La historia apostólica

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La mejor historia de la Decena Trágica con que contamos, después de un siglo, sigue siendo Los últimos días del presidente Madero / Mi gestión diplomática en México (1917), del escritor y diplomático cubano Manuel Márquez Sterling (1872-1934). La aceptación de Francisco I. Madero de la oferta que le hiciera el embajador cubano de embarcarse rumbo a La Habana, el 19 de febrero de 1913, convirtió a Márquez Sterling en testigo de las últimas horas del presidente derrocado en la Intendencia del Palacio Nacional.

Luego de escoltar a la familia del presidente asesinado (el padre Francisco, la madre Mercedes, el tío Ernesto y las hermanas) de Veracruz a La Habana y despachar con el mandatario cubano José Miguel Gómez y el canciller de la isla, Manuel Sanguily, el embajador regresó a México, pero solo para anunciar al nuevo gobierno de Victoriano Huerta el fin de su representación diplomática. Las simpatías del embajador cubano por el gobierno de Madero y Pino Suárez eran evidentes y la propia administración de Gómez, en la isla, llegaba a su fin.

Luego de la experiencia mexicana, Márquez Sterling se retiró por un tiempo de la carrera diplomática, fundó los periódicos Heraldo de Cuba y La Nación, donde publicó una serie de artículos contra el régimen huertista, y recopiló las notas consulares de su misión en México, que le sirvieron de base para la redacción de Los últimos días del presidente Madero. Sentía que le debía el libro a Madero y a México, donde vivió a fines del siglo XIX, donde conoció a José Martí y donde publicó la revista de ajedrez El Arte de Philidor.

Uno se pregunta cómo Márquez Sterling, que apenas el 10 de enero de 1913 había presentado cartas credenciales a Madero, un mes después ya era un actor protagónico de la Decena Trágica. La respuesta está en aquel exilio de 1894, que lo llevó a la redacción del Diario del Hogar, y en otro viaje de 1904 a México, cuando entrevistó a Porfirio Díaz en el castillo de Chapultepec y conoció a Ignacio Mariscal y a algunos porfiristas eminentes. A raíz de aquella entrevista, Márquez Sterling escribió un perfil crítico de Díaz, incluido en el libro Psicología profana (1905), que Madero debió leer con agrado.

La visión de don Porfirio, como viejo caudillo modernizador y, a la vez, autoritario, que aparecía en ese libro era muy similar a la que tres años después plasmaría Madero en La sucesión presidencial en 1910 (1908). Cuando Madero recibió a Márquez Sterling en el Salón de Embajadores de Palacio Nacional, le dijo: “ya sé que usted es leal amigo de nuestra democracia”. El presidente vio en el embajador un semejante, un demócrata latinoamericano de su misma generación. El embajador vio en el presidente una reencarnación mexicana de José Martí.

Madero y Márquez Sterling compartían el interés por el espiritismo y la psicología, dos formas del saber que, según ellos, permitían conocer el “carácter y el alma” de los hombres. Ambos eran lectores de Allan Kardec y admiradores de F. W. H. Myers, el psicólogo británico que intentó ofrecer una explicación científica del espiritismo por medio de los fenómenos paranormales. Cada quien intentó dibujar el perfil del otro, pero solo el cubano llegó a plasmarlo por escrito. Según Márquez Sterling, Madero pertenecía a la estirpe de los mártires y los profetas. Su personalidad era tan intensamente espiritual que repugnaba a los “científicos” del Porfiriato tardío y los ideólogos de la naciente Revolución.

Cuando la narración de Márquez Sterling llega a la Decena Trágica, Madero deja de ser Madero o “el Presidente” y se convierte en “el Apóstol”. En la cultura cubana, ese era precisamente el título que se reservaba a José Martí, cuya muerte en combate, en 1895, era representada desde principios del siglo xx como la inmolación por una república imposible. Martí también había sido un líder espiritual, ajeno a la realpolitik cubana, española y norteamericana, sacrificado mientras predicaba la nueva religión civil de una república virtuosa en el Caribe.

Márquez Sterling no subestimaba el papel de Félix Díaz, Victoriano Huerta o los porfiristas del Senado en la caída de Madero, pero su mayor énfasis estaba puesto en la crítica del comportamiento del embajador norteamericano Henry Lane Wilson. Cuba, que en menos de una década había sufrido dos ocupaciones militares de Estados Unidos, era el telón de fondo de la historia mexicana que contaba el diplomático insular. La complicidad de Wilson con los golpistas era para Márquez Sterling una señal inquietante de la influencia
antidemocrática que Washington podía ejercer en la región.

