Una profesión de putas y putos

Prohibir que los periódicos publiquen anuncios de contactos es matar el mensajero y un intento de negar la realidad: la prostitución existe y es un negocio ilegal que mueve mucho dinero.
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El gobierno de España ha prohibido a los periódicos que publiquen, tanto en su edición en papel como en la digital, anuncios de putas y de putos, que en los últimos años han ido progresivamente sustituyendo a los de pisos y a las ofertas de empleo. Se trata de la muy extendida y muy ineficaz política de “matar al mensajero”. Es decir: si la prostitución no se ve, la prostitución no existe. Y a otra prohibición, mariposa.

Lamento ser portador de malas noticias para el gobierno de España, pero la prostitución existe. Es un negocio ilegal rentabilísimo que mueve unos 18.000 millones de euros al año, y que no parece encontrarse en vías de extinción, como los cedés musicales o el tigre de Sumatra.

A mi juicio, con la prostitución solo hay dos caminos, porque el modelo sueco, que permite la prostitución y castiga al usuario, me parece realmente ridículo. El primer camino es la prohibición total: persecución de mafias, cierre de prostíbulos, redadas en las calles, juicios y penas de cárcel. El segundo, dando por descontado que la prostitución, como cualquier otro trabajo, se ejerza libremente, sin la asquerosa presión de las mafias, es la legalización completa: normativa, registro de actividad, alta en la seguridad social, pago de impuestos, funcionarios minuciosos, facturas, control sanitario, inspecciones de hacienda, IVA, locales homologados y una pensión después de cotizar los treinta años de rigor.

El gobierno de España opta por el primer camino, aunque lo hace sólo de forma cosmética, supongo que a causa de sus elevadísimos costes: cualquiera que visite el centro de las ciudades se topa con abundante prostitución callejera. Y se niega a pensar en la posibilidad de que el segundo camino sea realmente viable. Los obstáculos para plantearse en serio la legalización son fundamentalmente morales, endebles y bastante compartidos por la derecha y por la izquierda.

Para mí, que creo que la dignidad de la persona no reside más en sus genitales que en su cerebro o que en sus pies, la legalización, sin pretender modelar seres humanos perfectos sino, sencillamente, regulando con las mayores garantías posibles lo que sucede mientras miramos a otro lado, es la mejor manera de abordar la prostitución. Y no la de “matar al mensajero”, un testigo al que se puede silenciar pronunciando unas pocas palabras mágicas, como “ayudas al papel y publicidad institucional”.

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