La espada de Bolívar y un millón de pesos

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A Andrés Hoyos y Juan Gabriel Vázquez.

El obsequio protocolar favorito del actual gobierno de Venezuela es una réplica de la llamada “espada de Bolívar”.

Muammar Gaddafi, Robert Mugabe, Fernando Henrique Cardoso, Alexander Lukashenko, Inacio Lula da Silva, Vladimir Putin, Raúl Castro y Mahmoud Ahmaniyehad, por ejemplo, cada cual en momentos distintos, ha sido distinguido con una réplica de la espada de oro –con diamantes y rubíes engastados en ella– que el Congreso Constituyente del Perú ofrendó a Simón Bolívar en 1826, poco después de Ayacucho, la batalla que puso fin al dominio español en Suramérica.

Al diseñador del fusil de asalto AK-47, Mikhail Kalashnikov, también le obsequiaron hace poco una espada, en ocasión de cumplir noventa años. La veintena de réplicas obsequiadas hasta ahora han costado a la nación venezolana unos 800.000 dólares.

Junto con la espada, y a instancias del Congreso, el Ayuntamiento de Lima obsequió a Bolívar un millón de pesos. Un millón de pesos peruanos de la época equivalían a un millón de dólares de entonces. Una conversión, basada en el índice de precios al consumidor estadounidense para 2010, arroja que “el millón del Perú”, como dieron en llamarlo en Caracas, equivaldría hoy a unos ventiocho millones y medio de dólares.

La joya condensa el decadente gusto neoclásico de los orfebres del antiguo virreinato y la clara intención de lisonjear al jefe de un ejército de ocupación que nadie, o casi nadie, había invitado a liberar al Perú del yugo español.

Se dice al respecto que el general venezolano Antonio José de Sucre, Gran Mariscal de Ayacucho, afirmaba que los soldados peruanos marcharon al campo de batalla, “a paso de vencedores”, sí, pero con las bayonetas colombianas hincándoles la espalda. En aquel tiempo, valga precisar, las actuales Colombia y Venezuela eran un mismo país llamado Colombia.

Característicamente, Bolívar aceptó halagadísimo la espada y los títulos que venían adheridos a ella, pero rehusó la plata. El 23 de febrero de 1825 escribió al Congreso: “me ha nombrado Padre y Salvador del Perú; me ha decretado los honores de Presidente perpetuo; ha mandado grabar mi busto en una medalla; me ha llamado Libertador y me ha obligado a encargarme del mando del Perú; y después me señala una enorme fortuna. Yo he aceptado todo con gozo, menos lo último; porque las leyes de mi patria y las de mi corazón me lo prohiben”. Y concluía: “Sería una inconsecuencia monstruosa si ahora yo recibiese de las manos del Perú lo mismo que había rehusado a mi patria”.

Casi un año atrás había hecho en Trujillo una solemne promesa: “…el campo de batalla que sea testigo del valor de nuestros soldados, del triunfo de vuestra libertad; ese campo afortunado me verá arrojar de la mano la palma de la dictadura y de allí me volveré a Colombia con mis hermanos de armas, sin tomar un grano de arena del Perú, dejando la libertad”. Pero a comienzos de 1825, dos meses después que la batalla de Ayacucho sellase la derrota definitiva del imperio español en América, Bolívar no lucía dispuesto a marcharse.

Puestos a untar la mano de un caudillo militar –¿para estimular el pronto retiro de sus tropas?–, los congresistas peruanos, precursores de una inextinguible tradición latinoamericana, dieron muestra de donosa obstinación y volvieron a la carga instando a Bolívar a “destinar dicho millón a obras de beneficencia a favor del dichoso pueblo que le vio nacer y demás de la República de Colombia que tuviese Su Excelencia por conveniente”. Bolívar respondió sin ocultar su exasperación: “ Sea cual sea la tenacidad del Congreso Constituyente, no habrá poder humano que me obligue a aceptar un don que [a] mi conciencia repugna”. Los congresantes se declararon entonces resueltos a no dejarse vencer en “la hermosa contienda” y, motu proprio, destinaron el millón “al pueblo que vio nacer” al Libertador.

Todo indica que Bolívar consideró que una nueva repulsa de su parte podría interpretarse como descortesía y dio las gracias. “De este rasgo de urbanidad –escribe con sorna el escritor venezolano Ramón Díaz Sánchez– la Municipalidad caraqueña dedujo tener derechos particulares sobre el millón”.

En efecto, justo veinte años después de la muerte de Bolívar, en 1850, y en medio de una profunda crisis fiscal en Venezuela, el Ayuntamiento de Caracas promovió una investigación que lo llevó a informarse con personas que acompañaron a Bolívar en la campaña del Sur. Todos los interrogados aseguraron que aquel por fin habría aceptado la gratitud peruana.

Un venezolano muy despabilado, llamado Antonio Leocadio Guzmán, no sólo sacó sus conclusiones, sino que se lanzó a una personal “campaña del Sur” al ponerse literalmente en camino para recuperar el dinero que Bolívar dejó olvidado en el Perú que, por entonces, vivía el boom del guano.

Guzmán, fundador del Partido Liberal en nuestro país y padre del dictador Antonio Guzmán Blanco, fue quizá el político más avilantado de la incipiente Venezuela republicana. Polemista y agitador sin par, a menudo acusado de “delitos de imprenta” por los caudillos militares venezolanos, el ambicioso Guzmán se reveló también en aquellos días como hombre muy dotado para la especulación fiinanciera. Y vio en el millón de pesos desdeñado por Bolívar la fortuna con la cual afrontar los costos que, en cualquier lugar y época, entraña hacer política para un particular sin hacienda ni esclavos.

Las autoridades de Lima hicieron ver a Guzmán que el Libertador había renunciado puntillosamente al milloncejo que, a su vez, retornó a la Tesorería peruana sin que se supiese nunca más de él. Pero Guzmán guardaba un tecnicismo legal en la manga.

Acosado por el educador inglés Joseph Lancaster, acreedor de la incipiente Gran Colombia y a quien Bolívar había contratado como asesor en asuntos de instrucción pública, el Libertador había ordenado, en tiempos de su última dictadura, pagar los honorarios del consejero –unos 20,000 pesos– con cargo al millón del Perú. Luego –argumentaba Guzmán– Bolivar había dispuesto del dinero, señal de que lo había aceptado; luego era suyo. De donde sus herederos, que habían designado a Guzmán como apoderado universal, tenían derecho a heredar el millón de pesos.

Mucha gente en Lima se alegró de que el millón de Bolívar no se hubiese esfumado del todo y fuese todavía cosa tangible …y repartible. Todo indica que, antes de regresar a Venezuela, Guzmán acordó partir botín con el entonces presidente del Perú, Ramón Rufino Echenique. Echenique adelantó a Guzmán bonos de la deuda pública peruana, con cargo a la factura de guano que entonces era un commodity tan valioso que ríete del crudo liviano saudita.

La autenticidad de la espada del Perú que durante años reposó en las bóvedas del Banco Central de Venezuela hasta que Hugo Chávez decidió custodiarla personalmente, y cuya réplica recorre el mundo, estuvo largo tiempo en disputa. Pero el millón de pesos sí resultó auténtico y, aunque tarde e incompleto, regresó a Caracas, tal como desearon los agradecidos constituyentes peruanos en 1825.

– Ibsen Martínez

Caracas, 19 abril de 2010,

día bicentenario de la Independencia.