los libros con las tapas de papel se echan a perder en cuatro días. Con la creación de su nueva editorial, Atalanta, Siruela ha desmentido unos cuantos más: así, desde su masía en el Ampurdán, lejos de la ciudad pero cerca de un aeropuerto, sin apenas empleados y con un grupo de colaboradores con los que mantiene el contacto por internet y el teléfono, ha puesto en marcha la creación de un catálogo de textos valiosos, hermosamente editados y que responden a un intento de explorar la cultura alejado de los usos de la hiperveloz industria editorial de nuestro país.

¿De dónde surge la idea de crear un nuevo proyecto editorial?
     Hay vicios, hay enfermedades que son incurables, y yo soy víctima de una de ellas. Aunque dejara el mundo de la edición por hastío, eso no quiere decir que fuera una actividad que me disgustara. Al contrario, para mí la edición no es sólo un trabajo, es sobre todo una pasión. Y ya se sabe que con las pasiones no hay medias tintas. Por eso decidí vender [la editorial Siruela] y volver a mi relación con los libros de mi primera etapa. Pero en cualquier caso, en mis dos últimos años en Siruela, durante los cuales dirigía siete colecciones desde mi casa de campo ampurdanesa, pude comprobar cómo hoy en día los medios técnicos permiten dirigir una empresa desde el lugar que se quiera. Es un nuevo modelo de vida diseñado por los californianos en los ochenta que creo que irá creciendo con los años. En mi caso fue así cómo me decidí a tirar todo por la borda para empezar de nuevo, desde cero. Lo bueno de esta nueva situación es que da una perspectiva más libre de las cosas. Y la distancia también otorga una mayor claridad.
     

     ¿Cuáles van a ser las características principales del catálogo de Atalanta?
     Bueno, he querido salirme de los usos y costumbres de los editores de mundo. Ni me verás en los cócteles disimulando mi bostezo, ni hablando con sagaces informantes, ni visitando las ferias de Fráncfort, pues si necesito hablar con alguna editorial o agente extranjero, tomo el avión, que está a veinte minutos de mi casa, y por veinte euros, que es la tarifa de estos vuelos desde Gerona, me planto por la mañana en donde toque y me vuelvo por la noche… Esta vez los libros vienen de otra manera; son fruto de investigar a través de internet, en viajes y, por supuesto, contactos. Pero tampoco vamos a la busca y captura de autores. Atalanta es un proyecto que nace del deseo de desarrollar algunas ideas, dentro de un contexto estético y formal de los libros. No de descubrir autores nuevos (esa batalla se libra en las ciudades), sino de buscar nuevos modelos culturales, ordenar ideas. Más que autores sin conexión, me interesa trabajar los modelos. Estamos necesitados de modelos, y esa es mi búsqueda contemporánea.
     

     ¿Qué planes de publicación tiene la editorial por lo que respecta a títulos, colecciones, etcétera?
     Durante los dos primeros años, Atalanta tiene previsto publicar diez libros cada año en sus tres colecciones actuales. “Ars brevis”, que es una selección de pequeñas joyas literarias breves de todos los tiempos, acompañadas de prólogos largos. “Memoria mundi”, que quiere rescatar grandes libros olvidados, y la colección “Imaginatio vera”, dedicada a indagar en las raíces de la imaginación. La primera colección se apoya en la brevedad y busca la intensidad y la síntesis. En no más de 120 páginas se puede llegar a la médula de Conrad, como es el caso del primero de nuestros libros; o del siglo XVIII francés, como con Vivant Denon. En cuanto a esta idea de vindicar la memoria, creo que hoy es más necesaria que nunca. Vivimos en una enfermiza celebración del presente. Ésta es una de las estrategias del mercado. ¿Pero, por qué no, como dice Gustav Meyrink, aprendemos a maravillarnos de otra manera, aprendiendo a ver las formas viejas con ojos nuevos, dice, en lugar de mirar, como hasta ahora, las formas nuevas con ojos viejos? ¡Es fantástico y revolucionario! ¿No te parece? Para Meyrink, esta es la única manera de adquirir “la juventud eterna”. Bueno, el primer libro de esta colección es La historia de Genji. Es la primera novela de la historia, y fue escrita por una mujer japonesa del siglo X que vivió en una de las cortes más refinadas que se conocen. En esa corte, a las mujeres se les prohibía escribir, pero esta prohibición fue benefactora para las letras japonesas. Sucedió que los hombres que estaban constreñidos por una rígida educación de letras, muy influenciada por China, no fueron capaces de crear nada nuevo debido a las normas culturales a las que tenían que someterse. Sin embargo, las mujeres tuvieron que inventarse una forma literaria para su uso exclusivo, y esta fue la de contar, la de narrar cómo es la vida. Así nació la novela en el mundo, gracias a una prohibición. Toda una lección para la cultura de la queja en la que vivimos. Y esta obra de más de 1,500 páginas estaba dirigida a un grupo de mujeres no superior a las personas que formaban el séquito de la emperatriz. ¡Qué diferencia con nuestras patéticas listas de ventas!
     

     ¿Con todo, por qué ha optado por la publicación de textos clásicos y no de actualidad?
     Yo no me distancio de la actualidad. Lo que pasa es que hay demasiado ruido, y el ruido nos impide muchas veces escuchar cuáles son las verdaderas melodías de nuestro tiempo. Por eso he optado por salirme de la bulla. Lo cual no quiere decir que no me interese la actualidad. Al revés. En el fondo, los modelos que busco son modelos para el presente también. Por supuesto que publicaré autores contemporáneos, pero, por el momento, serán ensayistas, filósofos. Estoy muy interesado en captar cuáles son los signos de esta ultramodernidad en la que estamos entrando. Es decir, de buscar nuevos horizontes más allá de la modernidad. Y yo creo que los dos mejores aliados para ello son la memoria y la imaginación en su sentido más verdadero.
     

     Su apuesta de “editar desde el campo”, sin embargo, es singular. ¿Cree que el futuro de la edición tal como la entendemos hoy en día pasa por esa mezcla suya de artesanía y tecnología?
     No solamente me considero un editor contemporáneo, sino que estoy tranquilo con el futuro de Atalanta, pues lo que ofrecemos no se puede copiar, ni piratear en la red, y lectores amantes de la cultura y de las ediciones cuidadas siempre habrá en este planeta, por muy deteriorado que esté. Los artesanos, si lo hacemos bien, siempre tenemos salidas. ~

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