Espacios públicos: Curb mining en Nueva York

En esta serie multimedia, cinco autores en igual número de ciudades escriben y registran en video su relación personal con los espacios públicos. Hoy, Jazmina Barrera recorre las banquetas de Nueva York en busca de muebles en buen estado. 
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La discusión sobre el espacio público ha tomado, para suerte de todos, especial relevancia en tiempos recientes. En esta serie multimedia, cinco autores en igual número de ciudades escribirán sobre su relación personal con este espacio, entendido como lugares y prácticas cotidianas. Además, han capturado en video lo que les ha llamado la atención, ofreciendo así un breve recorrido visual por esos espacios.

En la tercera entrega de la serie, Jazmina Barrera escribe desde Nueva York sobre el curb mining: la práctica de recuperar muebles y otros objetos en buenas condiciones de las banquetas en las que han sido abandonados.

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Curb mining en Nueva York

Cuando llegué a vivir a Nueva York me hospedé un par de semanas en el departamento de mi amiga Lorena, en un cuarto piso de Washington Heights. Unas semanas después Lorena se regresó a México y, debido a una serie de malentendidos, otra amiga y yo tuvimos que evacuar de emergencia la mayoría de los muebles de su departamento. Cuando pregunté qué había que hacer con los muebles, Lorena dijo que dejarlos en la calle. Así se usaba en Nueva York, me explicó. Muchos de los objetos que ahora tenía que abandonar los había encontrado ella misma en la banqueta.

Esa noche, cuando terminamos de bajar mesas y sillas, había casi un departamento entero en la esquina. Me moría de curiosidad de saber quién, si es que alguien, recuperaría esos muebles. A dónde irían a dar. (Después supe que la compañía Bludot hizo un experimento con sillas que dejaban en la calle. Estas tenían un chip y así podían rastrearlas para averiguar qué había pasado con ellas. El documental que hicieron puede verse aquí.)

Así comencé a fijarme en los objetos abandonados en la banqueta. Muchos de ellos, en las zonas de dinero donde la gente cambia de muebles por aburrimiento o moda, están en perfecto estado. El departamento al que llegué después estaba completamente amueblado y no le cabe nada más, pero aun así tiene un par de muebles callejeros. Hay un buró blanco que estaba justo afuera del edificio y un LP de Cat Stevens que me encontré junto a un farol en la calle. Estoy segura de que Marie, la amiga que me subarrenda el departamento donde vivo ahora, recogió de la calle muchos de los muebles que estaban aquí cuando llegué: una silla antigua con un bordado de punto de cruz en el respaldo, que ahora está en mi cuarto, y un trineo que está en el clóset. La costumbre de dejar objetos en la calle, o curb mining, es parte de la cultura de Nueva York, como lo es de muchas otras ciudades en el mundo.

Esta es una ciudad en la que todos parecen estar de paso. Las fiestas siempre son de bienvenida o despedida; la mitad de los amigos que he hecho terminan sus estudios o se cansan de la ciudad y la dejan más tarde que temprano, mientras que todos los días llegan nuevos conocidos a pasar una temporada en Nueva York. Los objetos, por lo tanto, cambian de hogar más que en ninguna otra parte. Gracias al curb mining se reciclan, y los pueden utilizar personas sin casa, sin dinero, o que acaban de llegar a la ciudad. Las historias al respecto incluyen al padre de una conocida, que subió un día una alfombra persa, particularmente pesada, a su departamento, y al desenrollarla se encontró un cadáver.

Existen muchos debates acerca de qué pasa con el estado legal de los objetos abandonados. Las leyes son confusas, pero parece ser que si el objeto se deja en los contenedores de basura, es ilegal sacarlo de allí. En cambio, si el objeto se deja en la banqueta, o curbside, éste deja de ser “propiedad personal tangible”, se considera legalmente “abandonado” y se convierte en propiedad pública. No es de nadie y es de quien lo quiera.

Durante las temporadas de inicio de semestre terminan muchos contratos inmobiliarios y la ciudad se llena de mudanzas. En las banquetas uno puede encontrar sillones, libreros y hasta pianos. Me gusta pensar en “the curbside”, ese fragmento del espacio público, como un lugar con el poder casi mágico de abolir la propiedad privada de los objetos. En una ciudad obsesionada con las posesiones es un alivio que exista un lugar de despertenencia, a través del cual es posible establecer vínculos entre desconocidos. El instante que los objetos permanecen en la banqueta, antes de que la basura o algún afortunado se los lleve, es quizás el único momento en que son de verdad libres.

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