Si opera, no chatee

Sobre distracciones tecnológicas en la sala de operaciones.
AÑADIR A FAVORITOS

De acuerdo con la literatura médica esta es la primera descripción, de la que se tiene registro, de los síntomas de una angina de pecho:

“El ataque es muy corto y como una tormenta. Por lo general, termina en una hora. He pasado por todas las debilidades y peligros corporales; pero ninguno me parece más grave. ¿Por qué? Porque tener alguna otra enfermedad es solo estar enfermo; pero tener esta es estar muriendo".

El autor es Séneca y si la sentencia de Nerón no lo hubiera orillado a tan tortuoso y dramático suicidio probablemente hubiera muerto de esa afección cardiaca.

De hecho, hasta 1891[1], como el corazón era un órgano intocable, prácticamente todas los trastornos y enfermedades del sistema cardiocirculatorio que requerían una intervención quirúrgica eran una sentencia de muerte. En Cardiac Surgery. A Century of ProgressAllen B. Weisse, señala que aunque la desaprobación de Theodor Billroth (1829-1894), pionero de las cirugías en la cavidad abdominal, no aparece en ninguna de sus obras publicadas, durante la reunión de la Sociedad Médica de Viena en 1881 se le escuchó decir:  "Ningún cirujano que desee conservar el respeto de sus colegas trataría jamás de suturar una herida del corazón”.

Los tabúes que mantuvieron alejados a los cirujanos del corazón fueron superados en 1938 cuando el Dr. Robert Gross, del Boston Children's Hospital, realizó con éxito el cierre de un conducto arterioso persistente. Durante los quince años siguientes las técnicas quirúrgicas se pulieron pero siguieron centrándose en las lesiones externas de corazón. El verdadero repunte de la cirugía cardiovascular llegó de la mano de John H. Gibbon y la máquina de circulación extracorpórea o derivación cardiopulmonar (bypass cardiopulmonar[2]) que permitió las operaciones “a cielo abierto” del corazón. 

Como cabía esperar, comprender y manejar una máquina que puede suplir nuestro corazón y pulmones por más de 180 minutos es bastante complejo, de ahí que (me entero recién) exista la especialidad de perfusionista. Previsiblemente, para llegar a ser uno de ellos se requieren varios años de estudio, entre licenciaturas, especializaciones y programas de certificación.

Pues bien, en medio de mi asombro con lo que está máquina y sus operadores son capaces de lograr llegué a una encuesta tan insospechada como perturbadora: Encuesta 2010 de uso de celulares mientras se realiza un bypass cardiopulmonar. De acuerdo con sus resultados el 55.6% de los perfusionistas (en Estados Unidos) usa el celular mientras realiza un bypass cardiopulmonar, 49.2% mandan mensajitos. Cuando el celular es un teléfono inteligente: 21% de los perfusionistas revisa su mail, 15.1% navega en internet y 3.1% postea y/o explora en sus redes sociales. Todo esto (no lo olvidemos) mientras monitorean la máquina que mantiene el flujo de sangre en los tejidos del cuerpo y regula los niveles de oxígeno y dióxido de carbono de la sangre.

No hay encuestas posteriores sobre el uso del celular en este tipo de intervenciones quirúrgicas, pero un artículo de abril de este año de la American Society of Anesthesiologists titulado: Technology: An Uninvited Guest in the O.R.? deja claro que el problema de las distracciones tecnológicas en la sala de operaciones no ha desaparecido.

Queridos doctores: Por favor, si operan, no chateen. 

 


[1] En 1891, Henry C. Dalton fue el primer cirujano en reparar una herida en el pericardio de un ser humano.

[2] Gracias a esta máquina fue posible desviar la sangre de manera que no pase por el corazón y los pulmones, le agrega oxígeno y la devuelve al cuerpo. Mientras tanto el corazón, inerte, es manipulado por un cirujano.