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—Tiene ojos muy hermosos.
     El comentario lo hizo su madre, durante una de sus visitas al pueblo donde Henry y Lila, casados con otros, vivían en ese entonces. No podía haber sabido que su hijo y Lila estaban teniendo una aventura amorosa: aventura que, como un incendio desbocado en el campo, volvía a arder cada vez que creían haberla apagado.
Pero Lila sí sabría que esta era la madre de su amante, lo cual habría introducido una animación adicional, un destello, en la cortesía que le mostraba a la mujer mayor mientras conversaban. En una ocasión, la madre de Lila había asistido a una de sus acaloradas reuniones de parejas jóvenes y Henry, al mirar el perfil de esa mujer robusta de sesenta y tantos años en la pequeña fiesta de Lila, se preguntó con asombro cómo alguien tan descolorido y feo y asexuado había producido esa belleza, esa fuente ágil y lasciva de éxtasis.
     El comentario de su madre le había dado a su amor ilícito una bendición fantasmal; además, ambas mujeres compartían cierto amor por la naturaleza: conocían los nombres de pájaros y de flores, y cuando Lila y él se veían era con frecuencia en el campo, en una cabaña junto a un lago que una amiga liberada, una mujer mayor, le prestaba a Lila, en las afueras boscosas de un pueblo vecino. El frío fuera de temporada y los olores mohosos de la lona y del mimbre de los muebles de verano y del simple colchón y del refrigerador desconectado cedían el paso a los aromas de su propia tibieza desnuda, mientras el lago centellaba del otro lado de la ventana y las ardillas corrían por la azotea. Con Lila debajo de él, Henry vertía su mirada en sus ojos dilatados, en efecto hermosos, color de avellana mezclado con verde y con un café rojizo alrededor de las pupilas agrandadas por la sombra de su cabeza. En la cabaña había una claraboya y él podía ver su rectángulo, de orillas desiguales cubiertas de ramas caídas y agujas de pino, reflejado en la superficie convexa y húmeda de los ojos sorprendidos e inmóviles de Lila.
     Su madre nunca simpatizó con su esposa: Irene era demasiado citadina, demasiado correcta, demasiado estoica. Para Henry ella había sido un ascenso en la escala social, dentro de una familia de prósperos abogados, banqueros y profesores, pero en la pequeña e incesante sociedad de su hogar las concesiones de intimidad por parte de Irene eran moderadas, y este rasgo se agudizó cada vez más en lugar de disminuir. Henry trató de restringir sus apetitos para estar a la altura, y más bien disfrutaba su sequedad creciente, su personificación cada vez más eficaz de un bodoque bien educado. Su madre, cuyas ambiciones en torno a él reflejaban el aspecto más exuberante de sus propias esperanzas insatisfechas, notó esta constricción y la tomó a mal; su resentimiento fortaleció a Henry cuando —con Lila más intensamente que con varias otras— abandonó la fidelidad y respiró el aire salvaje y húmedo de la intemperie.
     Húmedo: nunca olvidaría cómo Lila se había desnudado abruptamente, un día soleado pero frío de octubre, y cómo se había lanzado al agua —Henry vio sus nalgas: un repentino corazón blanco y abierto por la mitad— con un perfecto salto de carpa desde el muelle flotante que aún seguía en pie. Emergió a la superficie con la cabeza pequeña y empapada de una nutria, sus párpados revoloteaban y su boca exclamaba: "¡Oooh!"
     —¿No sentiste que te morías? —preguntó él, parado y vestido en el muelle tambaleante, mientras miraba ansiosamente a los lados en busca de algún mirón que pudieran ocultar todos esos árboles otoñales.
     —Es el puro éxtasis —le dijo ella, haciendo muecas para evitar el castañeteo de sus dientes—. Si te lanzas a su encuentro. Anda. Métete, Henry.
     Pataleando en el agua, extendió sus brazos y alzó el cuerpo como una mariposa hasta que sus senos quedaron al aire.
