Lo que Altman aprendió de Tony Blair

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     Cuando Robert Altman filmaba su película Gosford Park (2001) en Inglaterra, tuvo lugar una cena, en una casa en Londres, sobre la que este director, conocido en la isla como the London dude, acaba de revelar un detalle interesante. Dude es un término, que por cierto usaba Jeff Bridges en la película The Big Lebowski (Joel Coen, 1998), cuyo significado oscila entre tío, macho, colega y colegón. Para empezar, la cena tuvo lugar en la casa de Dave Stewart, el ex cantante de los Eurythmics, que es, según puede apreciarse en las fotografías de aquel curioso evento, muy parecida a la de Gosford Park. Es decir que el director Robert Altman pasó esa noche del set de su película a esa casa que parecía su propio set, y quizá por eso tuvo la experiencia que tuvo.
     Altman nació en las profundidades de Kansas y es uno de esos directores que se empeñan en hacer cine de auteur a la sombra de Hollywood. Uno de sus asistentes cometió hace no mucho la indiscreción de revelar el método de trabajo de su maestro, un método que por cierto eleva a niveles heroicos el quehacer de Altman, que ha sido siempre bebedor y afecto al juego, y ha tenido una notable proclividad a liarse de forma escandalosa con putas y barraganas. Pues cuenta este asistente indiscreto que llegaba por el director a su piso en la esquina noroeste de Fountain y Cienaga, en West Hollywood, y que invariablemente tenía que forzar la puerta (aunque con el tiempo se hizo de un duplicado de la llave) y levantar del piso a Altman que dormía la mona abrazado a media botella de whisky, con el mismo afecto descoordinado con que solía abrazar la cintura de sus barraganas, y de ahí pasarlo por la ducha y vestirlo y llevarlo en volandas al set de filmación. Cuando llegaban Altman ya iba fresco (sus amigos no se cansan de celebrar su inconcebible talento para metabolizar el alcohol), saludaba con energía a su equipo, se acomodaba en su silla de director y un minuto después continuaba disimuladamente la mona que su asistente había interrumpido. Así, con el director simulando que dirigía, disfrutando de un sueño discreto y reparador, comenzaba el rodaje. Su asistente, que para eso estaba, lo iba despertando en los momentos pertinentes, por ejemplo cuando había que gritar ¡Acción! o ¡Corte! (cosa que Altman hacía con una voz poderosa de director despierto), y cuando había que imprimir, digamos, más velocidad a una escena su asistente, previo codazo, le decía en voz baja cerca de la oreja: “Esta escena ha ido muy lenta”; entonces el director indicaba con un vozarrón donde de ninguna forma afloraba la resaca: “¡A ver si mueven el culo, muchachos, necesitamos velocidad en esta toma!”
     Bueno, estábamos en que Robert Altman se trasladó del set de Godsford Park a la casa de Dave Stewart, que parecía ese mismo set, un lugar ambientalmente propicio para la performance y la simulación. En esta casa convivían, entre otras personalidades, la modelo Jerry Hall y el primer ministro Tony Blair. Jerry Hall, además de ser la ex mujer de Mick Jagger, ostenta un curioso record Guiness, que no es el de la mujer que más ha resistido junto al Rolling Stone, sino el de la actriz (aunque sea modelo) que ha actuado (aunque sólo se haya parado ahí sin hacer nada) en más obras de teatro en una sola noche (aunque una de ellas era un psicodrama sobre un grupo de alcohólicos en rehabilitación y, desde luego, no hubiera público para ovacionar su récord). El primer ministro Tony Blair no necesita presentación, pero no está de más citar lo que de él, a propósito de la marihuana y con una intención muy difícil de descifrar, dijo su ministro David Blunkett: “Dios mío, él toca la guitarra muy bien, pero eso no es sinónimo de fumarse un porro”. Blunkett, que ahora es ministro del Interior, tocaba la batería en una de las formaciones de la banda Ugly Rumors (Rumores Horrendos)
     que comandaba, en la guitarra principal, el hoy primer ministro Tony Blair. Tiempo después de aquella cena, cuando Blair se sumó a la lucrativa empresa de invadir Irak, Robert Altman declaró estar decepcionado por la relación tan cercana que había entre Blair y George W. Bush. A aquella ridícula declaración de Bill Clinton, que había fumado marihuana pero no se había tragado el humo, se antepuso el historial de veterano de las drogas que tiene Bush. En medio de los dos se encuentra Tony Blair, que ni ha echado para fuera el humo ni se lo ha tragado, es decir que nunca, según ha declarado, ha tenido contacto con la polémica hierba. Pues bien, después de cenar en aquella casa que
     parecía el set de Gosford Park, se retiraron las dos mujeres que estaban invitadas: Jerry Hall, la modelo con récord de actriz, y Cherie Blair, la mujer del primer ministro y ocasional cantante de los Rumores Horrendos, como lo demostró cuando cantó una pavorosa versión de When I’m Sixty Four de los Beatles, durante una gira de su marido por Oriente. El primer ministro decidió que iba a quedarse a la sobremesa con Dave Stewart y con Robert Altman, the London dude. Hasta entonces la conversación había sido amistosa y distendida, acorde con la costumbre que tiene el primer ministro de coquetear con el mundo artístico (no olvidemos que él mismo es un ugly rumor), pero resulta que entre una copa y otra (aunque quizá fue entre la primera media docena y la segunda) Altman, montado en su prestigio y en el privilegio de tener casi ochenta años, encendió frente al primer ministro un porro digestivo. “Estábamos sentados ahí fumando marihuana y él (Blair) estaba sentado enfrente de mí”, dice Altman, al principio encantado de que el primer ministro ni dijera nada al respecto, ni se levantara y se fuera; pero meses después, cuando ya Blair se había tirado a la barraganería con Bush, rectificó aquella declaración: “Confundí la franqueza con su actitud relajada, se trataba de una pose”.
     Altman, decano director de actores, experto en impostores que se hacen pasar por otros, se reconoce engañado, entiende de golpe la esencia del quehacer del hombre político, que es la del histrión, la del que no es él sino la suma de sus personificaciones, y acaso la de sus rumores horrendos. –