El otoño recorre la isla

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El otro día, a la salida del trabajo, sentí frío y tuve que regresar a ponerme el saco. El otoño había llegado a Manhattan. Durante el verano dejo saco y corbata en la oficina y regreso a casa en camisa. Pero esa tarde tuve que regresar por el saco. Los que nacimos en el D.F. estamos destinados a asombrarnos de los cambios de estaciones. Aquí son muy marcados, y eso nos da no sé qué acompasada y mansa alegría. Y con esa alegría decidimos mi mujer y yo ir al teatro.
     La cortesía japonesa, que es, como se sabe, muy elaborada, prescribe empezar siempre las cartas hablando del clima. He cumplido y, como dice Bernal Díaz del Castillo, sigo con mi cuento.
     La ciudad recupera poco a poco su ritmo después del asalto que sufrió. Aunque, se dice, tardará mucho en recobrarse, una década probablemente, y hay quien sostiene que tal vez nunca vuelva a ser la misma. Por lo pronto, los teatros a los que fuimos, dos, estaban llenos a reventar. La primera fue una pieza de Sam Shepard en el Signature Theatre, parte de una serie de estrenos de obras inéditas de dramaturgos americanos: El difunto Henry Moss. Obra tersa en la forma, aunque brutal por el contenido: dos hermanos recuerdan los últimos momentos de un padre alcohólico pero lleno de maligna energía, una especie de gigante irresponsable que todo lo destruía. Momento crucial: el hermano mayor no supo enfrentar al padre ni detenerlo cuando golpeaba a la madre. Y todos, el padre mismo (en flashback) y el hermano menor, lo culpan de esa debilidad: él mismo se culpa; el pobre muchacho salió huyendo y la madre, harta, abandonó al padre y a ellos. Este recuerdo, y otros semejantes, deshacen al hermano mayor. El menor, mientras, apunta a seguir los pasos del padre: enérgico, dependiente de los demás y, al mismo tiempo, destructor.
     La obra se aligera con tres personajes secundarios, cómicos dos de ellos. Son de origen mexicano —la acción se desarrolla en la frontera de México y los Estados Unidos: un hombre manso y una mujer turbulenta. El hombre guisa platillos mexicanos y los ofrece al padre alcohólico, quien, sin embargo, lo maltrata sin piedad. "¿Entonces por qué le traías de comer?", pregunta el hermano menor. "Porque yo sabía que me espiaba, que me estaba esperando". Buena respuesta: suficiente para dar la soledad y el orgullo del viejo alcohólico, y la mansa bondad del mexicano.
     La otra obra fue La danza de la muerte, en el Broadhurst Theatre, clásico rencoroso de Augusto Strindberg sobre el matrimonio, con dos grandes actores ingleses, Ian McKellen como el Capitán, y Helen Mirren como su esposa.
     La pieza es un estudio sobre el vínculo matrimonial: según el autor, esa entremezcla inseparable de amor-odio. No-puedo-vivir-contigo-y-no-puedo-vivir-sin-ti. La obra tiene sus rarezas, como que es de Strindberg. El capitán, por ejemplo, entra en escena a los umbrales de la muerte, y acaso los franquea, y regresa de allí revitalizado y swedenborgiano. Y, claro está, con toda la misoginia del maestro sueco.
     A mi mujer no le gustó mucho, le pareció mejor la pieza de Shepard. Pero a mí volvió a maravillarme la demencial minuciosidad de Strindberg, el loco elocuente, y también su envidiable libertad de inventiva escénica.
     Pero en la mañana había ido al Museo Metropolitano a ver los misteriosos cuadros del romántico alemán Caspar David Friedrich. La exposición es chiquita pero muy nutritiva. Y en la antesala están los mapas de la luna. ¿Puedes creerlo? No sé qué fiebre se desató en el siglo pasado de hacer mapas minuciosos de la luna, cráter por cráter, y ahí están, como prueba de la puntualidad alemana (lo mismo podrías hacer el mapa perfecto de las rugosidades de un ladrillo). Dos hombres mirando la luna, eso es todo. Pero los pequeños cuadros —todos son chicos— se cargan de enigma: algo quieren decir que se nos escapa, que no atrapamos. Y el espectador mira y se queda pensando: algo dice, pero ¿qué es?, ¿qué está diciendo? Dicen que Samuel Beckett vio uno de estos cuadros en 1937 en Dresde, y de ahí, pensando, pensando, como nosotros, nació Esperando a Godot (1952).
     Una pista: se sabe que la ropa de quienes contemplan la luna —que tiene el estilo del atuendo que gastaban los estudiantes radicales de las universidades alemanas de aquellos años— fue prohibida por el reaccionario Congreso de Viena. Caspar Friedrich, rebelde, desoyó la prohibición y siguió usando la ropa ilegal hasta su muerte. ¿Qué ven entonces en esa luna nuestra? ¿La libertad política que les negaban? Todo puede ser. Pero lo aleccionador, lo que hace de estos cuadros verdaderas obras de arte, es la contundente sencillez con que está planteado el enigma. Dos siluetas, la luz de la luna: con eso tienes, no precisas más.
     El tiempo restaña todas las heridas. El otoño está en Nueva York y la vida, al margen de la horrible política, de la siempre horrenda y mezquina disputa por el poder, retoma lentamente, tristona a veces (como corresponde a la estación), su curso. Y vuelve a circular. –

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