Los lectores perdidos

¿Las publicaciones académicas están perdiendo lectores?
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Me pregunto exactamente a qué época de oro se refiere la gente cuando dice, más o menos, lo siguiente:

“La razón por la que el mundo académico sigue perdiendo contacto con los lectores ordinarios radica, en mi opinión, en el hecho de que cada vez menos académicos pueden escribir de una manera que los lectores educados ordinarios puedan entender”.

La persona que dijo esto fue el escritor y premio Nobel de literatura J. M. Coetzee, pero lo pudo haber dicho cualquiera. Por ejemplo, el entrevistador, que hizo la siguiente pregunta:

“Parece que el mundo académico ha tomado cierta distancia crítica respecto a la narrativa contemporánea. ¿Le parece que el mundo académico se ha demorado en incorporar la obra de autores vivos en sus estudios y en aproximarse a ellas con la misma seriedad que les dedican a los clásicos?”

No voy a pretender que conozco el mundo académico colombiano y, en particular, de Bogotá, donde se publicó esta entrevista, pero tampoco seguiré el ejemplo del periodista y el escritor que hablan del “mundo académico” como si fuera uno solo, como si en esas dos palabras se pudieran arrinconar el total de las prácticas y las políticas de los profesores e investigadores universitarios dedicados a la literatura.

La idea de que los textos académicos tienen que llegar e influir en los lectores no es nueva. Coetzee los llama “lectores ordinarios”, pero hay quien prefiere llamarlos “lectores de a pie”, “lectores no especializados”, “lectores comunes” y cualquier otro calificativo que asegure y mantenga las jerarquías. Se trata, en todo caso, de criticar el corto alcance de este tipo de publicaciones y de culpar por ello a los mismos académicos. La razón, usualmente, tiene que ver con estilo: que escriben mal, que no se preocupan por el público, que no se entiende.

Lo curioso es que esta tendencia anti-intelectual ataca con menos frecuencia el discurso científico. Nadie dice: “oye, esos físicos deberían preocuparse más por escribir para el lector ordinario”, y si alguien lo dice, esa opinión llega con menos frecuencia a los periódicos. Con los estudios literarios sí sucede sin que nadie aclare cuándo y dónde es que la masa de “lectores educados” se dedicó a leer textos académicos; cuándo exactamente la academia “se distanció” de esos lectores; por qué motivos sucedió el cisma.

Me parece normal que como sociedad no sepamos ubicar el lugar del académico si ni siquiera somos capaces de ubicar el lugar que el escritor –y ya entrados, la literatura– ocupa actualmente. La mayoría de los malentendidos sucede, sin embargo, cuando se mezclan ignorancia y prejuicios. Cuando se habla comúnmente de “los académicos” nadie piensa en Auerbarch o en Said o en Spivak, sino en un arquetipo que, al menos en México, se dedicó durante mucho tiempo a reciclar las teorías estructuralistas y a hablar mal de todo lo que no había leído o no entendía.

“¡Hay teóricos que dicen que ni siquiera hace falta literatura para hacer teoría!”, decía uno de mis profesores, con una mezcla de miedo, incomprensión y desdén. A principios del año 2000, en la universidad, la clase de teoría literaria terminaba con Derrida, si había suerte. Los trabajos de final de curso tenían títulos parecidos a “El espacio en Pedro Páramo”, “Los narradores en Rulfo”, “El punto de vista en El llano en llamas” y todos éramos felices.

Si algo ha cambiado desde entonces es gracias al lento relevo generacional en la planta de profesores, a la facilidad con que internet permite que las publicaciones circulen y a un genuino interés por no atascarse en la propia área de especialidad: “yo sólo leo cosas de mi siglo”, me dijo una vez una profesora de literatura del siglo XVIII. Pero no, seguimos hablando de “los académicos” como esos entes avejentados que no saben más que el camino de su casa a la biblioteca.

La percepción de que la academia y el público no se llevan bien en buena parte de ideales que no corresponden con la realidad. ¿A qué público se refieren estos comentarios? ¿Hay una sola clase de público? ¿Exactamente quiénes son esos lectores que están interesados en leer lo que se publica en la academia pero por desgracia no entienden nada de lo que se publica en la academia? Pero además de estas generalizaciones, también está la pretensión de que las publicaciones académicas deberían regirse por los mismas directrices que las publicaciones literarias, es decir, que deberían someterse al mercado.

Los académicos no escriben para vender, sino para que el conjunto de lo que conocemos como historia literaria, crítica literaria y teoría literaria pueda seguirse escribiendo. La fugacidad o la caducidad o la supuesta inutilidad de ciertas publicaciones tiene que ver con esto: muchas veces sucede que un libro, luego de los años, termina su vida como referencia en nota a pie. ¿Pero no pasa eso con la mayoría de las novelas que se publican? Es verdad que las leyes del mercado están donde sea, y que los sistemas de investigación actuales obligan a que exista una producción en serie que condena muchas publicaciones académicas a morir ni siquiera como una nota a pie en trabajo ajeno, sino como un renglón en el propio currículo que sólo un dictaminador va a leer. Pero, de nuevo, ¿no pasa esto también con los suplementos y revistas literarias, no pasa con los blogs?

Un profesor universitario escribe un artículo porque tiene algo que decir, independientemente de que eso sea relevante o atractivo para unas cuantas personas en el planeta. Esto ha derivado en el lugar común de que los académicos escriben mal porque importa más lo que dicen que cómo lo dicen. La respuesta más sincera para esto es que cada quien escribe como puede y no como quisiera o como le gustaría. Lo mismo se puede decir de los escritores y, en general, de todo el mundo.

No sería equivocado, luego de todo esto, afirmar que los académicos escriben en primer lugar para sí mismos, pero esto puede derivar en un vicio, quizá el peor, muy frecuente en la universidad: el egoísmo intelectual, que consiste en suponer que uno trabaja únicamente para generar y construir conocimiento, sin que eso implique obligaciones con respecto a la comunidad universitaria y a la sociedad en general. Hay quien dirá que la relación entre el mundo y una especialista en literatura colonial, por ejemplo, es cuando menos difusa. Y sí, puede ser, pero lo que no hay que olvidar es que tanto en la Colonia como en la actualidad el hecho de escribir no es un acto aislado, sino que tiene implicaciones estéticas, políticas y éticas.

Si el académico reconoce la existencia de los otros, tanto en lo que lee como en lo que vive, no importa qué tan ajeno parezca su tema pues éste siempre será parte del mundo. La circulación de su trabajo es reducida, pero el problema no es que poca gente se acerca a las revistas o libros académicos –prejuicio que fácilmente se elimina si consideramos a todos los estudiantes y profesores universitarios como público habitual– , sino que en general poca gente se acerca a las bibliotecas, casa natural de estas publicaciones.

Aunque más de alguno quisiera, la tarea principal de los académicos no es fomentar la lectura ni promocionar escritores o editoriales, sino enseñar literatura y hacer investigación. La presencia cada vez más constante de académicos en revistas de divulgación es muestra de que tampoco son tareas opuestas. No hay razón para pensar que el mundo académico “sigue perdiendo lectores” más que la prepotencia de pensar que si uno no lee algo es porque nadie más lo lee. 

 

 

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