Resaca electoral: Pequeñas charlas

Nos conozcamos o no, cualquier silencio nos incomoda. Así, un viaje en taxi o la espera en la fila para llevar a cabo un trámite son ocasión para hablar del clima, “la crisis” o de política.
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En la ciudad de México somos parlanchines. Nos conozcamos o no, cualquier silencio nos incomoda. Así, un viaje en taxi, una visita al salón de belleza o la espera en la fila para llevar a cabo un trámite son ocasión para hablar del clima, el tránsito, la situación económica (“la crisis”) o de política.

Hace más de seis años recuerdo muy bien esas pequeñas charlas relacionadas con el desafuero y los intentos de bloquear a Andrés Manuel López Obrador rumbo a la Presidencia. Al año siguiente, el cierre de Reforma y las explicaciones sobre el algoritmo del PREP se volvieron el pan de cada día de los taxistas. Debo confesar que desde entonces, adquirí un gusto particular por propiciar estas charlas, pues además de entretenidas sirven para ilustrar el imaginario político del mexicano. Pero aclaro: nunca me he contado entre aquéllos que dan por hecho que la plática con el taxista equivale a medirle el pulso al ciudadano de a pie

Este año el escenario se repitió y, desde las precampañas, la política se convirtió en el tema que mataba los silencios. Como de costumbre, se podían escuchar críticas, sospechas y muestras de apoyo hacia todos los candidatos. Poco antes del segundo debate un cerrajero fue a mi casa a cambiar un par de chapas. Mientras desmontaba la primera chapa curioseaba con la mirada y sus ojos se encontraron con un letrero que decía: die Küche (La cocina). Corroboró que el idioma fuera alemán y me dijo que él tomaba clases por YouTube porque admiraba mucho a los alemanes y algún día quería visitar su país. Sin decir agua va se arrancó con una perorata antisemita sobre el control internacional de la banca. Al ver mi cara de perplejidad soltó una no sé si una pregunta o una amenaza: ¿eres projudía o antijudía? Contesté que no sabía que significaba para él una cosa o la otra, y que en todo caso no me consideraba ninguna de las dos. Para cuando desmontaba la segunda chapa la charla se encaminó hacia la política nacional: ¿Por quién vas a votar? Preguntó. Respondí con cautela: Voy a anular mi voto.  Él me vio con cierta lástima y me dijo que eso era regalar mi voto al gobierno, que todos los votos “blancos” los contaban para el PAN. Intenté explicarle que también se podía anular tachando toda la boleta y que no había forma de sustituir o manipular ese voto. Pero a él “ya le habían asegurado” que así lo hacían todo el tiempo y que de esa forma se había orquestado el fraude de 2006. Los votos siempre se pueden alterar, ¿o a poco no sabes?, espetó. Él iba a votar por El Peje y antes de que acabara de decirme “Mi gallo es López Obrador” presencié como el cerrajero se convertía en predicador político. Veinte minutos después terminó su arenga política y acabó de poner mi chapa.

Después de ese día me prometí no iniciar ninguna discusión política con desconocidos hasta que pasara la jornada electoral. Todos los días esquivo las preguntas que me hace el señor del puesto de periódico tratando de averiguar si voy a ir a las marchas anti-Peña. Hace semanas que necesito un plomero pero sigo posponiendo su urgencia con tal de no enfrascarme en otra charla sin fin sobre el desempeño de las campañas y los candidatos. Ojalá los juegos olímpicos sean, en ese sentido, una bocanada de aire fresco y traigan un nuevo pool de temas para discutir.