     —Oh, no —dijo— por favor. Pero al ver esta contienda erótica, no tuvo otro remedio que quitarse la ropa, dejarla doblada lejos de las salpicaduras y lanzarse al agua negra del lago con un salto torpe y cardiaco. Las hojas rosas de los arces de pantano, corrugadas en forma de pequeños barcos, flotaban cerca de sus ojos cuando salió a la superficie; su cuerpo sumergido se sentía hinchado y ardiente, como si le hubiera caído un rayo. Lila nadaba con un crol eficiente y sus pies tendinosos producían espuma; se fue alejando de Henry hacia el centro del lago. Jadeante, él regresó pataleando al muelle y, desde esa perspectiva más baja, los árboles a su alrededor le parecieron como los bordes de un pozo dorado, un cerco que lo mantenía en el centro del domo celeste. Era uno de esos momentos, pensó, en que la vida cosecha los frutos que la naturaleza ha acumulado. Eso era la salud: la cabecita mojada, los ojos luminosos de nutria, el cuerpo mullido, con senos pequeños, y enteramente a su disposición cuando la electricidad disminuyó en sus venas y las pieles de ambos se frotaron con las toallas que Lila, previsoramente, había traído.
     Pero incluso entonces irrumpió el mundo menos saludable. Henry se preguntó si Irene percibiría en su cuerpo el olor del lago negro, con su humus de hojas muertas. Se extrañaría al notar su pelo húmedo. Él no era bueno para el adulterio, no tan bueno como Lila, porque no podía entregarse totalmente al momento y correr a su encuentro. La bendición de su madre no lo salvó de la gastritis y del diagnóstico ominoso que le comunicó su doctor:
     —Algo te está consumiendo.
     La justicia de la frase sorprendió a Henry; su deseo de Lila era una especie de bestia. Le saltaba encima en los momentos menos esperados y lo torturaba en la oscuridad.
     —Es el trabajo —mintió.
     —¿No puedes relajarte un poco?
     —Todavía no. Tengo que llegar al siguiente nivel.
     El doctor suspiró y dijo (era imposible deducir, por su boca comprimida y cansada, cuánto podía adivinar o saber):
     —Mientras tanto, Henry, tienes que seguir viviendo en este nivel. Abandona alguna actividad. Quieres abarcar demasiadas cosas.
     Esto último lo dijo con un énfasis que le resultó extraño a Henry, como la inesperada bendición de su madre. A veces tenía la ilusión de que el aire mismo lo rondaba solícito, como una red de testigos que supervisaba su destino, mientras él avanzaba laboriosa y confusamente.
     Renunció a la campaña para conseguir fondos que encabezaba en su iglesia. Esto, además de dejar el café y los cigarros, aligeró un poco su malestar estomacal, pero la irritación no cesó hasta que Lila, de repente, por alguna razón que nunca explicó, le confesó todo a su esposo Pete. Al cabo de un año se mudaron a Florida; unos años después, se supo que se habían divorciado. El matrimonio de Lila siempre le había parecido un misterio.
     —No me necesita —le había dicho alguna vez, con los ojos sorpresivamente llenos de lágrimas y la mirada fija en algún punto por encima del hombro de Henry—. Necesita mi culo.
     A Henry le costó trabajo creer lo que estaba oyendo y no se atrevió a pedirle que se lo aclarara. Había muchas cosas, pensó, que no quería saber; con razón otras personas le parecían tan sabias. Aunque la vida le dio ascensos en el trabajo y vacaciones en la Florida y en Maine, y nietos y, con ayuda de Irene, una personificación cada vez más convincente del bodoque bien educado, nunca volvió a haber otra bestia; incendios así destruyen el campo.
