Manuel Payno esquina con José Tomás de Cuéllar

Las biografías de los escritores costumbristas del siglo XIX mexicano, suelen ofrecer su propio cuadro de costumbres. Requisito indispensable era nacer y crecer bajo el signo de alguna lucha política aunque, a decir verdad, en el siglo diecinueve esto tampoco fuera demasiado excepcional.
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¿Quién conoce los nombres que camina?

 

El bicentenario que unánime e inequívocamente celebramos el año pasado no hubiera sido posible sin los escritores costumbristas del siglo diecinueve. Pluma en mano, se dieron a la tarea más o menos explícita de inventar la sociedad al mismo tiempo que la describían. Lo que es más, se inventaron formas de sentir y estar en el mundo, dotando al ser mexicano de una cualidad moral que lo define. Casi todo lo que reconocemos como “mexicano” se cuaja en este periodo, hasta la manera de hacernos brutos en política. Lo demás son medidas de distancia en relación a lo que se supone que somos, o medidas de nostalgia por lo que alguna vez fuimos. En efecto, como dice el viejo y conocido refrán: de chinas, léperos y chinacos, nuestra identidad se come un taco. Caramba, hasta Monsiváis lo dijo, así es que debe ser cierto.

Las biografías de los escritores costumbristas del siglo XIX mexicano, suelen ofrecer su propio cuadro de costumbres. Requisito indispensable era nacer y crecer bajo el signo de alguna lucha política aunque, a decir verdad, en el siglo diecinueve esto tampoco fuera demasiado excepcional. Por fuerza había que tener aptitudes artísticas de algún tipo que luego se ven coartadas por otra lucha política o invasión. Era preciso ocupar un cargo de alguna dependencia o comercio oscuro. Si se podía se optaba por viajar a Europa cotejando identidades. Una vez de regreso a México, era menester fungir como ministro de estado. Luego era fuerza participar en una revuelta y, de ser posible, ser llevado preso o forzado al exilio. Durante todo este tiempo se escribe frenéticamente en el Museo Mexicano, El Siglo XIX y El Federalista, entre muchos otros. Una vez restablecido el orden, resultaba necesario reincorporarse a algún ministerio o servir como diputado. Era entonces que se escribía la obra más importante. Se moría apaciblemente en un bien merecido retiro. No sobra señalar que la longevidad también era importante.

Este cuadro, con todas sus variaciones, se puede comprobar fácilmente. Manuel Payno, por ejemplo, nace en la ciudad de México en 1810. Cultivó la poesía desde temprana edad pero la abandona al terminar sus estudios. Trabaja como meritorio de la Aduana de la ciudad. Nombrado teniente coronel, pasa al Ministerio de Guerra y luego a la administración del Estanco de Tabacos. Con Santa Anna comienza su carrera diplomática, viajando a Europa, pero también a Nueva York y Filadelfia para estudiar el sistema penitenciario. Combate la invasión norteamericana y funda el servicio secreto de correos entre México y Veracruz. Luego se vuelve un poco viracasacas: funge como Ministro de Hacienda para José Joaquín de Herrera; huye perseguido por Santa Anna; funge como Ministro de Hacienda de Comonfort hasta que participa en el golpe de estado de 1857.

Arrestado por conspiración en 1863, al restaurarse la república cumple como diputado y luego senador por varios períodos. Con Manuel González retoma su carrera diplomática y vuelve a Europa. Díganme ustedes si no es asombroso que entre todo esto escribió lo que ahora son varios volúmenes de cuadros, cuentos, crónicas de viaje y otras narraciones. Además publicó las novelas El fistol del diablo (1845-6) y El hombre de la situación (1861). Como cónsul general en España, bajo el seudónimo, “Un ingenio de la corte”, escribe Los bandidos de Río Frío, obra maestra del costumbrismo mexicano que dibuja todos los estratos sociales de la primera mitad del siglo. Regresa a México para morir apaciblemente en San Ángel en 1894.

La vida de José Tomás de Cuéllar, si bien no fue tan atolondrada como la de Payno, también cumple con las características fundamentales para ser un escritor costumbrista. Nace en 1830, recién repelida la penúltima fuerza intervencionista española y a punto de materializarse el expansionismo norteamericano. Estudió en los mejores colegios, San Gregorio y San Idelfonso. En la Academia de San Carlos persiguió su primera pasión, tomando algunos cursos de pintura. Mientras era alumno del Colegio Militar, combatió el asalto norteamericano al Castillo de Chapultepec en 1847. Ejerció varios cargos diplomáticos llegando a ser subsecretario de Relaciones Exteriores. Viajó por Europa, claro está. Perteneció a las principales asociaciones literarias de la época, incluyendo el Liceo Mexicano, fundado por él mismo, así como a la Academia Mexicana de la Lengua. Empezando en la década de los 50’s, vio nueve de sus obras de teatro representadas con éxito en el Teatro Nacional y en el Teatro Iturbide, entre otros. También fundó, en San Luis Potosí, el semanario La Ilustración Potosina (1869-70), donde publica sus primeras novelas, la histórica El Pecado del Siglo y Ensalada de Pollos. Bajo el pseudónimo, Facundo, con Ensalada… inicia su serie de novelas La Linterna Mágica, rindiendo homenaje a su afición por el incipiente arte fotográfico. Por la serie se pasean los más coloridos tipos, iluminando las costumbres de la creciente clase media: lagartijos, pollos, coquetas, figurantes, fuereños… Se exilió alrededor de diez años en Estados Unidos. Los últimos volúmenes de la serie de la Linterna Mágica se publican en España entre 1889 y 1892. Como Payno, muere en 1894.

Las costumbres del escritor costumbrista decimonónico, como se puede ver, son bastante rigurosas e identificables. Altamirano, Prieto, Riva Palacio, Ignacio Ramírez, Niceto de Zamacois, Pantaleón Tovar, et al, todos pasarían la prueba. Se les podría exigir carnet de identidad. ¿Qué opinarían de los escritores de ahora? ¿Se aficionarían por la narco-novela? ¿Acudirían al teatro a ver mega-producciones de malas adaptaciones de obras de otros mundos? ¿Nos considerarían poetillas burguesamente resignados e institucionalizados? Payno y Cuéllar forman una esquina de la Colonia Obrera. Ahí se encuentran como seguramente alguna vez lo hicieran en el Café de Veroly en las antiguas calles de Coliseo y Coliseo Viejo. Hace unos días, al ver pasar a un joven escritor, Payno le dijo a Cuéllar:

–Facundo, ese muchacho me recuerda al cuadro del Poetastro, del viejo Hilarión Frías, en Los mexicanos pintados por sí mismos: “su vista es más que de lince, los cien ojos de Argos no vieron ni la milésima parte de lo que ven las venturosas pupilas del poeta chabacano.”

–Sin duda, Don Manuel, se ve que nació “al borde de la tumba de un malvado”.

Y rieron estrepitosamente, pero no sin un poco de tristeza.

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