Jesús Blancornelas, libre como el viento

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La vida, el trabajo y la pasión periodística de Jesús Blancornelas no carecieron de sentido, pero muy probablemente vivió y ejerció en un país y una ciudad que no se lo merecían. Llegó a Tijuana en 1977 y fundó el periódico ABC, del que llegó a vender 35,000 ejemplares y fue perseguido y obligado a cerrar por el gobernador Roberto de la Madrid; en 1980, junto con Héctor Félix Miranda, fundó el semanario Zeta que sigue hasta ahora “libre como el viento”, según su lema de batalla.

Muerto el 23 de noviembre de 2006 por una enfermedad, se diría que Blancornelas profesó un periodismo heroico, pero tal vez el adjetivo más señero sería quijotesco. Después del atentado en el que recibió cuatro potentes balazos y al que sobrevivió el 27 de noviembre de 1997, se encerró y circuló protegido por una escolta militar de doce elementos. A partir de entonces, y como nunca antes, consagró los años restantes de su vida a combatir la estructura mafiosa de los narcotraficantes Arellano Félix: un hombre contra el mundo. Un caso único, irrepetible para cualquiera de sus colegas periodistas en Baja California y en todo el país. Inimitable. Dueño de una absoluta fe en la transformación de las cosas injustas, es posible sin embargo que su optimismo se aviniera poco con un país y una ciudad donde no alcanza a cuajar la protesta civil, donde las ideas no rebotan y la investigación periodística –aunque suponga jugarse la vida en el camino– no repercuten en la conciencia de la sociedad ni en la sensibilidad de los gobernantes.

Había nacido en San Luis Potosí en 1936. Se inició en el oficio como reportero de deportes e hizo su primera aproximación a Baja California, donde residía desde 1960, cuando en Mexicali empezó a trabajar en La Voz de la Frontera. Pasó un tiempo como exiliado político en San Ysidro, California, acosado aún por Roberto de la Madrid, y fue de allí de donde volvió meses más tarde, en 1980, para crear el tabloide semanario que le daría renombre: Zeta, el informativo más leído e influyente en la esquina noroccidental del país, y el de más tiraje en la historia regional, unos cuarenta mil ejemplares.

Pero la historia de Zeta habría de tener un hito: la fecha en que fue asesinado su subdirector Héctor Félix Miranda, el 20 de abril de 1988, autor de la columna “Algo de algo”, en la que hacía arriesgados juegos de palabras y satirizaba acremente a figuras públicas anteponiendo a su primer apellido la palabra “Félix”. Desde el primer momento pudo establecerse que los sicarios Victoriano Medina, Antonio Vera Palestina y Emigdio Nevárez eran empleados de Jorge Hank Rohn en un hipódromo, el de Agua Caliente, en el que ya desde entonces no había carreras de caballos. Dos de los asesinos materiales fueron condenados, y el tercero ejecutado misteriosamente.

No ha dejado de ser conmovedor que durante dieciocho años, desde abril de 1988 esta ahora, 52 veces al año cada semana y de manera inútil, Jesús Blancornelas haya publicado la misma página negra con letras blancas: un testimonio de la impotencia ciudadana frente la administración de la justicia en México. La misma página negra publicada 936 veces.

“Hank:

¿Por qué me mató uno de tus guaruras?

Ruffo (gobernador de Baja California entonces):

Xicoténcatl y Baylón no quisieron capturar a los que ordenaron asesinarme ni al que me mató. Tú sí pudiste capturar a mi asesino. ¿Podrás capturar a los que ordenaron mi crimen?

Héctor ‘Gato’ Félix Miranda.”

Esta plana aparecerá cada semana hasta que se aclare y detenga a los autores del asesinato de Héctor Félix Miranda.

Tijuana, 19 de abril de 1991.

 

Más que nunca y a partir de entonces, Blancornelas le fue tomando el pulso a los estropicios del narcotráfico en la frontera y a sus viscosas relaciones con los representantes del Estado. Practicaba una especie de historia de lo inmediato que ahora habrá de echarse de menos en el Noroeste, y que rescató en libros como El cártel, Horas extra, Los Arellano Félix, la mafia más poderosa.

Vivía en situación límite, siempre al filo de la navaja. Como le decía a William Murray en The New Yorker del 13 de julio de 1989: “La vida me la quitan cuando Dios quiera, no cuando digan los políticos. Cuando termino de escribir un artículo y se publica, siento miedo. Pero cuando ya está en la calle y mucha gente lo ha leído, se me va el miedo.”

Escribía como en ráfagas, en un estilo telegráfico:

 

Le achicharraron el pene con un puro. Cicatrices en muslos, pecho y brazos no eran de cigarrillo. Lo encueraron. Sólo tenía calcetines y zapatos. Encalambrados tobillos y muñecas. Apretados tanto hasta sangrar. El primero y último tiros fueron en la boca. Debieron abrírsela para zambutirle el cañón de la escuadra. Pero quien haya disparado, no pudo tantearle el gatillo, o fue un bruto. Le dejó ir toda la carga. Deshizo cara y cráneo. Imposible distinguir. Acaso dos que tres muelas en su lugar. Solamente por las huellas pudieron tener una referencia. No identificación.

 

La trayectoria de una vida suele fecharse entre la entrada del actor en el escenario y su salida, como en los westerns. El drama al que mejor se asemejan la vida y el trabajo de Jesús Blancornelas es High Noon, de Fred Zinneman, que caracterizó Gary Cooper en 1952. El alguacil del pueblo ha de enfrentarse solo a los forajidos, pero no cuenta con nadie: la mayoría le da la espalda y se repliega indiferente. En 2003 la mayor parte de los ciudadanos no sólo votaron por Jorge Hank Rohn como presidente municipal: también lo perdonaron.

http://federicocampbell.blogspot.com/


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