      
     Finalmente, Irene se murió de cáncer a los sesenta y tantos años y él quedó libre. Por medio de sus amigos —esos amigos ineludibles y perspicaces— se había mantenido informado sobre Lila y sabía que otra vez estaba soltera, luego de dos matrimonios posteriores al de Pete: el primero con un hombre mayor que le había dejado dinero; el segundo con un hombre más joven que había resultado ser, obviamente, incompatible. Consiguió su dirección y le escribió una nota para sugerir que podría visitarla. Irene y él habían tenido la costumbre de viajar a Florida durante dos semanas a mitad del invierno y de quedarse en un hotel predilecto —más para Irene que para él— en una isla frente a la costa oeste. El hotel olía a teca y pino barnizados y tenía peces espada y tarpones disecados en los muros de los pasillos y fotografías de viejos grupos de pescadores y de zonas dañadas por huracanes. En los rellanos amplios y soleados de las escaleras había vitrinas con colecciones de conchas; la tinta de los rótulos corrugados y secos estaba ya borrosa. Todo olía a la Florida distante de antaño, a ese paraíso un tanto espartano del hombre rico, y todavía no al gran parque de diversiones y lugar de jubilación de la democracia. Sin embargo, desde la muerte de Irene, después de los dos años de agonía compartida, de las jornadas en hospitales, de las esperanzas ganadas y perdidas, de la desesperanza definitiva y luego los meses póstumos de alivio, tristeza y ausencia persistente y alarmante, a Henry le daba temor alejarse de las rutas de viaje que ella había trazado para ambos.

     El hotel estaba en la costa oeste, abajo de Port Charlotte, y el condominio de Lila en Deerfield Beach, en la costa este, arriba de Fort Lauderdale, lo cual significaba una travesía ardua hacia el sur y luego hacia el este en dirección al sol, casi a contracorriente del paisaje monótono de los Everglades. Además, lo desorientaban los embotellamientos de la costa este, los numerosos y agresivos conductores de piel morena, los conjuntos de casas de una sola planta y techos blancos, que se extendían a lo largo de kilómetros en los terrenos arenosos y planos, como una especie de enorme Chicago quemado por el sol; la vejez, empezaba a darse cuenta, llegaba con incrementos de incertidumbre. Las señales de la calle, los espejos retrovisores y la propia habilidad para improvisar ya no eran confiables. Antes de dar con el conjunto de condominios donde vivía Lila tuvo que pedir ayuda en tres ocasiones, para lo cual evitó a los jóvenes en las calles iluminadas y se acercó a viejos asustadizos y cautelosos; con los ojos entornados atisbó la entrada correcta y el lugar donde se ocultaba el estacionamiento para las visitas. Se encontró en un cuadrángulo de tres pisos, donde cada unidad daba hacia el interior y tenía un solario enrejado. Con un pedazo de papel garabateado en la mano, comparó el número escrito con el de la puerta de la planta baja; cuando respondieron al timbre, le costó trabajo relacionar a la Lila de su recuerdo y de su imaginación con la diminuta mujer de cara color nuez y marcada de arrugas que le abrió la puerta. Su cara se había expuesto mucho al sol en los últimos treinta años.
     —Henry, querido —dijo en un tono más de confirmación que de saludo—. Llegas más de una hora tarde.
     —No pensé que el viaje sería tan largo y luego estuve dando vueltas y vueltas a unas cuantas calles de aquí. Lo siento mucho. Siempre dijiste que era lento.
     Por la manera en que mantenía la cara erguida e inmóvil infirió que debía darle un beso; se dio cuenta súbitamente de que no le había traído un regalo. Había sido característico de su vieja relación que él simplemente trajera su cuerpo y ella el suyo. Con los labios sintió la textura de su mejilla seca y granulosa, aunque tibia, como la parte acojinada de las patas de un perro.
     —No puedo reclamarte que la comida se haya enfriado —dijo Lila—, pues es ensalada de pollo fría, en el frigo. Temí que no aparecieras.
     Antes, en más de una ocasión él no había aparecido: algún obstáculo repentino en el trabajo o en sus deberes domésticos. El hecho de que el enojo de Lila nunca durara o que no provocara una ruptura permanente le había indicado que, extrañamente, él ejercía un dominio sobre ella parecido al que ella ejercía sobre él. En su voz percibió ahora la presencia muy leve de un acento sureño, apenas un ablandamiento en los bordes. Pero su comportamiento era nervioso; quizá se había convertido en una de esas mujeres mimadas y con muchos matrimonios que dicen cualquier cosa grosera y cortante que se les ocurra —guste o no guste— como si la insolencia fuera encantadora. Su ropa —pantalones azul violeta, camisa de seda color durazno con los dos botones superiores desabotonados, sandalias blancas de plataforma, uñas pintadas de rojo magenta— mostraba esa ostentación típica de Florida, a la que mujeres de cualquier otro lugar no se atreverían a su edad.
