Sangre sabia

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Cuando se cumplen diez años de su muerte, la publicación de la poesía (casi) completa de Pedro Casariego Córdoba (Madrid, 1955-1993) tiene mucho de “privilegio” o “acto de justicia”, como afirma Esther Ramón en su impecable introducción. Aunque algunos de los libros que componen este volumen vieron la luz en vida del autor, el lector sólo tenía fácil acceso a El hidroavión de K. (Ave del Paraíso, 1994). Se hacía necesario, pues, reunir en un volumen el grueso de su poesía, compuesta no sólo por los libros de “poemas encadenados” que constituyen lo más singular de su obra, sino también por los cerca de cincuenta poemas sueltos que escribió hasta la fecha de su abandono declarado de la escritura. El conjunto, que hace por su poesía lo que otras recopilaciones como Cuadernos amarillo, rojo, verde y azul (Árdora Ediciones, 1998) y Verdades a medias (Espasa Calpe, 1999) hicieron por su trabajo en prosa, pone al alcance del lector uno de los mundos más insólitos y sugestivos de nuestra poesía reciente. Leyendo estas páginas, he recordado más de una vez el juicio de Cernuda según el cual Aleixandre le parecía “un poeta sin tradición”. Como el Aleixandre de Pasión de la tierra, pero de manera más acentuada, Pedro Casariego Córdoba (o Pe Cas Cor, como le gustaba firmar) recrea o inventa una tradición que no sólo se aparta de los patrones generalmente librescos de nuestra poesía, sino que incluso parece impugnar su escala de valores, su horizonte estético. Dice Ángel González en su “Prólogo” que “en ningún momento se atuvo a los modos y las modas que caracterizaron el trabajo de sus contemporáneos”; pero las diferencias van más allá y atañen a su peculiar concepción del acto creador, que es como decir de su actitud vital.
     Pe Cas Cor parece haber sentido con especial intensidad la, digamos, insuficiencia ontológica de la obra de arte. Su afirmación de que “sólo existe el artista interior, sólo se puede ser artista secreto” denota una concepción idealista en la que no hay sitio para el diálogo con los materiales o lenguajes concretos de cada manifestación artística. Mejor dicho, su concepción excluye la idea de diálogo porque se centra, casi exclusivamente, en la de merma: el material (en este caso la palabra) no es más que un soporte incapaz de albergar la pureza y magnificencia del mundo interior del artista. Se escribe, así, por debilidad, por atender a nuestro lado de miseria vanidosa, a sabiendas de que el fruto será siempre una versión degradada del ideal primero; un fruto, además, roído por el tiempo y la condición inestable del lenguaje.
     Debo confesar que la postura de Pe Cas Cor en este asunto me inspira simpatía, pero también el reproche que reservamos a un niño testarudo: el sentimiento de pérdida e insuficiencia es consustancial al trabajo creativo, precisamente porque la obra es un pacto con la materia y su condición imperfecta; pero la idea de pacto conlleva la de diálogo: escribir, por lo pronto, es también dialogar con el lenguaje, suscitarlo y escucharlo, dejar que nos lleve a lugares cuya existencia no sospechábamos. Esto es algo muy presente y muy visible en la poesía de Pe Cas Cor, llena de juegos verbales y ecos sonoros, de reiteraciones y paralelismos, de improvisación y búsqueda, por lo que resulta desconcertante la insistencia del “Manifiesto” en la primacía del arte inmaterial, su concepción desdeñosa del lenguaje como simple soporte y no como instrumento de ganancia. Sin duda lo que el “Manifiesto” intenta decirnos, en línea con el anhelo de absoluto de cierto romanticismo, es que la idea de creación como diálogo con la materia no puede consolarnos de la pérdida primera. La visión original se extravió y cualquier ganancia obtenida por medio del lenguaje no podrá reparar su ausencia. Escribir es tomar ese fracaso como punto de partida, ponerse del lado de la debilidad. Callar, por el contrario, es ser fiel a una visión interior que cifra nuestro destino: “Inventemos un termómetro de audacia; convirtámonos en hombres, aunque sea para desaparecer: os propongo entonar conmigo, sin mí y en silencio, el primer y último canto, el canto de la digna y mortal soberbia”. La atracción del silencio, en este caso, no es sino una variante de la atracción de la muerte: morir evita la corrupción del deseo. Por este motivo, aunque Pe Cas Cor ejerció a conciencia la “debilidad” de la escritura, su abandono de la misma en 1986 (que simbolizó arrinconando su máquina de escribir) no fue menos consciente. Se trataba, finalmente, de obedecer el imperativo de pureza de la visión.
