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Hillary Clinton y el juicio al libre comercio

Todos los saldos de los acuerdos de libre comercio han sido endosados a la cuenta de Hillary Clinton. ¿Cómo puede responder la candidata en un contexto en que los hechos importan menos que la estridencia del mensaje?
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Las campañas políticas de nuestro tiempo operan en un universo donde el lenguaje ha perdido su capacidad para la acción comunicativa y se ha reducido a puro performance. Hay poco interés en argumentar y validar los enunciados propios; ahora se espera que cada frase cree su propia realidad. Laclau derrotó a Habermas.

Los populistas de la izquierda contemporánea, sobre todo los jóvenes dirigentes de Podemos, han demostrado la utilidad del lenguaje para crear algo nuevo que rompa la inercia de un sistema político poco representativo e incapaz de procesar el descontento social: una agrupación política que emplea la denuncia de la “casta” como adversario irreductible para fomentar la unidad de sectores diversos unidos por el agravio.

El populismo de derecha comparte la misma estructura discursiva que el populismo de izquierda, pero apela a los peores instintos de los individuos: exclusión, racismo, violencia. La campaña de Donald Trump en Estados Unidos ha mostrado los brutales excesos del lenguaje insustancial pero efectivamente virulento y su desdén por los hechos. Su enorme éxito debería ser una llamada de atención para la izquierda: vaciar al lenguaje de contenido es jugar con fuego y los primeros quemados son las propias fuerzas progresistas que se encuentran en el camino del monstruo desatado.

Eso es lo que parece estarle ocurriendo a Hillary Clinton en el momento actual de la campaña presidencial estadounidense. El ejemplo más claro es la manera en que se le ha endosado a la senadora la factura por todos los males –reales e imaginarios- de las políticas y acuerdos de libre comercio implementados en las tres décadas anteriores.

Los resultados y efectos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en los tres países firmantes son muy complejos y difíciles de estimar con exactitud. Sin embargo, uno de los grupos más afectados no ha dejado de llamar la atención sobre su dramática situación. La industria manufacturera estadounidense ha perdido casi 5 millones de empleos desde que entró en vigor el TLCAN en 1994, seguido por la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC), en 2000. Mientras Sillicon Valley y otros centros de la innovación tecnológica florecen económicamente –y generan sus propias inequidades-, los viejos centros industriales se caen a pedazos y sus poblaciones viven sumidas en la desesperanza, como hemos escrito en este espacio.

El genio de Trump ha sido poner todos estos saldos del libre comercio en la cuenta de Hillary Clinton. En ese empeño ha sido ayudado por no pocos simpatizantes de Bernie Sanders con una visión simplista del papel de la exprimera dama y de la gestión de su marido. El éxito de Trump en este empeño es más intrigante aun cuando se recuerda que él mismo se ha beneficiado de las facilidades para reubicar la producción en  México y en China y no ha tenido empacho en decir que como empresario eso es lo mejor que podía hacer. Sus simpatizantes están vacunados contra los hechos.

El discurso es simple: todos los tratados de libre comercio han sido un desastre para Estados Unidos (algo que uno puede matizar manteniendo la premisa sobre la obvia pérdida de empleos) y todo es culpa de los Clinton (una proposición objetivamente insostenible).

El veredicto de culpabilidad contra el libre comercio y los Clinton no parece admitir apelación. En las redes sociales de nada sirve recordar que el TLCAN fue propuesto, negociado y firmado por la administración de George Bush padre y que las políticas de libre comercio han sido la marca del Partido Republicano desde los años ochenta. Tampoco sirve de mucho mencionar que, de hecho, la primera víctima del impulso que se le dio al TLCAN en la administración de Bill Clinton fue la campaña de su esposa en favor de la cobertura universal de seguro médico. En su libro “Global Class War” (2006), Jeff Faux, fundador del Instituto de Política Económica (EPI, en inglés), uno de los más prestigiados think tanks progresistas de Washington, DC, describe a todo detalle cómo la decisión de poner todo el capital político de la administración en la aprobación del TLCAN se tomó luego de intensas negociaciones que iniciaron literalmente en el comedor presidencial. Hillary Clinton resintió siempre el sacrificio de su política de salud en favor del tratado, pero se comportó como buen soldado y cerró filas en torno a la agenda del presidente, y así lo reseñó en sus memorias.

¿Cómo puede responder la candidata en un contexto en que los hechos importan menos que la estridencia del mensaje? Parece difícil a estar alturas que Hillary Clinton pueda desmarcarse lo suficiente de la condena casi generalizada al libre comercio en Estados Unidos. Su apoyo entre latinos, afroamericanos y mujeres independientes es un sólido anclaje para resistir los embates de Trump, como ha sido el caso frente a los ataques de Sanders, pero es claro que tiene un flanco muy débil entre los votantes del corredor industrial del medio oeste. Ahí, la senadora necesitará arrebatarle el discurso populista  a Trump y por ello es que suena con tanta insistencia el nombre de la senadora Elizabeth Warren como mancuerna en la boleta de noviembre. No hay que esperar mucho para conocer el desenlace de esta historia.

 

 


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