El talibán nativo

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Cuando las tropas de la Alianza del Norte y sus asesores occidentales drenaron como si fueran ratas los últimos focos de resistencia incrustados en las catacumbas del fuerte de Mazar-e-Sharif, en uno de los episodios más turbios y sangrientos de una guerra ya de suyo sangrienta y turbia, los televidentes norteamericanos pudieron contemplar, con incredulidad y con horror, que uno de aquellos energúmenos de cabello hirsuto y ojos desorbitados no era otro que su imposible compatriota John Walker Lindh, convertido por razones insondables a la divina causa de quienes juraron dar la vida en la lucha contra el Satanás americano.
     Los pasos que siguió para ponerse en esa situación comienzan a dilucidarse. Poco después de su conversión al Islam en una mezquita cercana a su casa, Walker decidió que Estados Unidos no ofrecía las condiciones mínimas para la práctica de una vida apegada a las enseñanzas del Corán. Mientras sus compañeros de escuela se preparaban para ir al college, John negoció con su padre los fondos necesarios para viajar a Yemen, donde profundizaría sus estudios del árabe y podría vivir, por fin, como Dios manda. Quienes lo conocieron allá cuentan que su celo de converso chocó al poco tiempo contra lo que eran, sin duda, imperdonables faltas de ortodoxia de la población local. Se negaba, como es natural, a rezar en un mismo cuarto con fieles de la confesión chiita, y le horrorizaba la perspectiva de encontrarse mujeres con el rostro descubierto por todas partes. Cuando el gobierno de Yemen le rehusó el permiso para desplazarse al pueblo en donde tiene su madrassa un célebre clérigo radical, con la tímida excusa de que en aquellas montañas suelen degollar a los visitantes occidentales, John Walker llegó al límite de su paciencia y se fue a vivir a Paquistán, en busca de prados más fértiles para su fervor místico. Todo parece indicar que ahí los encontró sin ningún problema, porque la próxima vez que se supo de él ya andaba echando bala con las huestes de Osama.
     No resulta sencillo desentrañar, en la breve biografía del joven Walker, las oscuras fuentes de su resentimiento contra el suelo patrio. Al menos en apariencia, su vida califica como prototipo emblemático de la vertiente más liberal del sueño americano. Hijo de una familia blanca de clase media acomodada, John vivió siempre en barrios impecables, acudió a escuelas progresistas, contó con el cariño de sus padres, el apoyo entusiasta de sus maestros, las terapias de rigor, clases de flauta, libros con fotografías, CDroms, computadoras, viajes. A pesar del catolicismo nominal de su familia, su incursión espiritual en el Islam fue recibida con el mismo absoluto respeto que merecieron siempre todas sus decisiones personales. A falta del padre abusador o de la madre ninfomaniaca, los resortes psicológicos que pudieron haber condicionado su trayecto, de los floridos prados del condado de Marin a las fétidas trincheras de la sierra afgana, siguen siendo para todos un rotundo misterio.
     Misterio o no, su captura ha resultado pésima propaganda. Nadie entiende bien a bien por qué, en lugar del archimalévolo Bin Laden, o ya de perdida el siniestro mulá Omar, el increíble despliegue militar de Estados Unidos, con sus nada despreciables costos en muertos inocentes, inestabilidad regional y dólares a carretadas, no ha conseguido prender en sus redes peces más gordos que el escuálido jihadín americano, un talibán hecho en casa. Y aunque su relevancia estadística pueda ser insignificante (no hay evidencias de que los adolescentes norteamericanos tengan la intención de convertirse al islamismo radical en masa), las incómodas aristas simbólicas del periplo del joven Walker no se pueden desdeñar. Que un muchacho con posibilidades de libertad fuera de lo común, en un país que dice representarla (y que se supone que ha ido a la guerra sólo para defenderla), decida dar la espalda a ese mundo de puertas abiertas para abrazar con pasión la doctrina homicida de una mentalidad carcelaria no es precisamente el sueño dorado de los expertos en relaciones públicas del Pentágono.
     Lo que sigue, evidentemente, es decidir a quién echarle la culpa. Y es ahí donde se aprestan ya las baterías para la guerra cultural. Hasta ahora, todos los dedos apuntan hacia la educación "hiperliberal" que recibió el futuro terrorista desde su infancia. Víctima de un multiculturalismo acrítico y deformante, reza más o menos el argumento, su tierno espíritu quedó a merced de cualquier secuestrador de identidades. Es cierto que la lectura de la autobiografía de Malcolm X parece haberlo afectado, y es cierto que la última escuela donde estuvo no tenía programa establecido ni horario de clases; también es cierto que los argumentos que se postulan, sin rubor alguno, en muchos establecimientos de vanguardia y en un sinnúmero de chatrooms de internet bien podrían conducir a una mente todavía inexperta a la conclusión apresurada de que este país, que en apariencia ha consagrado la libertad de expresión, la igualdad ante la ley y la democracia, es en realidad la organización criminal más sanguinaria de la historia. Pero hasta ahora no se sabe que otros compañeritos de Walker anden también de matones disfrazados con un turbante. Por otro lado, lo que salta a la vista de cualquiera es que muchos de los preceptos, y de las visiones, de esa vertiente extrema del islamismo que representan los talibanes poco le piden a lo que se predica en las márgenes más fundamentalistas de la derecha religiosa americana. Lo dijo mejor una señora a la que entrevistaron: "Es como si tu hijo se convierte en presbiteriano y luego resulta que anda metido con el Ku Kux Klan."
     De modo que el caso Walker resulta inevitablemente una especie de termómetro del estado de ánimo nacional. El primer hecho significativo es que se haya tomado la decisión, con un ojo puesto en la ley y el otro en las encuestas, de darle un tratamiento jurídico más cercano al de oveja descarriada que al de miserable traidor. Esa sutil diferencia significa, de entrada, que va salvar el pellejo pase lo que pase. El contraste con sus antiguos compañeros de armas, alojados en un limbo legal en las jaulas modelo gallinero de la base de Guantánamo, no podría ser más notable. El que algunos de ellos provengan, como él, de países occidentales no les ha servido de nada. Al parecer, a los ojos de Estados Unidos todos los terroristas son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Los cínicos dirán que la diferencia radica en que aquéllos no son niños bien, sino hijos de inmigrantes musulmanes. Lo que parece innegable es que ser ciudadano de Estados Unidos pone automáticamente a cualquiera en una categoría aparte. Y eso no casa por completo con el argumento de que su ejército anda aventando bombas por el bien de todos, en la defensa irrestricta de principios universales. –

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