Continuidad de otros parques

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Desde su primer número, aparecido durante el verano de 2003, Parque Nandino confirmaba una feliz sospecha: la prolongada sequía de revistas de literatura —de órganos, pues, cuyo solo propósito fuera difundir la creación y el pensamiento literarios— había concluido, al menos parcialmente. La noticia de su aparición fue motivo de júbilo, además, porque la Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco, gracias a las nobles gestiones de Francisco Javier Lozano del Real (entonces su director general de Actividades Culturales), había decidido asumir su mecenazgo por catorce números, sin cortapisas de ninguna índole. Bajo la batuta de León Plascencia Ñol y Luis Fernando Ortega, editores del impecable sello Filodecaballos, Parque Nandino sólo podía asegurarnos una publicación espléndida, lejos del gatillerismo, el gazapo conceptual y la monotonía en aras de una supuesta distinción que fomentan, por desgracia, las escasas revistas literarias de nivel en México.
     Ya editados sus tres siguientes números, Parque Nandino tuvo que sortear exitosamente algunos obstáculos: su distribución nacional, la inercia burocrática y una silenciosa conjura de los necios en Guadalajara. Con todo ello en su contra, la revista nunca dio síntomas de flaqueza. Al contrario: su valiosa nómina de colaboradores se expandía y solidificaba; su presencia ya era claramente decisiva e innegable, y alrededor de sus ejes temáticos —las ciudades y los viajes, la escritura, el cuerpo y el deseo, la enfermedad y la locura—, los textos escogidos mostraban una sostenida y creciente excelencia editorial. Fueran poemas inéditos de Gerardo Deniz, José Kozer o Jorge Fernández Granados; nuevas y reveladoras traducciones de autores como Arnaut Daniel, Franz Kafka, Serguéi Dovlátov o Sylvia Plath; cuentos de Gesualdo Bufalino, Phillip Roth o Fogwill; fragmentos de novela de Daniel Sada, Jacobo Sefamí o Cristina RiveraGarza; ensayos de Eduardo Espina, Luigi Amara o Ted Hughes, o columnas de Jorge Esquinca, David Huerta, Eduardo Milán y Mauricio Montiel, las siempre atractivas colaboraciones de Parque Nandino la perfilaron como una revista a todas luces única en su estado, en nuestro país y —¿por qué no?— en América Latina. Por su apasionada vocación de difusora de los nuevos tiempos literarios y su marcada independencia política e intelectual, no me resulta exagerado ver en esos cuatro números de Parque Nandino el precoz restablecimiento de un diálogo que entablaran revistas como Orígenes, Plural, la Revista Mexicana de Literatura, Sur o, en su primera década de vida, Vuelta.
     Pero un idilio no suele sucumbir ante los celos domésticos, sino ante la intriga vecinal, y el arte más auténtico, aquel que abrió caminos a empellones solitarios, termina por ser materia abierta —en palabras de Harold Bloom— en esa numerosa Escuela del Resentimiento. Ya editado el cuarto número de Parque Nandino durante la primavera de este año, aquel silencioso y necio colectivo tuvo respuesta y venganza a la vez: Lozano
     del Real, soporte y enlace entre Parque Nandino y la señora Sofía González Luna, esa increíble secretaria de Cultura del Gobierno de Jalisco, fue separado —injustamente, por cierto— de su cargo. A ello hay que añadir que Jorge Souza, humilde periodista y poeta por rencor, lección ejemplar de la perseverancia de la medianía, fue nombrado director de Literatura de dicha dependencia. Con él llegó, en solidaridad —y, me atrevería a decir, en desleal complicidad— con la conjura, una serie de ridículas exigencias, como la incorporación de ciertos escritores al consejo editorial de la revista, en prenda por el pago de diezmos de amistad y relaciones públicas del propio Souza, la absoluta focalización editorial en las letras jaliscienses (es decir, la reducción de colaboraciones nacionales y extranjeras) y la clausura de las columnas de Esquinca, Huerta, Milán y Montiel.
     No esperemos razones legítimas o sensatas para tales exigencias, ni siquiera una coherencia mínima en los torpes desmentidos que Souza ha realizado de esta versión de los hechos, verosímil y confiable. Ante el despliegue de tanta estolidez, secundada por el poder a ciegas, Plascencia Ñol y Ortega solucionaron efectivamente el dilema moral de Parque Nandino: se negaron a aceptar los términos de Souza y, con ello, culminó su asociación, renunciando así al apoyo asegurado para la revista. Para orgullo y fortuna de sus editores, Parque Nandino concluye esta primera época con el resguardo de su nombre, con la mejor parte de su consejo editorial en pie y, naturalmente, con la intacta pasión e insobornable inteligencia de su oficio. Los lectores y colaboradores de la revista agradecemos la continuidad de su proyecto.
     Si tuviéramos Parque… no estaríamos aquí, aguardando con un mismo júbilo su pronta reinauguración. –

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