     —Por favor, perdóname —dijo haciendo uso de la galantería hasta que el significado de la situación se aclarara. Su corazón había latido fuertemente durante todo el trayecto en el coche, a tal punto que imaginó que le daría un ataque de arritmia, y su pánico fue aumentando mientras inspeccionaba las cuadras de Deerfield Beach, con sus prados verdes, irreales, y sus limoneros decorativos. Ahora que estaba frente a Lila, a un paso de abrazarla, le sobrevino una especie de calma opaca, un sudor ansioso, como le ocurría cuando Irene de repente empeoraba o durante esas noches interminables en que no podía hacer otra cosa salvo mantenerse despierto, agarrarle la mano y alimentarla con hielo raspado. Se había portado de maravilla, le comentaron sus amigos cuando finalmente terminó todo. Según él, sólo había sido tenaz, fiel a una de las pocas frases todavía indisputables de los votos matrimoniales: "En la salud y en la enfermedad".
     Se dio cuenta de que, a sus espaldas, se oían chapoteos de agua. Había una alberca en el centro del cuadrángulo de los condominios y por las puertas corredizas de Lila, que estaban abiertas, entraba ese sonido junto con el de los discos de teja que se deslizaban por el concreto, las palmeras que crujían en su desconcierto antediluviano, los vasos y los cubos de hielo que tintineaban sobre una charola en otro sitio cubierto que daba al mismo espacio amplio y compartido. Un recuerdo del pequeño lago de Lila, de su cuerpo cortando el agua fría como un cuchillo, lo hizo reconocer, al verla avanzar oscilante en su calzado torpe, que se había conservado ágil, si bien los años habían redistribuido el peso hacia su cintura y aflojado los músculos de sus brazos morenos. En este clima caliente llevaba corto su pelo salpicado de canas y pegado al cráneo pequeño, sobre su cuello flexible de nadadora. La vieja bestia aún vivía, se removía con pereza dentro de él y le irritaba el estómago; como si la vida entera de ambos se hubiera derrumbado abruptamente, se sintió en plena confianza con esa mujer; sus cuerpos se movían fantasmalmente entre las sillas con asiento de junco, las mesas de vidrio, los muebles de un verano perpetuo con su tenue olor a humedad.

     —Siempre lo hice —dijo Lila. Perdonarlo. ¿Por qué? ¿Por acostarse con ella? ¿Por irse después, en su propio coche, a toda velocidad por el camino de terracería y a punto del pánico?
     Durante la comida de ensalada de pollo y vino blanco, té helado y pay de limón, se pusieron al día respecto a las décadas que habían vivido aparte. Los esposos de Lila, la tragedia nupcial de Henry, los hijos desperdigados, los achaques previsibles y los ejercicios predecibles con los que intentaban mantenerse en forma y preservar las sensaciones de la juventud lo más que pudieran. Le pareció que compartían una misma vanidad en cuanto a su salud física.
     —¿Por qué se lo contaste a Pete y te viniste al sur? —preguntó por fin—. ¿Fue para huir de mí? ¿No había otra salida?
     Era como si ella lo hubiera olvidado y tuviera que esforzarse para vislumbrar una época tan distante.
     —Ah… habíamos hablado a menudo de Florida y luego surgió una buen trabajo para él. Yo tenía que poner orden. Tú eras el desorden bajo la cama. Querido Henry, no te pongas tan triste. Ya había llegado la hora.
     Cuando ella volteó la cabeza, recordó el perfil de la madre de Lila: ya era idéntico.