Los apostolados de Martí y Madero se enfrentaban a intereses poderosos, que no parecían ceder ante la elocuencia democrática de uno y otro. No es raro entonces que el libro de Márquez Sterling terminara en tono sombrío, concluyendo que una política altamente moralizada como la de Martí y Madero era inconcebible en aquella América. A pesar de sus esfuerzos por no sonar pesimista, el embajador parecía reiterar el tópico de la imposibilidad de un Martí o un Madero en la Cuba o el México de principios del siglo xx:

 

Incrustada en mi retina la visión de la tragedia, contemplo el sendero de abrojos donde el Apóstol soñó su destino. Ecos lejanos hablábanle el idioma sonoro de la eternidad; en derredor suyo se agitaban seres invisibles, trasmisores misteriosos de verdades, y sombras pálidas, al instante desvanecidas, levantaban su ánimo y mantenían sólida su fe providencial. Bajo la ley de su filosofía, el místico excluyó al gobernante. Su ambición era la felicidad humana por el perfeccionamiento del espíritu. Y decretó, sin sospecharlo, su propio martirio.

 

Hay algo sintomático –por no decir patológico– en esa idealización de Martí y Madero como dos criaturas muníficas, angelicales, ajenas al mundo real de la política latinoamericana. La visión de uno y otro como políticos impolíticos –en el sentido que el filósofo italiano Roberto Esposito ha dado a este concepto en sus Categorías de lo impolítico (Katz Editores, 2006)– choca con la evidencia de que ambos fueron conspiradores y revolucionarios, ese decir, organizadores de guerras y partidos. Aunque Martí no llegó nunca a ejercer funciones de Estado, como Madero, el centro de su vida adulta, entre 1880 y 1895 por lo menos, fue la organización de un levantamiento separatista en Cuba y la creación del Partido Revolucionario Cubano.

La visión angélica de estos políticos de carne y hueso produjo una alienación de los mismos de sus respectivos contextos históricos. Una alienación que, como ha observado Yolia Tortolero Cervantes para el caso de Madero, operaba por identidad o por rechazo. El envés de la caracterología apostólica de Márquez Sterling, que daba crédito al diálogo del presidente con los espíritus, fue el discurso porfirista y huertista, que presentaba a Madero como diletante o alucinado, incapaz de encabezar gobierno alguno. La caricatura del Madero-Chantecler (1910), una “tragicomedia zoológica-política” atribuida a José Juan Tablada e inspirada en la obra homónima de Edmond Rostand, era el reverso de aquella unción del mártir espírita.

La diversidad ideológica de la Revolución mexicana y las formas autoritarias –no totalitarias– que adoptó el régimen priista impidieron que el mito de Madero llegara a los extremos del mito martiano en Cuba. Cuando el historiador liberal y republicano de la isla Arturo R. de Carricarte publicó su ensayo La cubanidad negativa del apóstol Martí, en 1934, no podía imaginar que unos veinte años después estallaría en Cuba una revolución, que rápidamente transitaría hacia un orden antiliberal y antirrepublicano, amparada en un argumento similar al suyo: José Martí era un alien, un mesías, portador de la buena nueva, del anuncio de un reino providencial, hasta entonces irrealizado en la historia cubana.

Ese acento mesiánico, que por momentos llegaba a suscribir el estereotipo de Madero como “místico”, en la acepción impolítica del término, no era la única limitación histórica de Manuel Márquez Sterling. Como la mayoría de los miembros de las élites letradas y blancas de la República (1902-1958), Márquez Sterling tuvo una opinión prejuiciada del levantamiento de oficiales negros y mulatos contra el gobierno de José Miguel Gómez, en 1912, que fue brutalmente reprimido por el ejército republicano.

El embajador llamó a Evaristo Estenoz, uno de los líderes del Partido de los Independientes de Color, “mulato de escasa mentalidad” y “caudillo siniestro, a quien siguieron por apóstol de su raza varios millares de negros, no, desde luego, los más cultos, ni tampoco los más inteligentes”. El título de “apóstol” no le parecía digno de un rebelde mulato que, luego de intentar competir democráticamente en las elecciones presidenciales de su país, era constitucionalmente vetado junto con su partido. En la práctica, los orígenes de la revolución de Estenoz no eran muy diferentes a los de las revoluciones de Martí y Madero.

Manuel Márquez Sterling, republicano y liberal como sus amigos Manuel Sanguily y Arturo R. de Carricarte, escribió el mejor relato de la Decena Trágica que conocemos, pero contribuyó con su libro a esa historia apostólica que la nueva historiografía ha cuestionado con sólidas objeciones. El destierro de héroes latinoamericanos como José Martí y Francisco I. Madero hacia zonas de la impolítica, como la religión o la mística, ha sido, en nuestros países, un instrumento de poder que facilita la apropiación oficial de los legados intelectuales y la legitimación de regímenes autoritarios que, en nombre de los héroes, se desentienden de los valores democráticos. ~