Voz quema dura: Koko Taylor

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Aseverar “cada voz es inconfundible” no impide afirmar que hay voces más inconfundibles que otras. O acaso –un dilema para la estética de la música–, quepa decir que hay timbres inconfundibles. Más aún, hay maneras de frasear que imprimen un estilo. La diferencia entre los cantantes de rock y demás cantantes populares reside en la manera de forzar la voz –su semejante: el flamenco–, para mejor expresar la emoción; rasgo distintivo del rock, aunque no exclusivo.

En el caso de Koko Taylor (1928-2009) el fraseo era desgarrador. La potencia de su voz, la coloratura, que en los momentos de tranquilidad recuerda a Nina Simone, no la distinguen. Sí en cambio la manera de entonar, acuchillando diría, las vocales, gruñendo, como en el comienzo de la versión de “I’m a Man” transformada en himno del empoderamiento femenino: “I’m a Woman”, canción modelo para atacar el blues, el rock, como desgarramiento consustancial a la capacidad de convertir una palabra en jitanjáfora. Herencia del gospel, las vocales se retuercen; las “a”, en su pronunciación inglesa, se alteran y prolongan: la voz busca convertirse en un instrumento más.

No obstante la longeva carrera musical, que comienza a los veintitantos y termina el 9 de mayo durante la ceremonia de los Blues Music Awards, apenas unas semanas antes de su defunción, Koko (derivación de Cocoa) es principalmente conocida por “Wang Dang Doodle”, su carta de presentación en 1964, que paradójicamente muestra ya maduro su inconfundible estilo de pronunciación, esa ambición por convertirse en un instrumento de viento, semejante a un sax tenor. No extraña por ello que sus mejores canciones sean aquellas que recuerdan una desenfrenada “Jam Session” –no otro es el tema de la canción de Willie Dixon que la catapultó a la fama. La voz de Taylor persigue ser un instrumento desaforado, con una potencia similar a la de Big Mama Thornton –su gran ascendente, junto con Howling Wolf– y que Koko retoma para convertirse en la mentora no sólo de cantantes femeninas como Bonnie Tyler, Bonnie Raitt o Joplin –Janis tiene más de Koko que de Big Mama: “Ball and Chain”, tema de aquella, lo emprende sonando a la Koko de “I Got What it Takes”– sino incluso de Robert Plant –Yardbirds versionaba, terriblemente para el caso, “Wang Dang Doodle”.

Hay muchas canciones donde se aprecia el poderío animal de esta voz. Mi favorita “Insane Asylum”, interpretada con Willie Dixon. Fue una cantante de canciones semejantes (Bruce Iglauer, su productor en Chess Records, dijo que todos los álbumes fueron conformados con canciones que permitieran expresar esa peculiar forma de cantar), donde la voz se situaba entre el requinto e instrumentos de aliento, preferentemente el sax tenor, pero igualmente la armónica, en la que fue acompañada, entre otros, por Little Walter. Y a veces no dudó en recurrir al falsete, como en la espléndida “Fire”, una canción en clave soul. Escucharla, verla cantando a sus ochenta años, ya sin voz, pero con el poderío intacto, con una presencia escénica asombrosa era increíble –hay que ver el arrobo con que Morgan Freeman, la admiración con que Roger Daltrey y Pete Townshend, los tres sujetos del homenaje, la observan durante su actuación en la entrega de los reconocimientos del Centro Kennedy el pasado diciembre.

En Cartas cruzadas, Darío Jaramillo teje una suerte de homenaje tácito a Alberta Hunter, una legendaria y longeva cantante de blues. Sirvan estas líneas como un mínimo tributo a una mujer que supo sobreponerse a la pobreza, al machismo y a la edad.

– José Homero

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