Lo cursi y lo porno

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En la inexactitud la vida es más sabrosa. Nada de cifras y tarifas innegociables, nada de horarios inflexibles ni estrictas fórmulas de urbanidad y orden. Lo inexacto es lúdico y tiene esa carga de sensualidad que tanta falta le hace a muchas sociedades organizadas. El tanteo, lo ambiguo son instrumentos de la improvisación y el desorden, pero también son las armas más efectivas del humor y la seducción. Por eso la franqueza fracasa en cuestiones de amor y cortejo: nada más ajeno al amor que la precisión de la relojería suiza. Para enamorarnos debemos jugar el juego de los engaños sutiles y los gestos tangenciales. Prohibidas las frontales demostraciones y las auténticas manifestaciones desgarradas. Que todo pase rozando y llegue al blanco (si llega) después de un sinuoso periplo. Y como los juegos de la seducción tienen su correlato en las acciones ciudadanas, entonces la inexactitud se apropiará de algunas sociedades y hará nido en los procedimientos, las normas y las estructuras. Así sucede en Venezuela, país portaestandarte del sentimentalismo latinoamericano.
     No es casual que la industria pornográfica nacional haya fracasado en Venezuela. Lo explícito —en todas sus formas y variantes— sencillamente no gusta. Lo directo es antipático y las claridades meridianas a todos nos aburren. Preferimos la serpentina a la línea recta. Jugamos al disimulo, escurrimos el bulto y somos evasivos y lúbricos como las guabinas.
     Pero un país sin industria pornográfica propia es un país en problemas. Se trata de un criterio válido que sirve de índice para estudiar el desarrollo sostenido de los pueblos. Además, países como Venezuela, cuyo consumo pornográfico depende de las importaciones, no logran desarrollar su menú particular de desenfrenos —y esto es una forma de dependencia sexual inadmisible—. Lo cierto es que acá no hay estrellas porno criollas, ni revistas del patio, ni películas x de producción nacional. Nuestro erotismo goza de buena salud católica y el desnudo integral se lo reservan las figuras de Ernesto Maragall en el parque Los Caobos. Y como somos sincréticos hasta el extravío, incorporamos el diminuto taparrabos caribe y los infartantes quiebres de cadera del África profunda. Todo esto da como resultado una idiosincrasia mestiza, es decir, indefinida. Además el pudor (ese producto rebelde de la lascivia) ha echado sus raíces y ha extendido su umbral de tolerancia hasta el vértigo: el tanga no desaparece pero se reduce a lo mínimo. Acá gusta el coqueteo subido de tono pero nunca la putería. Y esto es una evidencia de nuestro ángel mojigato. La audacia y la osadía se la reservan los borrachos y los niños, que juntos conforman la comunidad más sincera del país. De cualquier forma, Venezuela todavía vive los últimos suspiros del erotismo no explícito, y eso se lo debemos a que somos un pueblo de auténticos enamoradizos.
     Lo venezolanos nos enamoramos de la siguiente forma: vemos la telenovela, soñamos con la telenovela, y entonces nos enamoramos. Los escritores de teleculebrones tienen en sus manos una responsabilidad enorme: la vida sentimental del pueblo. Si algún escritor chiflado (que los hay) quisiera experimentar con los efectos de su producto audiovisual sobre el comportamiento amatorio de la nación, nos veríamos en total indefensión, entregados a los caprichos de uno solo. Terminaríamos embriagados de amor, totalmente extraviados, creyéndonos protagonistas de El derecho de nacer y haciendo el ridículo, más de lo necesario.
     Pero desde hace algún tiempo comienzan a verse algunos cambios. La protagonista modosita, ingenua y buena que se enamora del guapo millonario, ha dado paso a una patrulla de chicas sexis, apenas vestidas, que siempre toman la iniciativa. Ya las telenovelas no se llaman La culpable o Amor infinito, sino Trapos íntimos o Cosita rica. No sé todavía qué repercusión puedan tener estos cambios tan abruptos, pero sin duda el hombre venezolano está pasando por una de sus crisis más profundas: en el fondo es todavía más sensiblero que la mujer, cursi hasta el delirio, y sueña con una esposita toda llena de virtudes y sin malos pensamientos. ¡Qué lindo!
     La cursilería nos ha salvado, por ahora, de la vulgaridad. Pero, ¿a qué precio? Lo cursi es una forma de lo vulgar que no produce asco, sino lástima. Lo cursi es un mecanismo de preservación moral, y, como todo mecanismo de preservación, tiende a desaparecer. En realidad se trata de una práctica que busca el desmoronamiento de toda defensa a través del abuso del sentimentalismo. Es el engaño cariñoso que extorsiona. Pero también es un blindaje ante los males del amor (los cursis no pueden siquiera concebir que los abandonen) y una manera efectiva de prevenir la tristeza: se trata de una gran ilusión, un mundo aparte, y en ese mundo logramos postergar (así sea por poco) la llegada de la más dura realidad.
     Pero nuestra realidad no es dura sino blanda: carece de contornos y no está sujeta a norma alguna. Nuestra vocación de inexactitud nos hace valorar todas las aproximaciones y cultivamos el humor y el amor (y todas las ciencias inexactas) más que ninguna otra disciplina. Odiamos la rigurosidad porque nos parece severa, y somos un pueblo que quiere ser, a cualquier precio, alegre. Y la alegría es una especie de vacación sentimental que siempre nos damos. Por eso nuestro presente es una amalgama de oráculos y especulaciones, de tanteos y simulacros. Los venezolanos —hoy más que nunca— vivimos una vida pospuesta y posdatada, donde todo parece que se arreglará en el futuro. Tenemos fe en ese futuro pues somos un pueblo esperanzado. Es decir, somos irremediablemente cursis y mojigatos, y ensayamos un optimismo a prueba de bombas que atenta contra toda lucidez. Preferimos las promesas a las acciones, pues las primeras son vagas y las otras categóricas. Adoramos esa vaguedad porque somos seductores, o nos creemos seductores —y en ninguna parte del mundo existen seductores pesimistas—. A fin de cuentas, ¿quién ha visto que a un optimista le guste la pornografía? ~

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