Carta de Washington: Cien años de Duke Ellington

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Harlem
 
    Antes de ganar un asiento permanente en el banquete de la celebridad, Duke Ellington solía pasar las noches en un bar sin nombre del Harlem de 1923. El sitio estaba ubicado en un sótano y una de sus muchas peculiaridades estribaba en que el dueño se hacía llamar México. Algunos de los clientes asiduos al tugurio —músicos la mayoría— con el tiempo juntaron suficiente prestigio como para publicar autobiografías; todas coinciden en que la rareza del patronímico se debía a que el hombre peleó en la Revolución de 1910, aunque nunca se supo a ciencia cierta de qué lado. Lo regular era que, cuando la borrachera alcanzaba proporciones atléticas, los juerguistas del bar de México compitieran improvisando variaciones cada vez más delirantes sobre las tonadas del ragtime neorlense que les llegaba vía Chicago. Una de esas noches —cuatro trombonistas lidiaban en un escenario diseñado para contener un solo cantante— el joven Duke Ellington pensó que debería adaptar ese tipo de sonido a la música ambiental que tocaba su grupo en un club para blancos de Broadway. Nadie habría podido adivinar la talla que alcanzaría aquel pianista atildado, mediocre y poco resuelto; por entonces no sabía leer una partitura, tenía una mano izquierda lentísima, y exageraba el color de los arreglos. En términos personales parecía avasallado por la más insalubre normalidad: era razonable y paciente, exageradamente relajado, su encanto lo imposibilitaba para mandar con rigor sobre la orquesta en que tocaba; puesto a elegir, favorecía a los inspirados sobre los virtuosos. Tenía, eso sí, toda la elegancia que pudiera necesitar cualquier empresa.
     Washington D.C.
 
    La capital de los Estados Unidos se prepara para festejar —el próximo 29 de abril— el centenario de Duke Ellington, probablemente el único washingtoniano genial. Es raro que D.C. conmemore un nacimiento: para las clases influyentes de los E. U. ésta es una ciudad de paso.
     Ellington pasó su infancia y juventud en el entonces orgulloso barrio de U Street. Sus row houses —todavía señoriales hoy en día, aun cuando muchas de ellas estén tomadas por consumidores de crack— pertenecían a descendientes de esclavos que a fuerza de trabajo, ahorro y una fe conmovedora en la educación, se habían logrado colocar entre los estratos desahogados de la sociedad norteamericana. El vecindario encarnaba las ilusiones de una ciudad convencida de que la igualdad de derechos terminaría por homogeneizar las sensibilidades. Duke Ellington creció, en ese espíritu, como un niño victoriano. Nunca asistió, por ejemplo, a alguno de los primeros colegios mixtos de la zona —mixtos racialmente, se entiende— porque los blancos de escuela pública solían ser hijos de obreros. De ahí que su madre viviera a disgusto perpetuo desde que lo escuchó decir en la radio que él no componía jazz, sino negro music. Contemporáneo y promotor de los intelectuales del Renacimiento de Harlem, Ellington pensaba que la negritud, más que una disposición genética, era un estado único y radiante del espíritu.
     La larga decadencia del barrio de U Street ha servido para preservarlo intacto: el teatro Howard —sobre la calle T, entre la sexta y la séptima—, en el que el joven Duke escuchó por primera vez el blues, está abandonado e idéntico a como aparece en las fotos de principios de siglo. Junto a él, en aquellos tiempos, había un negocio llamado “Billar de Frank”, en el que Ellington aprendió a tocar el piano; el sitio sigue de pie y en funciones; ahora tiene el nombre —igualmente ingenioso— de “Billar de Rick”.
     México D.F.
 
    A principios de 1968, Duke Ellington anunció que haría una larga gira latinoamericana y que ésta concluiría el 28 de septiembre en el teatro de Bellas Artes de la Ciudad de México. Prometió estrenar para entonces una suite que se llamaría Mexican anticipation. En ese momento no tenía pensada ni una nota de la obra; como a Babe Ruth, ya sólo le entretenía apostar contra sí mismo. Cuando a fines del verano la orquesta llegó al Distrito Federal, su director sólo tenía terminado un movimiento. Se había distraído estudiando el tango y la samba.
     Una foto de la vasta iconografía ellingtoniana ilustra el espíritu general de aquel viaje: en ella se ve una fila inmensa de cajas metálicas sobre la banqueta del aeropuerto Benito Juárez. Los músicos platican sentados sobre ellas. Ninguno parece preocupado de que no estuviera ahí el autobús contratado para llevarlos a Puebla, donde acompañarían un baile esa misma noche; era 15 de septiembre. El director ni siquiera aparece en la placa: se había vuelto a un bar para poder conversar a gusto mientras el lío se solucionaba. Otra fotografía, tomada en Mérida unos días más adelante, revela que el espíritu laxo mantuvo su norma sobre todo el recorrido: Duke está retratado con una cruda de escándalo; lleva puesto un sombrerito de charro varias tallas menor que su cabeza.
     Me gusta pensar que Ellington tuvo, durante la víspera del Día de la Independencia, una iluminación similar a la que le promovieron los cuatro trombonistas del bar sin nombre de Harlem: para el día 28 estrenó la radiante Latinamerican Suite —una obra en siete partes que incluía cuatro sobre México—, más los estudios acerca de la samba y el tango. El quinto movimiento —con mucho el más intenso y aventurado— se llama “The Sleeping Lady and the Giant Who Watches Over Her”. La caída del sol debe haber producido acentos particularmente dramáticos cuando la orquesta cruzó el paso de Cortés. –— Álvaro Enrigue

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