¿Somos todos Lavapiés?

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A fuerza de goles el fútbol ha conseguido el mestizaje: porteros estadounidenses, defensas holandeses y eslovacos, mediocampistas sudafricanos y brasileños, delanteros australianos y franceses, goleadores portugueses y rumanos, jóvenes argentinos y uruguayos, entrenadores alemanes e italianos, hinchas y equipos españoles. ¿De dónde somos? Compramos en donde los chinos, pedimos un cuscús, un cortado en el Barbieri y la noche nos sorprende llamando a Senegal. ¿Con quién hablamos? "Cocina caribeña", "Carnicería árabe", "Frutería Asia store", "Locutorio El Ecuador". ¿En dónde estamos? Se escucha salsa en el radiocassette, alguien pide un escocés; mientras, los tambores africanos se mezclan a ritmo de son cubano. ¿Somos todos Lavapiés?
     La editorial Ópera Prima ha querido rescatar esa mezcla de culturas e identidades itinerantes que convergen en el libro Lavapiés, literatura mestizaje, que reúne más de cuarenta relatos en torno al barrio madrileño, de autores tan diversos como su origen. "Lavapiés es la ventana al futuro, cuyo mestizaje es un símbolo de riqueza que hay que asumir; su fuerza radica precisamente en que cada uno de quienes ahí viven son fieles a sí mismos", dice el autor del proyecto, Antonio Pastor. "Se ha querido hacer un paralelismo entre las identidades y distintas voces que conviven en el barrio y la literatura como máxima expresión de la identidad de un individuo", explica.
     Es Lavapiés, literatura mestizaje la postal de un barrio que podría estar en cualquier parte del mundo. Quien se adentre por sus calles descubrirá sin advertirlo el Soho neoyorkino, el bonaerense barrio de La Boca, el Coyoacán mexicano, el mercado de Dakar, el "barrio chino" de Pekín, el centro de Estambul o el mismo Islamabad. Todo en un lugar que sintetiza lo que Amin Maalouf definió como la tolerancia y el respeto al otro: aquí nadie pregunta "¿Y tú, de dónde eres?" Se es del mundo y eso basta. Todos son del mismo mundo; todos somos inmigrantes. ¿Somos todos Lavapiés?
     Un palestino pide tomates en una tienda atendida por chinos; dos niños, uno dominicano, otro ecuatoriano, patean una lata de cerveza que hace función de balón; en la banca una pareja mayor mira el parloteo entre los venezolanos que charlan de no sé qué cosa y los murmullos alterados de españoles, que discuten sobre la última barbarie terrorista. Subes, bajas; andas, desandas, y te topas con filipinos, egipcios, búlgaros y albanos, dentro de un espacio en el que conviven tantas culturas como nacionalidades en España. Se concentran en el barrio más de cinco mil y representan casi el 7% de los inmigrantes en la comunidad de Madrid.
     "A mí me gusta Lavapiés porque he encontrado muchos amigos de todo el mundo". Es la voz de Chi Zi Ching, un ingeniero chino de 45 años que hace un esfuerzo descomunal por aprender español y acude a las clases que imparte el Centro de Encuentro de Integración. Lleva dos años en Madrid y dice que su anhelo es encontrar un trabajo como ingeniero y sumar amigos de otras nacionalidades. "El [idioma] español es el único medio para lograrlo", asegura. Zi Ching, sin embargo, es de los pocos chinos, si no el único, que se junta con palestinos, marroquíes e iraquíes. Pero la excepción confirma la regla de un barrio tan polígamo que la Biblia y el Corán se leen conjuntamente en celebraciones ecuménicas organizadas por el Centro de Encuentro, más allá de la iglesia y de la mezquita que los ampara.
     "Yo trato de adaptarme a mi nueva vida y en Lavapiés me ha sido más fácil desde que llegué", dice Jusain Chaabi, un joven de Marruecos que con apenas 19 años hace labores de voluntario, enseña árabe a los hijos de españoles casados con magrebíes y atiende una tienda de productos al mayoreo. Vino a España porque la vida, lo sabe bien, es muy dura al otro lado del Estrecho. Lleva año y medio en Madrid y habla un español casi perfecto. "Aquí lo más difícil es encontrar un alquiler", dice sin dejar de mostrar nunca una sonrisa en su cara.
     Es el tipo de vivienda, con el metro cuadrado más barato de Madrid, lo que permite la acumulación de inmigrantes en las casas de corrala y pisos deteriorados de Lavapiés. En ellos viven seis, siete, ocho y hasta diez personas. "Pero eso no es malo, así nos hacemos compañía", dice alegre una chica ecuatoriana que trabaja de asistenta por horas en los alrededores de la ciudad. Se trata de "una especie de chabolismo vertical que promueve una renovación constante de sus inquilinos", explica el profesor Francisco García, quien ha vivido en la zona durante varios años. "La gente viene aquí por ser lo más barato, donde muchas comunidades extranjeras viven y donde se pasa la voz para encontrar trabajo", dice García. No obstante, una vez que lo encuentran y se establecen suelen irse a otra parte, añade. Pero otros vienen y luego otros y otros. Lavapiés es un barrio en movimiento perpetuo, con una circulación constante de personas, de aquí y de allá, que recuerda al menos observador tres principios básicos de la existencia: el mundo gira, las personas emigran y las culturas se mezclan.
     Son la diez de la noche y de la boca de metro salen estudiantes, chavales que van de marcha, oficinistas cansados, parejas que han quedado, algún turista despistado. Les acompañan nigerianos, guineanos, senegaleses cargados con sus grandes bolsas negras de discos y paraguas, estolas, bufandas y collares. Ellos también viven aquí y sus voces se integran al conglomerado de colectivos diversos, de asiáticos y europeos, latinoamericanos y españoles, musulmanes y cristianos, que por una vez se han juntado, viviendo en alquiler, en un barrio de Madrid. –


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