El Moisés mexicano

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En su Política española (1619) Juan de Salazar, el abate benedictino español, subrayó “la similitud casi total” de los pueblos hebreo y español, y llegaba a la conclusión de que “el pueblo español es el regalado de Dios en la ley de gracia y quien en especial sucedió en el lugar que tenía el electo en tiempo de la ley escrita”. La conquista musulmana ¿no redujo a los españoles a un cautiverio muy semejante al que padecieron los israelitas en Egipto? Y el rey Pelayo, quien salvara a Asturias del dominio moro, ¿no fue un verdadero Moisés? En cuanto al emperador Carlos V, Salazar lo saludaba como un segundo rey David, para caracterizar a Felipe II como un indisputable Salomón, en especial en cuanto al “insigne y portentoso edificio de San Lorenzo el Real, que hizo fabricar en El Escorial a imitación del famoso templo que en Jerusalén edificó Salomón”. Sin embargo, a diferencia de los judíos, quienes muy pronto cayeron en la idolatría, los españoles jamás traicionaron la fe católica. En estas temerarias afirmaciones, Salazar se extendió sobre la interpretación providencial de la identidad castellana planteada por primera vez en el siglo xv por el obispo converso de Burgos, Alfonso García de Santa María, quien sostenía que debido a la guerra de siglos en contra del islam los reyes de Castilla debían disfrutar en los consejos de la iglesia occidental un rango más alto que el de los monarcas que tan sólo lucharon en contra de sus vecinos cristianos. En conclusión, Salazar pintaba el actual conflicto entre la casa de Habsburgo y los turcos otomanos como el episodio más reciente en la sempiterna refriega entre las dos ciudades, Babilonia y Jerusalem, pero predijo que para 1661 los Reyes Católicos prevalecerían y que España “será el asiento y silla de la universal monarquía, a quien (como se ha visto de lo que dijo Daniel) han de obedecer todas las naciones”.

El descubrimiento y la conquista de las Américas confirmaron la creencia procedente del siglo xvi según la cual España y su monarquía habían sido electas por la divina providencia para defender y ampliar la esfera de la religión católica. En una apología formal de su nación, el cronista humanista Francisco López de Gómara declaró: “nunca jamás rey ni gente anduvo y sujetó tanto en tan breve tiempo como la nuestra […] así en armas y navegación como en la predicación del Santo Evangelio y conversión de idólatras”. Cuando los misioneros franciscanos llegaron a Nueva España en 1524, caminaron descalzos desde el puerto de Veracruz hasta la ciudad de México, donde en presencia de la nobleza, tanto española como indígena, Hernán Cortés, el conquistador y capitán general, se arrodilló en el polvo para besar la mano del jefe de los misioneros, fray Martín de Valencia. Si el carácter demoniaco de la religión nativa consternó a estos frailes, más los regocijó encontrar una respuesta entusiasta a sus prédicas y en breve contaron con la ayuda de un gran número de niños reclutados de la nobleza que venían a actuar como sus intérpretes. El primer cronista franciscano de esta etapa, fray Toribio de Benavente, mejor conocido por su nombre náhuatl, Motolinía (“el pobre”), defendió con audacia esta conversión masiva como el éxodo de un nuevo Israel del Egipto de la idolatría a la tierra prometida de la iglesia cristiana, aun reconociendo que dentro de poco tiempo el viaje iría acompañado de gran sufrimiento, explotación y epidemias. Por todo eso escribió: “Como floreció en principio la Iglesia en Oriente, que es el principio del mundo, bien así ahora en el fin de los siglos tiene de florecer Occidente, que es fin del mundo.” En términos rebosantes celebró la refundada ciudad de México: “Eras entonces una Babilonia, llena de confusiones y maldades; ahora eres otra Jerusalén, madre de provincias y reinos.” Y sostuvo que Hernán Cortés había sido elegido por la divina providencia para traer el evangelio cristiano a la tierra, saludándolo como “singular capitán de esta tierra de Occidente” y como un “hijo de la salvación”.

A Jerónimo de Mendieta, el principal discípulo de Motolinía, le correspondió definir el significado eclesiástico de la conversión de los indígenas en México al señalar que si Martín Lutero había llevado a las ricas y orgullosas naciones de Europa a la herejía y la perdición en 1519, en el mismo año Hernán Cortés iniciaba la destrucción del reino de Satanás en México y llevaba a sus pobres y humildes pueblos a la congregación de la iglesia católica. El acto mayor del conquistador había sido arrodillarse y besar la mano de Martín de Valencia, pues a partir de ahí inauguró el éxodo de los indígenas de la idolatría y actuó como otro Moisés. Aunque la crónica de Mendieta no se publicó sino hasta el siglo xix, una gran parte se imprimió en la Monarquía indiana (1615), el enorme compendio que armó Juan de Torquemada, el cual abordaba tanto la historia nativa de Anáhuac como la fundación de la iglesia misionera. En los capítulos dedicados a la conquista española Torquemada preservó el contraste que hiciera Mendieta entre Lutero y Cortés y asimismo transmitió a la posteridad la definición de conquistador como un Moisés mexicano, quien al liberar a los indígenas compensó a la iglesia católica de la pérdida de la Europa del norte.

