Un caso extraño

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Declaro, de entrada, que no creo en lo sobrenatural; sin que sea yo un furibundo defensor de lo que llamamos la realidad, siempre me ha parecido que todas las cosas que ocurren tienen algo racional que las descifra. Esto pasa por esto, esto se explica así, esto asá. Y sé que hay veces que uno no tiene a la mano la explicación acertada pero puede enarbolar algún juicio que propicie un acercamiento o posible elucidación de tal o cual asunto que se nos plantea como enigmático. Vaya, ni siquiera creo en la perduración del espíritu más allá de la vida, ni suelo estar ya dispuesto a discutirlo. Me dejo seducir, sí, por los misterios estéticos que propician el arrebato ante determinada obra ya sea visual, auditiva o lingüística, o incluso, gustativa, y me parece inútil y rebuscado querer reducir a morralla comprensiva el altísimo billete de la belleza.

Sé también que la realidad es múltiple, variada en sus manifestaciones y muchas veces deslumbrante, y que el deslumbramiento de sus maneras de manifestarse impide en ocasiones el discernimiento justo. Tanto es así que he reconocido públicamente haber visto fantasmas sin que me haya parecido necesario asumir por ello que acepto la perduración de algún jirón de vida más allá de la muerte, a lo que definitivamente me niego. Lo que llamamos alma es la manera que tenemos de explicar la animación de nuestra personal materia mientras está animada. Y me pregunto qué cosa son las dimensiones, lo que esa palabra alberga en su historia de uso, si las medidas de ancho, largo, alto, están limitadas o no por lo que nuestros sentidos o nuestra inteligencia pueden apreciar.

Una vez hecha esta especie de declaración de principios, quiero dejar testimonio, sin dramatismo ni exageraciones, de una experiencia sencilla pero ciertamente extraña que no quiero calificar de sobrenatural pero que expongo con sus ribetes de incomprensible para el mejor entendimiento de quien tenga interés en compartirla.

Estuve esta mañana en el Hospital Universitario de la Princesa, del que puedo decir que soy cliente desde hace al menos medio año: dos veces en quirófano, dos interno por ende, unas diez veces en la sección llamada “hospital de día” conectado a una vía intravenosa, cinco o seis horas cada vez, a lo menos unas veinte veces en análisis de sangre –y yo que negaba radicalmente la posibilidad de que un objeto metálico entrara en mis carnes, me opuse sistemáticamente a ser atravesado por una aguja durante toda mi juventud y hasta antes de mi ingreso documentado a lo que eufemísticamente llaman la tercera edad, al punto de que no accedí a casarme en una ocasión por no hacerme los llamados análisis prenupciales que incluyen la sacada de sangre: es por su bien, me dijo el juez cuando le dije que no estaba dispuesto a semejante atropello; imagínese que no son compatibles y no están capacitados para reproducirse; pero señor juez, si ya tenemos una hija que aquí puede usted ver, fresca y sana; pues es un requisito inexcusable sin cuyo cumplimiento es imposible casarlos; y no hubo, ni falta que nos hizo, ceremonia–, y al menos seis o siete veces en gabinete de radiología. Ya soy un acerico, les dije la otra vez mordiéndome las entrañas, su alfiletero para lo que gusten.

Hoy me tocó, una vez más, hacerme análisis hematológico. Acudí con buen espíritu, con tranquila resignación y desnudé mi brazo como desnuda su cuello cualquier cordero cuando le toca. Va un pinchacito, me dijo la enfermera; venga, le dije, si a eso venimos a este valle de lágrimas; bueno, bueno, no es para tanto, se defendió benévola; mano santa tiene usted, que apenas si sentí; pues gracias; hasta la próxima, tuve todavía el valor de decirle con una sonrisa amable. Y pasé al segundo piso en donde está el despacho que corresponde al control del tratamiento con el medicamento que me hace acudir periódicamente a este sacrificio ritual. Pase usted a la sala de espera y enseguida viene la doctora y lo atiende.

Es una sala pequeña con unas seis plazas para sentarse y una mesa de centro, en la que no hay posibilidad de escamotearse a la mirada no sólo de quien entre sino incluso de quien atraviese el pasillo de unos veinte metros de largo por dos o dos y medio de ancho que la separa del cubículo de la doctora y de las salas de laboratorio en donde procesan los tubitos de sangre que le sacan a uno. Y yo estaba sentado en el asiento que estratégicamente queda a la vista de quien entra o de quien pase por el pasillo y desde el que se controla todo movimiento posible.

No digo que hubiera transcurrido mucho tiempo pero sí unos veinte minutos, más o menos, y me extrañó que no apareciera la doctora o no me llamaran para entregarme el resultado de mis análisis por lo que le propuse a mi mujer que nos acercáramos de nuevo a preguntar, por si nos habían olvidado. Debo aclarar que durante esta espera no me moví del asiento en que estuve leyendo tranquilamente una novela de Delibes, no así ella que se salió al pasillo en busca de mejores condiciones de audición para una llamada de teléfono que recibió porque en donde estábamos no la escuchaban a pesar de que ella oía perfectamente, cosa que aparentemente no es de notar porque los teléfonos móviles son así, pero dejó visiblemente en el asiento en que había estado su bolsa y su abrigo. Yo no tenía para qué moverme, ni quería, porque ya había estado de pie un buen rato en la cola de los pinchazos y prefería estar sentado, ni había a dónde ir.

Pues salimos a buscarlos varias veces y se habían ido, dijo la doctora; no, allí estábamos, no me he movido de la sala de espera, dije con mi mirada segura y mi voz clara; pues no, incluso lo llamamos por su nombre y no respondió; mire, estaba yo leyendo pero no me he movido; pues no estaba usted, agregó una enfermera, yo entré a la sala y hablé allí con otro paciente y estoy segura de que usted no estaba, me dijo ya con ese tono que tienen las españolas cuando necesitan competir por la verdad; comprenda que no quiero poner en duda sus palabras, le dije sonriendo con incredulidad, pero por favor acepte la honestidad de lo que le estoy diciendo: no me he movido de allí y si hubieran dicho mi nombre habría escuchado porque no había más ruidos ni más personas y aunque he estado leyendo confieso que no logré concentrarme lo suficiente en la lectura; que sí, que estaba otro señor con el que yo hablé, ¿usted me vio, usted estaba cuando hablé allí con el otro señor?; no, no entró nadie mientras yo estuve allí esperando. Uf. Bueno, aquí tiene la pauta para tomar su medicamento el próximo mes; pero no estaba usted, salimos varias veces a buscarlo y lo llamamos por su nombre.

No hay en ese espacio físico, al que nos acompañó la enfermera para constatar lo dicho, ninguna posibilidad de confundirse, de modo que no me queda más remedio, ante la incongruencia de dudar de la autenticidad de las declaraciones de la médica y de las dos enfermeras que atestiguaron y aportaron testimonio, que aceptar que estaban diciendo la verdad: yo no estaba allí. ¿Pues en dónde estaba si estoy seguro de no haberme movido del lugar? ~