Shoah en España

AÑADIR A FAVORITOS

Una reciente encuesta de opinión llevada a cabo por un autorizado instituto de sondeo, y de cuya existencia me informó en su día Juan Goytisolo, mide el grado de rechazo que concita en los españoles el extranjero, definido éste como miembro ejemplar o ilustrativo de alguna de las categorías "raciales" al uso. Los resultados de esta cala en la doxa xenófoba española de nuestros días son especialmente aleccionadores, sobremanera porque apuntan a la pervivencia de comportamientos de rechazo que tienen su origen y resorte en prejuicios de viejo cuño antes que en realidades actuales. En primer y señaladísimo lugar, los gitanos aparecen en el mencionado estudio como el menos aceptable de los "colectivos" foráneos. Sorprende, cuando menos, el que los españoles sigan considerando como extranjeros a otros españoles, difícilmente asimilables a ninguna de las subcategorías que reúne la políticamente correcta etiqueta de "inmigrantes". Pero ello es ya un indicio de lo señalado: el racismo en estos pagos, como en cualquier otro, es antes una ideología o un dogma de fe —de las equivalencias entre lo uno y lo otro nos ha dejado un amplio muestrario el siglo XX— que un coyuntural espasmo de rechazo en el cuerpo de un hipotéticamente homogéneo colectivo autóctono ante la súbita irrupción en su seno de portadores de otras culturas. El segundo lugar del aludido palmarés racial español lo ocupan los "moros"—así mentados, claro está—, y el tercero, por fin, los judíos. De paso, conviene señalar que lo de "colectivos" es prudente jerga de sociólogos, pero que los periodistas en este país, trasnochados discípulos de Buffon, siguen poblando páginas de diarios y pantallas televisivas con el tan científico término de "raza". Aunque no deja de cundir la sospecha de que, antes que al padre del racialismo a la francesa, semejante anacronismo tenga uno de sus más lícitos "correlatos objetivos", como habría dicho el poeta Eliot, en aquella célebre película de Sáenz de Heredia basada en el guión escrito por un tal Francisco Franco.
     De entrada, se pensará, nihil novum. Después de todo, gitanos y "moros" han sido objeto de pertinaz persecución en este país durante siglos, y también durante siglos estas minorías no han dejado de estar presentes en la "morada vital" de los españoles, como habría escrito Américo Castro. Pero conviene despejar los miasmas de esta doxa. La encuesta de marras permite comprender dos cosas: una, que la tesis del "grado de tolerancia" del extranjero y las bizantinas discusiones en torno al porcentaje de extranjería tolerable (¿cinco, ocho o diez por ciento del total de la población autóctona?) dejan sin resolver, por ejemplo, la inclusión de los gitanos en la categoría de no españoles. La otra, que es la que me interesa destacar aquí, se desprende de la presencia de los judíos entre las categorías de foráneos rechazadas por los españoles. Porque, vamos a ver: desde 1492 y la expulsión masiva de los judíos de Sefarad, y después de tres siglos de pertinaz persecución y quema de marranos y chuetas en este país, ¿cuántos judíos pueden quedar hoy en España?
     La respuesta es inmediata: 35 mil. Esta es la ominosa talla de la actual comunidad judía española. A lo que, inevitablemente, sigue otra pregunta: ¿qué saben hoy los españoles no judíos de los judíos? La respuesta —una de las posibles respuestas, que apunta al machadiano "desprecia cuanto ignora"— puede hallarse atendiendo a lo sucedido en Barcelona a comienzos del mes de abril, cuando el Instituto Francés de esta ciudad ofreció al público, durante tres días, las películas Shoah (1985) y Sobibor (2001) y un debate con Claude Lanzmann, el director de estas cintas, quien además dirige la revista que fundara Sartre, Les Temps Modernes. Lo sucedido es tan prístino que huelga comentario alguno: ni uno solo de los más conspicuos representantes de la intelligentsia barcelonesa —y el único que se ha atrevido a señalarlo ha sido Joan de Sagarra— asistió a este evento, que conviene calificar de excepcional. Era la primera vez que Shoah se proyectaba en sala en España, si se exceptúa el fallido intento de presentación de esta cinta en Madrid, en 1986, boicoteado por un grupo de extrema derecha, y un pase en televisión a horas sólo normales para los murciélagos o las lechuzas. Esta película de más de nueve horas, monumental obra de exhumación de la memoria del genocidio programado de los judíos de Europa (memoria no sólo de los pocos judíos supervivientes de los campos de exterminio nazis en Polonia, sino también de los testigos polacos y de los ejecutantes alemanes), ha sido difundida ampliamente en toda Europa, en Japón, en Estados Unidos, en muchos países de América Latina. En Polonia ha dado origen a un importante fenómeno de rescate historiográfico del judaísmo polaco. Se trata, en suma, no sólo de una obra cinematográfica de extraordinario valor per se —demostrar esto requeriría otro espacio—, sino de un fenómeno que ha incidido poderosamente en la comprensión y evaluación de uno de los episodios históricos más dramáticos y fundamentales del siglo XX.
