Pésame para Javier Sicilia

Pasmo y dolor ante la noticia del asesinato del hijo de Javier Sicilia
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Javier Sicilia es uno de nuestros más grandes poetas. Su obra está inspirada en su fe: ha buscado a Dios en cada verso, ha buscado a Dios en cada cosa. Hace más de veinte años iba cada semana a trabajar en el taller de poesía que él impartía en el Palacio de Minería. Ahí nos encontrábamos, entre otros, Josué Ramírez, Armando González Torres y César Benítez. Nuestro maestro se convirtió en nuestro amigo: no solo nos enseñó a entender la estructura rítmica del verso sino a hacer de la poesía nuestra manera de mirar el mundo. Javier es un convencido del poder social de la convicción y de la no violencia, su fe no solo lo acompaña en la intimidad, le sirve también para incorporarse a las luchas de los indígenas, para resistir la destrucción de la naturaleza y la belleza a manos de la usura y la codicia. Hace tiempo que comparte su oficio literario con el ensayo crítico y social. Ayer le mataron a su hijo Juan Francisco en Cuernavaca. Los que lo mataron usaron su crimen para enviar un mensaje al ejército, pero nos lo enviaron a todos nosotros: los asesinos nos confirmaron su miseria, su estupidez, su vacío, su sinsentido. Los asesinos nos confirmaron que frente a su odio el Estado solo muestra su incapacidad cuando no su complicidad.

 

Recibo esta noticia con estupor, despierto de la insensibilidad que me adormece frente a la cascada de crímenes que azota a nuestro país. Quiero consolarme pensando en el poder de la fe que le conozco a mi maestro Javier, una fe de la que yo soy huérfano. Quiero creer que las enseñanzas de Javier terminaran por vencer las tinieblas que cubren nuestra patria, que a través del amor, la verdad, el valor y la no violencia derrotaremos a los sicarios del odio y a los siniestros que los solapan y alimentan.

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