Personas y sus gestos

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A propósito de Tierra de faraones, su único film “histórico”, en toda su carrera, el director Howard Hawks contaba que no sabía “reconstruir” con los actores los gestos cotidianos de los egipcios antiguos. Y es que hay una infinitud de gestos individuales y comunes en todas las sociedades, nacionalidades y culturas de las muchas ya fechadas y fichadas por la Historia. Si la fotografia y el cine hubieran existido desde tiempos prehistóricos comprobaríamos que si un hombre de nuestro siglo o del siglo pasado alza la mano ante sus ojos para ver la hora en el reloj de pulso, ese gesto en los anteriores siglos no lo hicieron los hombres; o sabríamos de modo preciso que una dancing girl de Hollywood que simula bailar como una bacante en una películas de la “antigüedad” de cómo lo hacian sus dizque modelos in illo tempore. En cambio, el gesto de El Pensador tal como en bronce lo inmortalizó Rodin: un hombre desnudo y sentado, con el codo en una rodilla y el mentón en una mano, quizá existe desde que uno de nuestros primeros ancestros sentó a emprender el tal vez subversivo (en aquellos tiempos) ejercicio de la meditación. Si hubo millones y millones de personas completamente anónimas y transitorias, que pasaron y fueron desdeñadas por los historiadores como meras “lágrimas en la lluvia”, tampoco sabemos de la gestualidad real de personajazos, personajes y peronajitos de la Historia. ¿Cómo se movían, cómo miraban, cómo andaban Sócrates o Jesucristo o Alejandro o Cortés o Napoleón o Cuauhtémoc o don Miguel Hidalgo o el doctor Johnson…? ¿Y que tal actuaba realmente Garrick? ¿Era superior a Laurence Olivier?

No conozco tratados o historias de la gestualidad humana, pero sabemos de intentos de artistas y fotógrafos y escritores, que han intentado captar, fijar y comunicar los grandes o pequeños gestos de seres reales o imaginarios.

En el orden en que vienen a mi memoria van algunos ejemplos de las literaturas y las artes:

El poeta Garcilaso ve un gesto de la amada como si fuese un trazo de escritura y dice en un soneto: “Escrito está en mi alma vuestro gesto/ y cuanto escribir de vos deseo,/ vos sola los escribísteis, yo lo leo/ tan solo, que aun de vos me guardo en esto”.

El físico y filósofo Lichtenberg, que registró sesenta y dos maneras de apoyar la cabeza en la mano, describe con minucia y agudeza un gesto del célebre Garrick que en 1775 representaba a Hamlet en un teatro de Londres: “Solemnemente mira de lado hacia el suelo y luego retira del mentón la mano derecha (pero, si recuerdo bien el brazo derecho continúa apoyado en el izquierdo) y pronuncia las palabras To be or not to be en voz muy baja, pero, en razón del gran silencio del público, es oído por todos.”

Manuel Machado, también en un soneto, destaca el gesto místico y elegante de un hidalgo español anónimo pero situado en la fama por el pincel del Greco: “en un gesto piadoso y noble, y grave,/ la mano abierta sobre el pecho pone,/ como una disciplina, el caballero”.

En un bonito ensayo de su libro Cornucopia de México José Moreno Villa describe y dibuja, contrastándolos, diferentes gestos cotidianos de españoles y mexicanos: el gesto para indicar estaturas según se trate de hombre, animal o cosa, el de sugerir dinero o una cantidad de tiempo (el “tantito” y el “orita”), etcétera, y dice así de los gestos de agradecimiento: “Cuando el español quiere agradecer algo, pronuncia las gracias acompañándolas con un asentimiento de la cabeza. En cambio, el mexicano que agradece un cigarrillo, por ejemplo, no tiene más que levantar la mano abierta, darle un giro de un cuarto de círculo y afirmar esta postura”.

Y…

Para no concluir este artículo sólo transcribiendo momentos de otros, me permito, lector, ofrecer dos recuerdos míos:

En una tarde de 1972, en que yo, en Santander (España), sentado en una banca del malecón, contemplaba la hermosa bahía, un viejo, al verme hacer con la cera de un cerillo encendido una boquilla en el extremo de un cigarrillo, se acercó a preguntarme si yo era hijo de Jenaro de la Colina, y, ante mi asombro y mi pregunta de cómo había atinado, se explicó: “Es que además del gran parecido que tiene usted con él, me acuerdo de cuando estábamos en el frente republicano durante la guerra civil y él hacía eso de poner con la cerilla una boquilla a los cigarrillos.” (Qué problema escribir esto, en prosa, con esas reincidentes rimas: illa, illo.)

Y, anteriormente, en el verano de 1963 y en La Habana, en un flamante restaurante de mariscos que poco después sería la heladería Coppelia, los argentinos Mario Trejo, poeta y globetrotter, Laura Yusén, bailarina y poeta, y María y yo, matrimonio mexicano de economista-arquera y escritor, comemos ruedas de atún (un raro lujo entonces en Cuba, donde, si algo se podía masticar, casi nada se podía comer y mucho menos paladear). Al establecimiento recién inaugurado llegan los comandantes Ernesto Guevara y Raúl y Fidel Castro. Rodeados de miradas y respetuosos cuchicheos, se sientan en una mesa cercana a nosotros, comen y discuten acerca de la calidad revolucionaria de una película checa o la partida de beisbol que habran jugado en Alamar. Cuando Guevara, desdeñando la servilleta de papel, se limpia los labios con la manga del uniforme (un gesto tal vez adquirido durante la guerrilla en Sierra Maestra), Laura, bella y fina bonaerense bien educada a quien acaso avergüenza ese ordinario gesto en un compatriota, le susurra a Trejo:

—Y… ¡pero mirá a Guevara, qué modales!

—Y bueno, che, Laurita, perdoná —contrasusurra Mario—, pero tenés que saber que un revolucionario lo es en todo, hasta en los modales después de los “alimentos terrestres”, que diría André Gide.

Milenio Diario, domingo 31 de agosto de 2008

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