     En este contexto, España era la anomalía. Y visto lo visto, seguirá siéndolo. Uno de los asuntos eternamente postergados en este país es el de su atávico antisemitismo. Ahora más que nunca, en el terrible contexto de la enésima versión del conflicto israelo-palestino, resulta casi del todo imposible referirse al judaísmo y a la pervivencia del antisemitismo sin ser tachado de sionista, imperialista, proyanqui, etc. No hay manera de referirse a ello sin que automáticamente se disparen las alarmas de la indignación moral y ensordezca el canto de sus sirenas. Son legión, sus sirenas, pero todas aúllan unísonamente: los judíos son los verdugos, los palestinos, sus víctimas. La indignación moral parece tener razón, a la vista de Jenín destrozada, Ramala asediada, Jan Yunes y Rafah pudriéndose en la miseria. Evoco una frase de Bertrand Russell: "El sentimiento vengativo llamado 'indignación moral' es tan sólo una de las formas que reviste la crueldad". Rara vez, tratándose de Israel, sale a pasear sus mejores prendas esta augusta dama a solas, sin la procelosa compañía de su más fiel guardaespaldas: el acusador, vengativo, siempre útil antisemitismo.
     ¿Cómo, si no es acudiendo al eterno antisemitismo de la España eterna, recientemente consagrado en los altares de la izquierda más cerril de Europa, calificar las intervenciones en la prensa, día sí y otro también, de opinadores como Maruja Torres, para quienes los israelíes que eligieron a Sharon son tan culpables como éste de su infame política? Es de suponer que será ésta también una enésima versión de esa culpabilidad colectiva que llevan a cuestas los judíos, al parecer desde que Barrabás fue liberado para que subiera al Gólgota quien sabemos. En un libro que no ha tenido difusión en España, el filósofo Juan Nuño, a quien sólo podrá reprochársele la paternidad de quien esto escribe, trazaba certeramente el perfil mental de ese antisemita de izquierdas, que oculta sus prejuicios y mala fe tras la inalterable coraza de la buena conciencia: "Al mismo tiempo que aborrece al nuevo judío (tanto como lo ama el sano reaccionario), y sólo por eso se pronuncia frenético antisionista, necesita seguir creyendo en su judío, en los de antes de la guerra, en el viejo modelo de judío, su pasivo, resignado, agachado y masacrable judío, dispuesto a aceptar todas las humillaciones y a entrar en rebaño en todas las cámaras de gas de esta cristiana civilización, a fin de que quede así justificada la existencia gloriosa de la diamantina conciencia del hombre de izquierdas." ~

Una reciente encuesta de opinión llevada a cabo por un autorizado instituto de sondeo, y de cuya existencia me informó en su día Juan Goytisolo, mide el grado de rechazo que concita en los españoles el extranjero, definido éste como miembro ejemplar o ilustrativo de alguna de las categorías "raciales" al uso. Los resultados de esta cala en la doxa xenófoba española de nuestros días son especialmente aleccionadores, sobremanera porque apuntan a la pervivencia de comportamientos de rechazo que tienen su origen y resorte en prejuicios de viejo cuño antes que en realidades actuales. En primer y señaladísimo lugar, los gitanos aparecen en el mencionado estudio como el menos aceptable de los "colectivos" foráneos. Sorprende, cuando menos, el que los españoles sigan considerando como extranjeros a otros españoles, difícilmente asimilables a ninguna de las subcategorías que reúne la políticamente correcta etiqueta de "inmigrantes". Pero ello es ya un indicio de lo señalado: el racismo en estos pagos, como en cualquier otro, es antes una ideología o un dogma de fe —de las equivalencias entre lo uno y lo otro nos ha dejado un amplio muestrario el siglo XX— que un coyuntural espasmo de rechazo en el cuerpo de un hipotéticamente homogéneo colectivo autóctono ante la súbita irrupción en su seno de portadores de otras culturas. El segundo lugar del aludido palmarés racial español lo ocupan los "moros"—así mentados, claro está—, y el tercero, por fin, los judíos. De paso, conviene señalar que lo de "colectivos" es prudente jerga de sociólogos, pero que los periodistas en este país, trasnochados discípulos de Buffon, siguen poblando páginas de diarios y pantallas televisivas con el tan científico término de "raza". Aunque no deja de cundir la sospecha de que, antes que al padre del racialismo a la francesa, semejante anacronismo tenga uno de sus más lícitos "correlatos objetivos", como habría dicho el poeta Eliot, en aquella célebre película de Sáenz de Heredia basada en el guión escrito por un tal Francisco Franco.
