Tres de narcos

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Hay cierto pasaje en El poder del perro, la novela de Don Winslow, cuyo sentido logra envolver cada pieza y cada engranaje del aterrador y omnipresente mecanismo llamado narcotráfico. En unas cuantas frases quedan claras varias cosas –una de ellas, no la menos importante por cierto, se refiere al vasto poder explicativo que sigue ejerciendo la propia novela como género sobre el mundo: “En algún momento [los tipos de Sinaloa] se dieron cuenta de que su producto real no eran las drogas, sino la frontera de tres mil kilómetros que comparten con Estados Unidos, y su capacidad de pasar contrabando a través de ella. La tierra puede quemarse, las cosechas envenenarse, la gente desplazarse, pero esa frontera no se a ir a ninguna parte. Un producto que podría valer unos centavos a cinco centímetros de la frontera vale miles a cinco centímetros del otro lado.”

Me pregunto si algún alto funcionario a ambos lados de la mentada línea divisoria, algún estratega experto en geopolítica y amenazas transfronterizas, algún engominado asesor sabelotodo, se ha planteado la cuestión en estos mismos términos. La respuesta, muy probablemente, sea: no.

Lo obvio: Don Winslow no es Tolstói, pero tampoco las guerras napoleónicas tienen mucho qué ver con la fallida guerra contra las drogas a finales del siglo XX e inicios del XXI. En todo caso, lo cierto es que el ejercicio, casi juego, de fabulación y ficción contenido en El poder del perro, tiene bastante de reportaje, o de re-ensamblaje literario de una historia que no acaba de ser suficientemente conocida.

La realidad, por su parte, sigue empeñada en su endiablada tarea: más metidos estamos en el tema del narco y la guerra contra la hidra, menos parecemos entender acerca de las raíces profundas del problema. Por eso a cualquiera le vienen bien los relatos de ficción, reportajes o ensayos que puedan arrojar algo de luz en esa caverna civilizacional donde el ocio y el placer de las drogas, conviven con la más sádica y obscena violencia que imparten quienes se encargan de hacer negocios con ellas.

La realidad siempre se encarga de hacer su parte y de dejarte con los pelos de punta: por ejemplo en la productiva y ciertamente macabra coincidencia de leer en un fin de semana la novela de Winslow, El narco: la guerra fallida, de Jorge Castañeda y Rubén Aguilar, y El cártel de Sinaloa, de Diego Osorno. La coincidencia se torna descarada disfuncionalidad cognitiva cuando esas lecturas son espolvoreadas con declaraciones oficiales. Me refiero al patético mensaje que Felipe Calderón dio a sus embajadores y cónsules (“se vale hablar bien de México”), así como al anuncio, sin explicaciones ni argumentaciones, de la retirada del ejército en la capital del fin del mundo, Ciudad Juárez. No dudo que los habitantes de Juárez tengan suficientes motivos para celebrar la retirada, pero tampoco creo que les resulte —o que de hecho a todos nos resulte— muy alentador seguir siendo tratados como menores de edad por la autoridad, cualquiera que esta sea. Ante la absoluta carencia de claridad gubernamental, en lo profundo de la caverna el aviso parece prefigurar el advenimiento de una nueva fase del fenómeno que Sergio González Rodríguez, en Huesos en el desierto, llamó “un deslizamiento fuera de los límites”.

Ojalá que no sea así, pero nada hay que por ahora parezca indicar lo contrario. Los argumentos y datos duros que Castañeda y Aguilar ponen sobre la mesa son contundentes. Son también discutibles en cuanto invitan a eso, a debatir, precisamente: la explicación oficial para librar la guerra contra el narco, justificada en el aumento del consumo, el incremento de la violencia, la inaudita penetración del narco en el cuerpo del Estado, ¿tiene acaso un corelato claro e incuestionable con la realidad? Según Castañeda y Aguilar la respuesta es no. Y peor aún, ¡ni siquiera según la realidad esbozada y medida por el propio gobierno! —insisten ambos autores al analizar por ejemplo los resultados de la Encuesta Nacional de Adicciones o los datos que arroja el Sistema Nacional de Seguridad Pública.

Así estarán las cosas en este tema que hasta un personaje tan cuestionado y poco presentable como Mauricio González Garza, actual alcalde de San Pedro Garza García, puede corroborar la inviabilidad de la guerra contra el narco en los términos que la ha propuesto el gobierno de Felipe Calderón, un modelo que no funciona, caduco, “en el cual además estás invitando a delincuentes menores a participar, con la excusa de los delincuentes mayores, y vemos cómo se ha formado una amalgama de delincuentes espantosa. Si unos se dedican a unas cosas y no les haces nada, pues los otros hacen lo mismo; entonces estamos en el peor escenario.”

El testimonio lo recoge Diego Osorno en un libro que, de otra manera, desde la crónica, el reportaje y la entrevista, cuenta la misma historia que El poder del perro: el génesis de la narco-era en tiempos de don Pedro Avilés; el surgimiento del jefe Félix Gallardo; el reparto de plazas; los apoyos gubernamentales; la rivalidad de los carteles; las conspiraciones; las traiciones; la inacabable espiral de muerte y corrupción; la nueva era, imperio de los sicarios.

Apenas terminado el libro leo una nota reciente de la revista The Economist en la que el trasunto de los efectos y desbalances de la actual guerra contra el narco vuelve a surgir. Una sombra de duda vuelve a surgir en un tema espinoso: el apoyo indirecto, algunos lo calificarían de implícito, que la guerra “frontal” contra el narco está otorgando al cártel de Sinaloa. Esta vez, el dato duro proviene de Edgardo Buscaglia, un académico del ITAM, otro lugar donde al parecer tampoco saben hablar bien de México: de acuerdo a cifras oficiales, de un total de 53 mil 174 detenciones realizadas en los últimos seis años vinculadas al narco, solamente 941 corresponden a miembros del cártel de Sinaloa.

Un dato adicional: los primeros días de 2010 registraron el doble de ejecuciones que el mismo periodo del año anterior. A este paso se avecina una catástrofe de alcances nacionales, o quizás una inusitada oportunidad para que nuestros embajadores en el exterior cumplan la orden: desde el lejano resguardo que les permite salvar el pellejo, solamente ellos podrán hablar, y muy bien, de México.

– Bruno H. Piché