Como es obvio, el entusiasmo partidario de estos cronistas franciscanos los traicionaba al lanzar el encomio de Cortés. Aunque Moisés fue el jefe de los israelitas que eligiera la divinidad, quien primero negoció con el faraón y luego sacó al pueblo elegido de Egipto, fue sobre todo un profeta, lo que equivale a decir, alguien a quien Dios le habló, primero por medio de una zarza en llamas en Horeb y luego en el monte Sinaí. Más aún, fue asimismo el legislador inspirado, quien no sólo dio a conocer los diez mandamientos sino que estableció un complejo código de moral social que regía la mayoría de los aspectos de la vida de los hebreos y cuyo texto llenaba los libros del Levítico y Números. En contraste, Cortés era un gran capitán, el conquistador que levantó su capital en medio de las ruinas de México-Tenochtitlán y quien más impulsó la conversión de los pueblos de naturales.

Irónicamente en las páginas de Torquemada, de hecho, aparece una figura que desplegó muchas de las características de Moisés, una descripción que el franciscano encontró en la Historia natural y moral de las Indias (1590), en la que el cronista jesuita José de Acosta declaró que antes de la llegada de los españoles todo el Nuevo Mundo había sido dominio exclusivo de Satanás. Identificó entonces al dios mexicano Huitzilopochtli como el diablo encarnado, quien guió personalmente a “la nación mexicana” durante su larga peregrinación por los andurriales norteños que daban inicio en su tierra natal, Aztlán, hasta el valle de México. Durante su viaje Satanás se comunicaba con Mexi, el “caudillo y capitán” de ellos, por medio de oráculos y sueños, y actuaba de tal manera que Acosta comentó la similitud entre “lo que las historias de
los mexicanos refieren, a lo que la Divina escritura cuenta de los israelitas”, toda vez que Satanás copió, deliberadamente, la experiencia de los hebreos con respecto a Dios e instituyó ritos y leyes que eran una blasfema parodia de los mandamientos mosaicos. Aunque en todo esto Acosta describía a Huitzilopochtli como Satanás personificado, su intervención era tan constante e inmediata como para representar el papel de un Moisés guía, profeta y legislador.

Durante las primeras décadas del siglo xvii la descendencia, nacida en México, de los conquistadores españoles, así como colonos que llegaron después a la Nueva España, defendieron con fuerza su derecho a participar en el gobierno de su país, ya fuera como oidores, regidores o alcaldes mayores.

A la vez, si bien sentían orgullo de su noble ascendencia española, también festejaban un orgullo de reciente cuño en las glorias imperiales de México-Tenochtitlán. Pero la Nueva España se definió, en especial, por su intensa devoción católica que llevó a muchos de sus mejores hijos e hijas a tomar estado en la vida religiosa o en ingresar al sacerdocio. Fue precisamente en esta época que se publicó el opúsculo Imagen de la Virgen María, Madre de Dios de Guadalupe. Milagrosamente aparecida en la ciudad de México. Celebrada en su historia, con la profecía del capítulo doce del Apocalipsis, donde Miguel Sánchez, un sacerdote criollo, informaba a sus compatriotas que la Virgen María había aparecido en México en 1531 ante un humilde indígena de nombre Juan Diego. Ella le ordenó que fuera con el obispo de México, Juan de Zumárraga, y que le informara de la aparición y de los deseos de ella:

 

Quiero que se me funde aquí una casa y ermita, templo en que mostrarme piadosa Madre contigo, con los tuyos, con mis devotos, con los que buscaren, para el remedio de sus necesidades.

 

Cuando el obispo exigió una prueba de la aparición, la Virgen instruyó a Juan Diego para que subiera al cerro de Tepeyac, recogiera unas flores en su humilde tilma y las llevara a Zumárraga. Al soltar su tilma, las flores cayeron y dejaron ver la imagen de la Virgen María de Guadalupe grabada milagrosamente sobre la tilma. Entonces el obispo se apresuró a levantar una capillita donde se pudiera venerar la imagen.

