Fin de año

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Cuando el año pasado ya es un cadáver, nos lanzamos sobre el año nuevo sin perder el tiempo. No tiene dificultad, porque nuestros años son ahora números y ¿qué significado ha de tener, distinto y propio, “dos mil tres”? Es una mera señal, como las muescas en la culata del colt. Si los años tuvieran nombre propio, mantendrían un sentido duradero. Los novelistas, dados a atesorar lo perdido, suelen usarlo para sugerir tiempos intensos: “el año de la peste”, “el año del diluvio”, “el año en que murió Marilyn”. Hacen como los viejos, abrumados por una suma de números indiferentes de entre los cuales tienen que espigar algún sentido: el año en que estalló la guerra, el año en que murió mi padre, o aquel que el hijo llevará para siempre impreso en el carnet de identidad. Cuantos más años acumula Occidente, más opaca parece la sucesión, dos mil tres, dos mil cuatro, dos mil años de soledad.
     Canetti descubrió una evidencia, dijo que los días tienen nombre —Lunes, Martes, Miércoles— pero las noches no. Para hablar de la noche hemos de citar el día, “la noche del lunes”. La oscuridad parece incapaz de encarnar sentidos que no sean destructivos: la noche de los cuchillos largos, la noche de la Iguana, la noche de los cristales rotos, señalan hacia un terror que se esconde en la sombra de un Lunes o de un Viernes. Los antiguos todavía pudieron nombrar algunas noches luminosas, la noche de Reyes, o la noche de verano cuyo sueño hemos vivido todos por San Juan.
     En la noche que separa las dos cifras insignificantes, dos mil tres, dos mil cuatro, nos sacudimos el miedo recitando propósitos que salven ese salto en el vacío: “dejaré de fumar”, “leeré a Rabelais”, “cambiaré de periódico”, propósitos inútiles que actúan como los sortilegios: “el dos mil cuatro será el año de la langosta”. Queremos creer que damos sentido a un cambio que ya no llega impuesto por los astros o por el augusto mandato de las estaciones climáticas, sino por la administración. De manera que gritamos aterrados: “sea el dos mil cuatro el año en que abandoné para siempre la funesta costumbre de leer diarios”. En vano.
     Para que pudiéramos guardar memoria de los años y bautizarlos con nombre propio, deberíamos primero matar esa voluntad nacida hace un par de siglos, cuando por equivocado capricho decidimos que la vida humana tenía Historia y ésta obedecía a un relato razonable. Es esa voluntad la que nos aterra porque, en nuestra superstición, el dos mil cuatro ha de ser obligadamente mejor que el dos mil tres. Una certeza que se disipa cuantos más años vamos juntando y más cerca estamos de la catástrofe. Avanzar en el tiempo, en contra del mito historicista, es ir abandonando la tierra sin haber depositado en ella sentido alguno. La nada se acerca a nuestro dormitorio y de ningún modo podemos pensar ese proceso como algo “mejor”.
     Al constatar que año tras año el sentido se aleja y la nada se aproxima, soñamos con mejoramientos radicales, súbitos, totales, que lleguen antes de que sea tarde, progresos acelerados y absolutos. Soñamos con el Paraíso del Proletariado, con la Europa Unida, con la Nación de Los Vascos, con la Revolución Antiimperialista para pasado mañana. Juguetes con los que entretenemos nuestra incapacidad para remediar el paso del dos mil tres al dos mil cuatro.
     Lo espantoso sería, sin embargo, que se cumpliera semejante progreso absoluto. La llegada del acontecimiento total nos sitúa en el horror supremo. No porque en lugar de suprimir la aproximación pausada de la muerte la acelere, sino porque, de realizarse realmente, si en verdad se hubiera alcanzado el Paraíso Proletario o la Europa Aria, lugares armónicos, justos y perfectos, habríamos condenado a una segunda y más espantosa muerte a todos aquellos que no tuvieron la suerte de coincidir con un número, mil novecientos diecisiete o mil novecientos cuarenta. ¿Qué sería, entonces, de los millones de muertos que sólo habrían servido de prólogo a la Sociedad Perfecta? ¿Han sido nada, y nosotros algo? ¿El peldaño donde apoyamos nuestro pie para divisar la aurora roja?
     Ésa fue una desesperación de teólogos, ¿qué hacemos con Platón, con Moisés, con Séneca o Abraham, los cuales tuvieron la desdicha de nacer antes del año treinta y cuatro? En el limbo están, todos confundidos, Akenaton y Confucio, Judith de Betulia y Lucrecia, esperando el Juicio Final para conocer qué error del mecanismo les ha retenido allí media eternidad convertidos en escombros de la Redención.
     Así también, si el año dos mil cuatro se mostrara el año de la Realización Universal, la hecatombe sería insoportable y caería sobre nosotros el dolor y la humillación de todos los que nacieron demasiado pronto.
     No hagamos, pues, buenos propósitos para el dos mil cuatro, evitemos mejorar o progresar, seamos piadosos con nuestros hermanos los muertos. No los volvamos a matar. ~

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