Cosas que pasan

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A eso de las once de la noche se produjo una ruptura en un canal que traslada aguas negras junto a mi departamento. Nunca me hubiera imaginado que hubiera un canal de aguas negras en un quinto piso. No pude taponar la fuga, y en una hora las aguas negras alcanzaron un metro de altura. Los libros, los tapetes kilim, los discos, la ropa, los sartenes, la caja de rice-krispies, las piezas del ajedrez —el juego ciencia— flotaban en el líquido elemento.
     Lo de líquido es un decir. Era un puré de bacterias, virus, microbios y, para decirlo en el idioma del Dante, di merda. Un par de horas después salieron del armario unas patrullas y unos soldados que declararon el plan de emergencia civil M-3. Se comenzaron a referir a mí y a mis gatos como "los damnificados". Unas enfermeras nos comenzaron a vacunar contra el tétanos.
     Al amanecer llegó un grupo de ingenieros que se abocó a taponar la ruptura. Un soldado se empeñaba en trasladarme a un albergue. Me negué cortésmente, temeroso del pillaje. Las piezas del ajedrez hacían cola ante una de las enfermeras que repartían caldo de pollo caliente. Una reportera de la tele entrevistaba a los gatos llorosos: "nos quedamos sin nada", etc.
     Un tráiler que iba rumbo a la alacena entró velozmente por el corredor que va de la recámara a la sala. No calculó la altura del quicio de la puerta. La caja de carga se desbarató en el golpazo. Medio centenar de cerdos salió disparado por todos lados. Los que se murieron, flotaban sobre las aguas negras como islotes sonrosados. Los que no, nadaban por aquí y por allá como unas Esther Williams obesas, riñendo por la caja de rice-krispies.
     El subsecuente conflicto vial fue de muy amplia magnitud. Miles de automóviles quedaron detenidos en la recámara principal, sonando sus bocinas y lanzando insultos. El chofer del tráiler dijo que se desvió de su ruta porque la manifestación de docentes bloqueaba la intersección del vestidor y el baño. Un aguacero comenzó a caer del techo tiroleado y se convirtió en una catarata que arrasó con varias colonias populares de las que hay entre los libreros. El chofer del tráiler se ligó a una enfermera. Se metieron a una repisa alta en el clóset de blancos.
     Entre los bocinazos, se escuchó un potente ruido que venía de la cocina: el microondas. Un rugido espeluznante acompañó a una intensa bocanada de pómez, vapor y azufre. Una de las más fuertes desde que el microondas entró en actividad hace años. El viento arrastró la nube de ceniza hacia la estancia, donde comenzó a tender lentamente una sábana gris sobre el lago de merde, para decirlo en la lengua de Corneille. La ceniza se mezclaba con el ozono tanto como con la cal que arrojaban los soldados para prevenir epidemias. Los señores del Centro Nacional de Prevención de Desastres llegaron tarde a causa del embotellamiento. Recogieron muestras de ceniza y pusieron un semáforo de alerta volcánica frente al microondas humeante. Felizmente, su luz era amarilla. Un grupo de braceros salió del muro sur del departamento, nadando furiosamente, con ánimo de llegar al muro norte, donde ya los esperaba la border patrol. En el clóset, la enfermera comenzó a parir un promedio de 3.5 niños por hora.
     La manifestación de los docentes salió del estudio, gritando consignas contra el neoliberalismo. También gritaban "¡Únete pueblo!" (La verdad, ya habían reunido más que suficiente pueblo con el embotellamiento.) El jefe de ingenieros anunció solemnemente que en 24 horas se arreglaría el desperfecto. La reportera entrevistaba a los peones del ajedrez:"fue espantoso", etc. Marcel Marceau comenzó a brindar su espectáculo en una repisa de la sala. La multitud se puso furiosa porque no se oía nada. El inmortal Mimo canceló la función. Un aironazo con ráfagas de ochenta kilómetros en-tró por la terraza. Limpió un poco el aire, pero tiró varios anuncios espectaculares con las caras de los candidatos. Los anuncios cayeron sobre los braceros, que se ahogaron.
     El CGH se juntó a la marcha de docentes. El tráfico norte-sur, que va de la terraza a las recámaras, quedó paralizado. Los ánimos se caldeaban. Varios automovilistas se liaron a golpes con los docentes, que a su vez trataban de tirar las vallas de los granaderos, que se pusieron en huelga de hambre. Unos helicópteros de noticieros que revoloteaban por el techo chocaron y cayeron en llamas sobre el tumulto. Otro aterrizó en la mesa de centro y se bajó el presidente. Supervisó los daños. Lo entrevistó la reportera. Me dio una canasta básica. El chofer del tráiler le hizo la petición de poner una guardería en el clóset.
     Comenzó a temblar. Las lámparas iniciaron su tradicional hula-hula, los cuadros rascaban las paredes salpicadas de shit, como habría dicho el Cisne de Avon. El miedo paralizó a la gente. Las bocinas callaron; los cerdos dejaron de gruñir; la estufa de exhalar; los bebés de chillar en el clóset; los manifestantes de rechazar al neoliberalismo. "El epicentro se localiza en las costas del fregadero", anunció la reportera.
     Por fin un poco de silencio. No se oía nada. Apenas las jaculatorias de los creyentes y el sonido de las olas de Scheiße, para decirlo con Goethe, chapoloteando contra los ventanales al ritmo del terremoto. "Bueno. Voy a votar y ahorita regreso", les dije a los gatos. "Ahí les encargo". –

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