Recetas revolucionarias

Daniel Gascón hace una minuciosa disección del último bestseller escrito para mover a la acción a las buenas conciencias.
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La historia es casi demasiado buena: a los 93 años, Stéphane Hessel, hijo de la pareja que inspiró Jules et Jim, excombatiente de la Resistencia francesa y colaborador en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publica en una editorial pequeña un libro que anima a los jóvenes a una rebelión no violenta. El volumen, ¡Indignaos!, vende casi un millón de ejemplares en Francia y se traduce rápidamente a varios idiomas.

En España lo ha publicado Destino. Como no tenemos venerables veteranos de la Resistencia, la editorial recurrió al equivalente patrio para el prólogo: un señor con barba blanca. En este caso se trata de José Luis Sampedro, que además es un telonero ideal, porque cualquier texto parece inteligente al lado de los suyos. Para calentar motores, Sampedro se pregunta: “Pero ¿de verdad estamos en una democracia?”. La respuesta implícita es no, aunque, por regla general, esa pregunta solo se puede hacer –y publicar– en una democracia. Sampedro explica la tesis del libro: “De la indignación nació la resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados”. Esa equivalencia es un poco exagerada, y la denuncia del mercado sorprende en un libro que publica un gran grupo editorial y se traduce porque ha tenido un espectacular éxito de ventas.

El panfleto (60 páginas con letra grande, contando el prólogo, las notas y una biografía del autor) es un catálogo de lugares comunes y buenas intenciones, salpicado de observaciones levemente siniestras. En parte es extraño su éxito en el extranjero, porque se basa en una mitología del nacionalismo francés. Hessel fundamenta su discurso en su lucha contra el nazismo. Propone recuperar el espíritu del programa económico del Consejo Nacional de la Resistencia, que postulaba la nacionalización de la banca, los seguros, las fuentes de energía y las grandes empresas. Con alguna exageración y alguna omisión, Hessel explica que a ese espíritu, que también defendía la libertad de prensa, los franceses le deben la Seguridad Social y la educación igualitaria, y todos le debemos la universalidad de los Derechos Humanos.

Las conquistas de la Resistencia y de su edad de oro se desvanecen: Hessel no pierde el tiempo en preguntarse, por ejemplo, si el envejecimiento de la población supone un problema para las pensiones; todos los cambios se deben a la voracidad del capitalismo. Pero la indignación fue el elemento desencadenante de la Resistencia y sus efectos, y Hessel urge a los “jóvenes” a recordarlo y tomar “el relevo”: “Los responsables políticos, económicos, intelectuales y el conjunto de la sociedad no pueden claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados que amenazan la paz y la democracia”.

Sobran los motivos para indignarse y Hessel nos anima a que elijamos el nuestro. A él lo que más le indigna es “Palestina, la franja de Gaza, Cisjordania”. De su visita a la franja bloqueada, son

el comportamiento de los gazatíes, su patriotismo, su amor por el mar y las playas, su constante preocupación por el bienestar de sus hijos, innumerables y risueños, lo que permanece en nuestra memoria. Nos impresionó su ingeniosa manera de hacer frente a todas las penurias que les son impuestas.

Me alegro de que los gazatíes quieran a sus hijos y disfruten con las playas, pero no sé si las mujeres tendrían tantos hijos si pudiera elegir, y estoy seguro de que las playas serían más agradables sin las restricciones sobre la vestimenta y la mezcla de sexos que imponen los islamistas. Al margen de los errores factuales (como decir que no hubo muertos israelíes en la Guerra de Gaza), algunas frases parecen una montaña rusa de la justificación:

Lo sé, Hamás, que ganó las últimas elecciones legislativas, no ha podido evitar que se lancen cohetes a los pueblos israelíes en respuesta a la situación de aislamiento y bloqueo en la que se encuentran los gazatíes.

Si pensáramos en los actos o los estatutos de Hamás, podríamos dudar de sus esfuerzos por evitar los ataques. Sin embargo, a partir de las palabras de Hessel, uno creería que Hamás, a quien la Unión Europea considera una organización terrorista, es una fuerza pacífica. El autor continúa:

Evidentemente, pienso que el terrorismo es inaceptable, pero hay que admitir que, cuando un pueblo está ocupado con medios infinitamente superiores, la reacción popular no puede ser únicamente no violenta.

Hessel recurre a Sartre para matizar que “no podemos excusar a los terroristas, podemos comprenderlos”, pero desaconseja la violencia porque no es eficaz. Esa observación, asegura, es “harto más relevante que saber si se debe condenar o no a quienes se entregan a ella”. Prefiero que recomiende la no-violencia, pero el argumento de la utilidad no me parece el único o el más importante. Tampoco estoy de acuerdo cuando, hablando en términos generales, dice: “hay que llegar a una negociación que haga desaparecer la opresión: eso es lo que permitirá que no haya violencia terrorista”. Cuando empecé a leer el libro iba en metro hacia la estación de Atocha, donde unos terroristas no oprimidos mataron a 191 personas. Y a unos metros de donde escribo este post, un terrorista no oprimido asesinó a Manuel Giménez Abad.

Como Hessel, pienso que la indiferencia es peligrosa, y creo en el poder de la indignación y en la importancia de la participación ciudadana en la política. Es una lástima que ¡Indignaos! no tenga un buen análisis ni propuestas concretas, y sea una lista de tópicos para una izquierda difusa, relativista y sentimental, que todavía encuentra inspiración en eslóganes tan bobos como el que cierra el libro: “CREAR ES RESISTIR. RESISTIR ES CREAR”.

          

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