No hay lugar para extenderse en los densos y especulativos comentarios que dio Sánchez con el fin de persuadir a sus lectores clericales sobre el significado de esta aparición de la Virgen María en su imagen guadalupana. A manera de preludio, Sánchez interpretó la conquista de México como reposición de la apocalíptica batalla entre Satanás y san Miguel, en la que el imperio de Moctezuma figuraba como la “imperial monarquía de las siete coronas”, un estado diabólico basado en antiguos reinos indígenas. En contrapartida, Hernán Cortés y su banda de conquistadores, de manera algo incongruente, “gocen el título de ángeles en ejército, para la conversión de aqueste Nuevo Mundo y fundación de la Iglesia”. Más importante, Sánchez glosó la similitud de Juan Diego y Moisés, no tan sólo porque enfrentaran a las respectivas figuras del faraón y Zumárraga, sino sobre todo porque el indígena bajó del cerro de Tepeyac con las flores en su tilma, las cuales en breve se transformarían en la imagen de la Virgen María, la cual estaba destinada a convertirse en el Arca de la Alianza mexicana. Sánchez escribió: “no hay circunstancia en aqueste milagro e imagen santísima de María, que no tenga vislumbres de profetizada […] Tres veces llamó santo Moisés a la cumbre del Monte Sinaí”. Si Moisés subió una tercera vez al Sinaí fue para construir el tabernáculo, el templo móvil del Arca de la Alianza. Así también Juan Diego fue elegido para actuar como “mensajero y diligenciero del templo y casa de Guadalupe, donde había de guardar el arca verdadera, que es María”. En todo lo anterior, Juan Diego actuó como profeta, alguien a quien la Virgen llamó y eligió como mensajero para establecer un templo que albergara su imagen de Guadalupe.

El papel de Juan Diego como el Moisés mexicano quedó claramente expuesto en los encantadores versos de Felipe de Santoyo García, un español residente en México, los cuales se cantaron en la catedral de México durante los maitines del 12 de septiembre de 1690. Tras seguir a Sánchez en la identificación de Nuestra Señora de Guadalupe como la Mujer descrita en el capítulo 12 del Apocalipsis, continuaba:

 

Allí el Horeb mexicano

de resplandores difunde

sin consumirse una Zarza

aunque hay llama que la inculque.

 

Allí, al mirar el prodigio

de la Flor de Guadalupe,

no hay diciembre que no acabe

ni abril que flor no tribute.

 

Aquel que a Moisés imita,

cándidamente descubre

no sólo en la Zarza el ángel,

mas la que en flores se esculpe.

 

[…]

 

Tierra Santa es donde estás,

Juan Diego. A ese cerro sube,

que no sólo te habla un ángel;

la Reina es de las virtudes.

 

Cuando en diciembre de 1746 se aclamó a Nuestra Señora de Guadalupe como “Patrona General y Universal” de los reinos que integraban el virreinato de Nueva España, en su día el doctor Bartolomé Felipe de Ita y Parra, tesorero de la catedral de México, pronunció un sermón titulado “El círculo de amor”, en el santuario de la Virgen en Tepeyac, en el cual comparaba “la nación indiana” con los antiguos israelitas que se reunían en el templo de Jerusalem. Luego afirmaba que si Cristo hubiera aparecido en forma de fuego, como en la zarza ardiente que viera Moisés en Horeb, tan semejante al Tepeyac, Juan Diego, “el Moisés de las Indias”, se había visto enfrentado por otra zarza ardiente en la que María apareció como luz, ardiendo con el fuego del sol, la luna y las estrellas. Casi al mismo tiempo, en su Guadalupano zodiaco (1750), Francisco Xavier Lazcano, un jesuita profesor de teología en la Universidad de México, ofreció una amplia comparación de Juan Diego con Moisés:

 

¿Quien no ve en esta embajada, repetida maravillosamente la armoniosa conducta de Dios de Israel, cuando apareció en la zarza penetrada de ardientes fogosas llamas a Moisés para libertar a su pueblo de la tiranía de Faraón? Allí habla Dios desde el medio de la encendida zarza en el monte Oreb; aquí habla María desde el centro del Sol, en un monte cubierto de espinas. Allá habla Dios con Moisés enviándole por su embajador a Faraón; aquí habla María con Juan Diego, enviado también por su embajador, al Ilustrísimo obispo… Obra Dios prodigios nunca vistos en la Corte de Faraón por mano de Moisés; a las manos de Juan Diego manifiestan en la Corte Imperial del Occidente, el más regalado nunca visto portento de María.

 

En todo lo anterior somos testigos de una asombrosa aplicación de la visión original de Miguel Sánchez, en la que un humilde indígena volvía a representar el papel del patriarca hebreo. Sin lugar a dudas, Cortés siguió siendo honrado hasta el final del gobierno español en México, pero ya no se le ocurrió a nadie más el compararlo con Moisés.

La insurgencia de 1810 abrió un nuevo ciclo en la historia mexicana, la cual durante más de cien años estuvo dominada por la guerra civil, las invasiones extranjeras y una revolución. Durante esta tumultuosa etapa, un selecto número de jefes buscó, con diversos grados de éxito, dominar la violencia que asolaba al país y poner las bases de una política estable y de una economía bullente. A algunos los inspiró la visión de un futuro mejor, otros deseaban sencillamente restaurar el orden. Fue una época guiada por los ideales republicanos, neoclásicos, los cuales contrastaban, lamentablemente, con las realidades populares del país. Y aunque la iglesia católica logró renovar su presencia institucional, no llegó a influir en el principal derrotero de los hechos o proponer una forma de cambio alternativa. Por lo tanto, corresponde a los lectores de este ensayo, decidir qué dirigentes políticos merecen el título del Moisés mexicano, sea como caudillo revolucionario o como legislador, o de hecho concluir posiblemente que Juan Diego no tiene un rival digno. ~

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