     De entrada, se pensará, nihil novum. Después de todo, gitanos y "moros" han sido objeto de pertinaz persecución en este país durante siglos, y también durante siglos estas minorías no han dejado de estar presentes en la "morada vital" de los españoles, como habría escrito Américo Castro. Pero conviene despejar los miasmas de esta doxa. La encuesta de marras permite comprender dos cosas: una, que la tesis del "grado de tolerancia" del extranjero y las bizantinas discusiones en torno al porcentaje de extranjería tolerable (¿cinco, ocho o diez por ciento del total de la población autóctona?) dejan sin resolver, por ejemplo, la inclusión de los gitanos en la categoría de no españoles. La otra, que es la que me interesa destacar aquí, se desprende de la presencia de los judíos entre las categorías de foráneos rechazadas por los españoles. Porque, vamos a ver: desde 1492 y la expulsión masiva de los judíos de Sefarad, y después de tres siglos de pertinaz persecución y quema de marranos y chuetas en este país, ¿cuántos judíos pueden quedar hoy en España?
     La respuesta es inmediata: 35 mil. Esta es la ominosa talla de la actual comunidad judía española. A lo que, inevitablemente, sigue otra pregunta: ¿qué saben hoy los españoles no judíos de los judíos? La respuesta —una de las posibles respuestas, que apunta al machadiano "desprecia cuanto ignora"— puede hallarse atendiendo a lo sucedido en Barcelona a comienzos del mes de abril, cuando el Instituto Francés de esta ciudad ofreció al público, durante tres días, las películas Shoah (1985) y Sobibor (2001) y un debate con Claude Lanzmann, el director de estas cintas, quien además dirige la revista que fundara Sartre, Les Temps Modernes. Lo sucedido es tan prístino que huelga comentario alguno: ni uno solo de los más conspicuos representantes de la intelligentsia barcelonesa —y el único que se ha atrevido a señalarlo ha sido Joan de Sagarra— asistió a este evento, que conviene calificar de excepcional. Era la primera vez que Shoah se proyectaba en sala en España, si se exceptúa el fallido intento de presentación de esta cinta en Madrid, en 1986, boicoteado por un grupo de extrema derecha, y un pase en televisión a horas sólo normales para los murciélagos o las lechuzas. Esta película de más de nueve horas, monumental obra de exhumación de la memoria del genocidio programado de los judíos de Europa (memoria no sólo de los pocos judíos supervivientes de los campos de exterminio nazis en Polonia, sino también de los testigos polacos y de los ejecutantes alemanes), ha sido difundida ampliamente en toda Europa, en Japón, en Estados Unidos, en muchos países de América Latina. En Polonia ha dado origen a un importante fenómeno de rescate historiográfico del judaísmo polaco. Se trata, en suma, no sólo de una obra cinematográfica de extraordinario valor per se —demostrar esto requeriría otro espacio—, sino de un fenómeno que ha incidido poderosamente en la comprensión y evaluación de uno de los episodios históricos más dramáticos y fundamentales del siglo XX.
     En este contexto, España era la anomalía. Y visto lo visto, seguirá siéndolo. Uno de los asuntos eternamente postergados en este país es el de su atávico antisemitismo. Ahora más que nunca, en el terrible contexto de la enésima versión del conflicto israelo-palestino, resulta casi del todo imposible referirse al judaísmo y a la pervivencia del antisemitismo sin ser tachado de sionista, imperialista, proyanqui, etc. No hay manera de referirse a ello sin que automáticamente se disparen las alarmas de la indignación moral y ensordezca el canto de sus sirenas. Son legión, sus sirenas, pero todas aúllan unísonamente: los judíos son los verdugos, los palestinos, sus víctimas. La indignación moral parece tener razón, a la vista de Jenín destrozada, Ramala asediada, Jan Yunes y Rafah pudriéndose en la miseria. Evoco una frase de Bertrand Russell: "El sentimiento vengativo llamado 'indignación moral' es tan sólo una de las formas que reviste la crueldad". Rara vez, tratándose de Israel, sale a pasear sus mejores prendas esta augusta dama a solas, sin la procelosa compañía de su más fiel guardaespaldas: el acusador, vengativo, siempre útil antisemitismo.
     ¿Cómo, si no es acudiendo al eterno antisemitismo de la España eterna, recientemente consagrado en los altares de la izquierda más cerril de Europa, calificar las intervenciones en la prensa, día sí y otro también, de opinadores como Maruja Torres, para quienes los israelíes que eligieron a Sharon son tan culpables como éste de su infame política? Es de suponer que será ésta también una enésima versión de esa culpabilidad colectiva que llevan a cuestas los judíos, al parecer desde que Barrabás fue liberado para que subiera al Gólgota quien sabemos. En un libro que no ha tenido difusión en España, el filósofo Juan Nuño, a quien sólo podrá reprochársele la paternidad de quien esto escribe, trazaba certeramente el perfil mental de ese antisemita de izquierdas, que oculta sus prejuicios y mala fe tras la inalterable coraza de la buena conciencia: "Al mismo tiempo que aborrece al nuevo judío (tanto como lo ama el sano reaccionario), y sólo por eso se pronuncia frenético antisionista, necesita seguir creyendo en su judío, en los de antes de la guerra, en el viejo modelo de judío, su pasivo, resignado, agachado y masacrable judío, dispuesto a aceptar todas las humillaciones y a entrar en rebaño en todas las cámaras de gas de esta cristiana civilización, a fin de que quede así justificada la existencia gloriosa de la diamantina conciencia del hombre de izquierdas." ~