Proust y el sueño de la ciencia: una hipótesis

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La única mención del Marqués D’Hervey de Saint-Denys que se encuentra en las páginas de En busca del tiempo perdido está en un diálogo del Duque de Guermantes con su hermano, el Barón de Charlus:

Y todavía veo el antiguo jarrón de porcelana que te trajo Hervey de Saint-Denys. Estabas tan apasionado con ese país que nos amenazabas con ir a pasar tu vida definitivamente en China. (Sodoma y Gomorra)

Se trata aquí del Hervey sinólogo –¡un sinólogo que nunca estuvo en China!1– que gozó en esa época de un gran renombre que lo condujo al Colegio de Francia y a la Academia de Inscripciones y Bellas Letras. La otra vertiente del personaje, la que ha hecho su celebridad entre los neurofisiólogos contemporáneos, la de onirólogo, está ausente de esa novela. No obstante, es muy probable que Marcel Proust haya leído Los sueños y los medios para dirigirlos / Observaciones prácticas, que el Marqués publicó en 1867, de manera anónima, en la editorial Amyot, y que obtuvo de esa obra un gran provecho para la elaboración de uno de los temas centrales de la suya propia.

La figura de Léon d’Hervey de Saint-Denys ha resucitado en nuestros días gracias al interés de los especialistas de la neurofisiología y a la reciente reedición de su trabajo original. Un distinguido investigador en este campo, J. Allan Hobson, lo ha calificado nada menos que como “el más grande de los autoexperimentadores de la historia de la investigación sobre el sueño y los sueños”. La publicación de ese libro largo tiempo inaccesible estuvo acompañada, por feliz idea de sus editores y redescubridores, por una serie de estudios biográficos y analíticos sobre Hervey de Saint-Denys en un segundo volumen paralelo del mismo sello editorial. En el capítulo dedicado a su vida se describe que el marqués onirólogo había dedicado así un ejemplar de su libro: “Al conde Robert de Montesquiou. Homenaje del autor Anónimo.”

¿Fue el ejemplar de Los sueños y los medios para dirigirlos que el autor dedicó a Montesquiou el que leyó Proust por su consejo? ¿O fue el ejemplar que debía encontrarse sin duda alguna en la biblioteca del eminente doctor Adrien Proust quien tenía una gran curiosidad por las obras relativas a la actividad psíquica y sus trastornos? En todo caso, este libro debió de ser una lectura imprescindible para un escritor cuyo interés por el mundo del sueño y de los sueños, por los procesos del adormecimiento y del despertar, se manifestó en varias ocasiones de una manera tan original a lo largo de su obra literaria:

Si yo me había interesado tanto en los sueños que se tienen durante el sueño, ¿no sería porque, al compensar la duración con la potencia, nos ayudan a comprender mejor lo que tienen de subjetivo? […] Y más aún, fue tal vez también por el juego formidable que hace con el Tiempo por lo que el Soñar me habían fascinado. (El tiempo recobrado)

Las descripciones literarias de la actividad hípnica y de la vida onírica alcanzan en Proust el nivel de verdaderas descripciones fisiológicas, como lo reconoció, entre otros, el célebre neurólogo marsellés Henri Gastaut: “Proust, para quien los componentes activos del sueño no tenían ningún secreto […] describió magníficamente la ilusión (rêverie) y la ensoñación (rêvasserie) hipnagógicas”. Mireille Naturel, una de las más reconocidas estudiosas de la obra proustiana, por su lado, ha escrito recientemente: “Del durmiente despertado al escritor modelo que desaparece, los momentos clave de En busca del tiempo perdido están marcados por el sello del sueño y de los sueños. Desde el sueño proyección en el mundo de la realización fantasmática hasta el sueño mórbido.” Esta especialista acepta, tras señalar que la primera traducción francesa de La interpretación de los sueños apareció cuatro años después de la muerte del novelista, que “Proust pudo igualmente haber leído otras obras de psiquiatría que se interesaran por los sueños, anteriores a las de Freud”. Luc Fraisse, por su lado, ha descrito de qué manera “el relato onírico nutre en primer lugar el proyecto antirrealista que sostiene la estética del Proust novelista” y cómo “el universo del relato del sueño se aproxima al relato de un universo novelado”. En su artículo, este autor encuentra un paralelismo entre el personaje “que se despierta, sin saber si está en Combray, en Balbec, en Doncières o en Tansonville en casa de Madame de Saint-Loup” (A la sombra de las muchachas en flor, I) y un caso clínico presentado por Ribot en Las enfermedades de la personalidad, mostrando con ello que Proust era un lector de obras médicas de temática psicológica. De hecho, como se ha señalado muchas veces, abundan a lo largo de En busca del tiempo perdido las referencias de índole médica que se explican por el ambiente familiar que envolvió al novelista (su padre fue un destacado epidemiólogo y especialista de la salud pública, en tanto que su hermano Robert fue un reconocido cirujano), pero no es hasta más recientemente cuando se ha reconocido que ese monumento de la literatura posee al mismo tiempo un carácter verdaderamente científico. Michel Pierssens ha propuesto incluso que existe una “epistemología proustiana”. Más recientemente, Edward Bizub ha mostrado, en Proust et le moi divisé, el profundo conocimiento que tenía de la bibliografía médica y psicológica de su tiempo, y la influencia de algunos estudios de psicología experimental (Jean-Martin Charcot, Pierre Janet, Alfred Binet, Théodule Ribot, el propio Adrien Proust) en la génesis de la estructura de la obra y en la construcción del muy complejo concepto del “otro Yo”.

La reedición del libro de Hervey de Saint-Denys ha permitido al mismo tiempo conocer la obra olvidada (Freud no la conoció) de un autor del que J. Allan Hobson ha señalado su extrema originalidad, y descubrir una posible influencia de ésta sobre el novelista. En sus obras, el neurofisiólogo estadounidense se ha empeñado en demostrar, uno a uno, los errores de la teoría freudiana de los sueños y lo absurdo de su interpretación a la luz de la neurociencia contemporánea. Su empresa, empero, no ha sido aún tomada en cuenta por la crítica literaria que, en los albores del siglo XXI, continúa imbuida de una teoría del siglo XIX en lo que concierne a su enfoque del sueño y de los sueños. La hipótesis de una influencia de Hervey de Saint-Denys sobre la obra proustiana (virgen de toda influencia freudiana), en este campo particular, permitiría subrayar una vez más el carácter verdaderamente científico de sus observaciones.

Dice Betty Schwartz, su biógrafa: “D’Hervey era un investigador y un traductor, no un novelista o un creador”, lo que es cierto. No obstante, no es descabellado proponer que brindó algunos elementos sólidos para el andamiaje que sirvió a la construcción de esa magnífica “catedral de papel” –como la calificó Cocteau. En lo que concierne a En busca del tiempo perdido, tal vez Los sueños y los medios para dirigirlos, del marqués onirólogo, se deba considerar de ahora en adelante una de las lápidas funerarias (y no de las menores) de ese “gran cementerio en el que sobre la mayor parte de las tumbas ya no se pueden leer los nombres borrados” que son los libros (El tiempo recuperado). ~