     Lo curioso, y en última instancia lo saludable, es que esta poética idealista se traduce en una poesía de corte vanguardista, afín a cierto cubismo, sin excluir una veta de humor corrosivo que bucea en las distintas manifestaciones de la cultura popular: el cine, la televisión, la literatura de género o el cómic. Los seis libros de “poemas encadenados” que conforman la primera mitad del volumen ensayan una escritura narrativa fragmentada y calidoscópica, casi alucinada, en la que todo parece ocurrir al mismo tiempo y en un solo lugar. Los personajes que transitan por este mundo tienen algo de parodias del cómic futurista o de guerra, con ecos evidentes del melodrama y la novela negra, y sus actos se encadenan con la trivial ligereza de una película de dibujos animados. Algo así sugiere Esther Ramón cuando afirma que en estos libros “personajes muy diversos se entrecruzan en constante actividad, como pequeñas figurillas de colores vivos agitándose en una misma caja cerrada”. La identidad de estas figuras es confusa y ambigua: tan pronto cambian de nombre como mueren y resucitan con otro rostro, o intercambian disfraces con su enemigo, o se desdoblan en su amante, por mencionar algunas de las mil cosas que suceden en estas páginas. El ritmo es frenético y no es fácil ver claro en tanto torbellino. El autor contribuye a la confusión al confesar la suya propia y negarse a detener la acción. El resultado, como ya dije, es un relato asfixiante, en el que todo sucede a la vez y en un solo punto, y cuya violencia gratuita dibuja un mundo de actos sin consecuencias, de absurdos que crecen y se reproducen infinitamente.
     En un artículo escrito a raíz de su muerte, Luisa Castro recordaba que Pedro Casariego Córdoba le había dicho una vez “que no le interesaba nada la poesía de la madurez”. He tenido muy presentes estas palabras al adentrarme en el segundo tramo de este volumen, que reúne los poemas sueltos que fue escribiendo entre 1979 y enero de 1987 y en los que es patente un lirismo más ortodoxo, aunque igualmente afincado en el linaje vanguardista y el gusto por la improvisación. Poemas como “Te resucito” o “Te quiero porque tu corazón es barato” están recorridos más que nunca por el juego verbal, la libertad metafórica y una veta de humor trágico que era su manera de plantar cara al desafuero de la existencia: “Estoy ahí sentado,/ sentado en una silla amarilla […] He olvidado mi papel./ Algún pájaro ha escrito en mi silla/ el nombre de un actor importante./ El público está formado por miles de pájaros muy cultos/ y espera ver algo grande./ Yo he olvidado mi papel/ y mi piel de actor está llena de hongos;/ estar plagado de hongos/ y no comprar un tubo de pomada en la farmacia/ hace que me sienta como un salvaje.” Pe Cas Cor se nos aparece en estas páginas como el arquetipo del poeta inspirado, capaz de deslumbrarnos con fogonazos verbales que ocultan el abismo o su proximidad. Recuerdo ahora un verso de “Te quiero porque tu corazón es barato” que me detuvo sobre mis pasos y que ahora entiendo como un emblema de esta obra en su largo trayecto hacia la mudez. El verso en cuestión (“Quisiera que mi sangre fuera sabia”) rima con un breve párrafo del “Manifiesto” donde se habla de esconder las “monedas místicas” y regarlas con “sangre sabia”, y resume en seis palabras el deseo de paz, el anhelo de ataraxia que explica su idealización del silencio. La sangre es el lugar de la visión y sólo es sabia si persiste en su espiral, si se atiene a su flujo absorto. Escribir, por el contrario, es dejar que salga, hablar literalmente por la herida: “Mi sangre, todos los veranos,/ busca heridas para tomar/ el sol./ Entonces, cuando las encuentra,/ se seca,/ como se secan las hojas de los/ árboles y de los libros.”
     Sabemos lo suficiente de Pedro Casariego Córdoba como para comprender que su desprecio de la escritura y la publicación (el mismo que destilan estas imágenes) no era producto del fingimiento ni la impostura, sino una actitud vital que mantuvo con vigor y coherencia. Nadie nos obliga a secundarle en este punto. Quien abra Poemas encadenados por cualquiera de sus páginas no puede sino agradecer la existencia de unos poemas que ensanchan el cauce de lo que entre nosotros se entiende comúnmente por lírica. ~

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