Relumbres de la India

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Algo bastante obsceno hay en el impulso de querer comentar los hechos de sangre ocurridos en Bombay. No son solamente lamentables: son deleznables y las bestias salvajes que los perpetraron no merecen siquiera medio segundo de atención. El asunto se parece un poco o mucho al alegato que hacía Susan Sontag en Regarding the Pain of Others acerca de la pertinencia de mirar la fotografía de una víctima de la tortura o la guerra y seguir como si nada pasara —que es lo que normalmente termina por ocurrir. ¿Entonces —me va a preguntar algún cabecita hueca aduciendo las mejores intenciones— cómo le vas a hacer para “entender”, o mejor aún, para “contextualizar” la “problemática actual” de la India y su perenne conflicto con Pakistán? Pregúntenle a los familiares de las víctimas, una mexicana incluida, o al niño de dos años que se quedó sin padres en el centro judío Nariman; vayan y pregunten ustedes acerca de lo mucho que queda por entender en toda esta historia y obtendrán respuesta: nada.

Uno podría pasarse semanas discutiendo las raíces del conflicto, la sombra del ex-presidente Musharraf y los motivos del grupo Lashkar-e-Taiba, “el ejército de los piadosos”, para cometer la reciente barbarie en Bombay, sus efectos en la política y las élites de la India. Hasta aquí llega el hedor de los profesorales párrafos de los expertos y los rumores prosaicos de mil analistas políticos que viven de contextualizar y eructar frasecitas que comienzan con un glorioso y casi nunca escuchado “en ese sentido…”. Mientras esta navidad sigan sonando las apocalípticas trompetas de posibles atentados suicidas en los sistemas de transporte público de ciudades como Nueva York o Chicago, yo, como se dice en este tipo de situaciones, en lo personal prefiero que las razones y motivos de los bárbaros, todo ello, sea discutido sobre todo al interior de los servicios de inteligencia. Yo, un ciudadano de a pie, lo único que sé es que soy tan “islamismo-fóbico” como Martin Amis en su controversial libro The Second Plane (atención: “islamófobo” significa aquí otra cosa completamente distinta, el tipo de cosa que sólo entienden quienes asesinan en nombre del fascismo religioso).

También sé otra cosa: mientras los funcionarios encargados de combatir el narcoterrorismo en México peroraban en una jerga patéticamente burocrática acerca de los recientes avances alcanzados en “la materia”, por ejemplo descubrir que entre nosotros la mitad de los policías apenas sirve para un carajo (por ejemplo, para extorsionarte en cualquier semáforo a costa de tus propios impuestos: ¿cuánto me costó, por cierto, que en cien días los genios de la seguridad pública se exprimieran el seso para llegar a semejante conclusión?); mientras todo eso ocurría, en la India, una vez reducidos a polvo los verdugos de Bombay, el ministro del Interior, Shivrraj Patil, se declaró “culpable moral” del asesinato de casi 200 personas y renunció a su cargo.

– Bruno H. Piché

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