      
     Viéndola hablar y gesticular, se dio cuenta de que Lila se había hecho vulgar, como le ocurre a una mujer que no tiene otra cosa que hacer salvo pensar en su cuerpo y en su dinero; sin embargo, esa avidez vulgar por la vida era parte de lo que había amado. Porque era directa y simple. En dos horas se decían todo lo necesario; nunca se habían entregado a las largas confidencias o a las confesiones complicadas. Su situación era obvia para ambos, y el tiempo que pasaban juntos era demasiado intenso, demasiado ocasional, un robo demasiado escandaloso como para que hubiera algo más que extrañeza y posesión. Ahora, conforme las sombras se oscurecían en su condominio conmovedor, con los muebles de metal y las acuarelas de centro comercial, y el sol poniente se extendía hacia las colchonetas de ratán y hacia el salón donde ellos seguían sentados tranquilamente a la mesa de vidrio, tomando de nuevo vino blanco, lo asaltó una enorme inquietud; no estaba acostumbrado a estar solo con ella tanto tiempo, tan entrada la tarde.
     Lila se levantó, bien afianzada en sus pies descalzos. Se había quitado sus desagradables sandalias; las correas le habían dejado marcas rojas en los empeines huesudos y veteados de venas azules. Hace treinta años eran tendinosos y también tenían venas azules.
     —¿Qué tal si nadamos? —preguntó.
     —¿A esta hora?
     —Es el mejor momento de la tarde. El aire sigue cálido, los niños ya no están, la hidroterapia ya terminó.
     Se tocó el hombro, como si fuera a desvestirse.
     —No tengo traje de baño.
     —Puedes usar uno de los de Jim. Dejó como tres. —Se rió—. Lo sueltas un poco en la cintura. Era realmente un niño. Solía frotarse los músculos abdominales con los nudillos, seguro de que eso me haría estremecerme de emoción.
     Henry se puso de pie, contento de estar parado nuevamente, y sin prisa, junto a Lila: su boca pequeña y seria, con el labio superior cubierto con una curva de arrugas, y sus ojos hermosos, relucientes como joyas en un papel estrujado, brillantes remembranzas color avellana del deseo de su madre de que él viviera, fuera un hombre, por ella.
     —Yo…
     Él también había sido infiel, como lo había sido ella con los músculos abdominales de Jim, con el dinero del antecesor de Jim, con Pete y su forma de usarla. Durante dos años, junto a Irene, había sentido que la enfermedad crecía como un hijo de ambos. Solía quedarse despierto en la sombra de su silencio, maravillado ante la belleza austera e intocable de su estoicismo; en la oscuridad el dolor de Irene había sido una incandescencia. Hacia el final, en los intervalos en que se despejaba la bruma de las medicinas, ella le habló como nunca antes lo había hecho; suavemente, como a un niño al que no conocía bien pero con el cual estaba destinada a pasar una larga tarde.
     —Se me hace que nos han estado engañando —le confió alguna vez—. ¿Qué tal si no nos toca un viaje al cielo?— O en otra ocasión: —Sé que para ti yo era aburrida, pero no sabía ser de otra forma—. Perpleja ante sus lágrimas, le acariciaba el cabello, sin atreverse del todo a tocarle la cara.
     —Es mejor que me vaya —dijo Henry.
     —¿Que te vayas adónde? —preguntó Lila.
     A ese hotel que tanto amaba Irene, con sus peces disecados y su colección de conchas sin nombre, con sus comodidades espartanas. A la serenidad que le daba imaginar que ella seguía con él. Desde su muerte, lo arropaba como una mortaja de hilos de oro y de plata.
     —Siempre te estuviste yendo —dijo Lila. Su tono no era rencoroso, sólo pensativo; su pulcra cabeza se inclinó animadamente como para dar a entender que ella sabía lo que era: una viejita todavía dispuesta a aventurarse, a jugarse el todo por el todo.
     —Pero ahora eres libre.
     De vuelta en la sala, Henry se vio ya del otro lado de la puerta, bajo un cielo ceñido que esta vez era rectangular. Sería un trayecto largo, con el atardecer encima, a través del gran pantano del sur de la Florida.
     —Bueno, ¿qué significa libre? —preguntó—. Supongo que siempre ha sido un estado de ánimo. Viéndonos en retrospectiva, quizá fuimos tan libres como es posible. ~

     — Traducción de Tedi López Mills
     Publicado originalmente en The New Yorker. © 2001 John Updike