Gestas de la perdición

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Leo en El tiempo de Bogotá la noticia de las muertes de Jaime Sabines (1926-1999) y de José Agustín Goytisolo (1928-1999), poetas de personalidad distinta pero a pesar par. Más allá del prosaísmo y de una cierta hospitalidad a la vulgaridad humana, que ambos arrancan de una similar mitología, al miles gloriosus que canta la fábula de sus hazañas, su hazañoso y honroso itinerario, Sabines y Goytisolo oponen la mitología del miles fracasus: el folclor y liturgia de las propias derrotas lanzan himnos a la tristeza y al desengaño, se burlan aunque quede el burlador burlado. Si el soldado que exalta sus hechos es vanidoso y carece de sentido del humor, el soldado perdido entona con ironía musical y humanística nostalgia las gestas de su perdición, y su vía crucis es una comedia profana salvada por el buen humor del cantor que va componiendo la gesta del cantor perdido y de los perdidos. No es casual entonces que la muerte, el crimen, la enfermedad, el sufrimiento y la contrahechura en general sean las materias primas preferidas de su ironía.
     La cosa viene de lejos. Se podría remontar acaso a Villon y en castellano a Quevedo. Tampoco es un azar que J. A. Goytisolo y Sabines hayan prosperado en líneas paralelas en sus respectivas ciudades. Ante el ejército de los autosatisfechos y autoabombados se yerguen los desertores de la vanidad que han decidido acompañar a los escuadrones en calidad de juglares, es decir de médicos.
     Entre el soldado que se vanagloria de sus triunfos y el que ensalza sus derrotas no hay en el fondo mucha diferencia, salvo si por las derrotas en cuestión el poeta se mortifica para los demás, los cura en la salud de su confesada, inconfesable enfermedad. –

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