La rama va criando

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Mientras fuma desnuda en la cama, Natalie cruza los brazos, tapándose. No le gustan sus senos, son pequeñitos, dice. Fija la vista en algún punto y da una larga bocanada. Le pregunto por qué su nombre de pila es tan largo. Son nombres de mujeres de su familia, y ella conoce la historia de cada una, Natalie, Petronella, Christine, Margueritte Donnadieu. La razón es que su madre creyó que era la mejor herencia, la línea femenina. Mi mamá odiaba a la familia de mi padre, me dice. Cuéntame esa historia otra vez, la de tu abuelo y su hermano. ¿Del par de hijos de puta, el hijo de puta bueno y el hijo de puta malo? Me encanta mirar su boca delgada mientras cuenta tantas atrocidades. Cuando habla de su familia hace siempre un gesto, ceja arqueada y boca de morriña. Ahora me da la espalda. Desaparece de aquí chupando el cigarrillo. Yo no fumo, y en general me choca el aliento a tabaco, pero no en la boca de Natalie.
     Natalie vaga en la penumbra. Quiero saber de dónde vienes, cómo llegaste. El barco ya había arribado, pero no había permiso para bajar. Y frente a los pasajeros agolpados en cubierta, las grúas de hierro nunca vistas, los estibadores negros, los guardias de aduanas y los policías montados. La vida ahí mismo, frente a los inmigrantes que llevaban el cromo de la Virgen amarrado a la maleta, el samovar en los brazos, la Biblia en la mano con una carta en sobre postal a modo de separador. La vida ahí para la sensibilidad de sus terminaciones nerviosas, para su hambre hastiada de galletas, para mitigar los olores a vómito y sobaquina. Por fin se colocó la pasarela, pero no se tendió. Pasaron dos horas y nadie daba la orden de descender. Un hombre desesperado franqueó la barandilla y se asió a la pasarela, tratando de tenderla. Lo logró a medias. Comenzó a jalarla colgado de los brazos, en el aire, pero a medio hacer se detuvo exhausto y perdedor. No iba a lograrlo, iba a dar al agua. En ese momento, la frustración de los pasajeros se volcó en gritos de cólera. Alguien se arrojó al mar desde cubierta. Otros lo siguieron en diversos puntos de la nave. Extenuado, el de la pasarela se dejó caer. Algunos alcanzaron el muelle a nado, otros bracearon hacia los salvavidas que los marineros arrojaban. Entre todos, ella contempló a uno que, en medio de la calamidad, se había lanzado para refrescarse y nadaba panza arriba. “Con ése me he de casar”, pensaba Margueritte Donnadieu.
     La rama va criando su espina. ¿Qué quieres decir con eso?, me pregunta Natalie. Nada, lo que digo. Es una frase que sólo he escuchado en mi familia, nadie más la dice, es nuestra aportación, supongo. Me tumbo mirando al techo, extiendo los brazos, no la toco, le hago una confidencia con tal de que siga a mi lado. ¿Quieres que te cuente cómo conoció mi papá a su padre? Siento que se desvanece. Había un avispero de gente en El Molinillo y una carreta grande estacionada a mitad de la calle. Mi padre se acercó y se detuvo. Vio tres cuerpos tumbados. Eran fusilados de la noche anterior. En ese momento, dos mujeres vestidas de negro se acercaban para identificarlos, retirándoles los sombreros que les cubrían el rostro. Un empleado de la recaudería ayudaba a remover los cuerpos con una escoba. Le llamó la atención a mi papá que a dos cadáveres ya les hubieran robado las botas. En la caja de la carreta había algunos cuerpos más. La rama va criando.
     Natalie me interroga con la mirada. ¿Qué sientes por mí? Le gusta entrar a saco con sus preguntas. Entreabro los labios. El temor que sufren los perros de hacerse salvajes y que es utilizado para entrenarlos como pastores de ovejas. Ella rueda lejos de mi lado. ¿Eso es lo que sientes? Es sólo una respuesta que tengo hecha. La estoy hiriendo. Estamos atrapados en una cuña de la noche, a una hora en la que ya no se escucha ningún tránsito de automóviles, ninguna música, sólo el eco de un camión de redilas. Natalie y yo hacemos el amor en el piso más alto de un edificio. Esto es algo muy bonito, le digo. ¿Qué es bonito? Hacer el amor en el piso más alto de un edificio.
     Estamos hechos de este rumor, no te detengo Natalie, sigue contándome. Fuera de temporada, me escabullía a la casa de la playa para leer. Me alumbraba de noche con una Coleman, no había luz eléctrica, ni agua corriente, ni gas, sólo el cascarón de la casa, tan gris como la playa, y afuera el mar ansioso. Me masturbaba en el catre de lona, me sentía ardiente, clandestina y enclaustrada, espiaba la salida de los pescadores en la madrugada. Una mañana vi a una monja vestida de hábito que caminó hasta la orilla de las olas y se fue metiendo al mar. Cuando estuvo cubierta hasta la cintura, se quitó la toca, se la amarró a la cadera, y con el cuenco de las manos se echó varias veces agua sobre la frente y la cabeza. Supe perfectamente qué era lo que hacía. Se estaba bautizando. Salió empapada. Siempre juré que la había visto desnuda. Eso le decía a mis compañeras del colegio, pero no era cierto. Había visto algo mucho más íntimo.
     ¿Y por qué rompiste tus votos?, le pregunté de tajo. Yo tenía miedo, me respondió, el miedo a perder una rabia. Lo dijo con toda firmeza. ¿Y tú, tu sexualidad?, Natalie se pegó a mi cuerpo.
     Las últimas veces que nos bañaron juntos a mi hermana y a mí fueron con agua fría, porque no justificaba quemar leña el calor de la primavera. La verdad es que, con el agua fría, creían evitar cualquier excitación. Acuclillados o con una rodilla al piso, recibíamos juntos el primer cubetazo. Luego, de pie, el estropajo. Todavía el seno no se le abultaba, pero el pezón ya había despabilado, parecía la goma de borrar de un lápiz nuevo. Y a mí no se me ocurría cómo hacer una broma.
     Dime cómo serán nuestros hijos.
     ¡Natalie! ¡Cuáles hijos!
     No te alteres, sólo dime cómo serán nuestros hijos.
     No lo sé, pero quizá pueda decirte algo sobre tus nietos. Tu segundo nieto será un caminante. Se la pasará saliendo de casa, pero no llegará muy lejos. Quizá ya me haya topado con él en la calle. Un día, cuando aún sea muy pequeñito, lo soñarás vestido de corbata, subiendo una escalera de caracol hacia el cielo, llevando un portafolios. Eso es. Está claro que va a ser vendedor de seguros. Hubiera sido bueno saberlo entonces, Natalie. Podrías haberlo ayudado. No con dinero, sino peregrinando juntos.
     Sí, peregrinando al monasterio de las Clarisas de Longchamp, donde estudió la madre María de la Encarnación. ¿Y ésa quién fue? La fundadora de las carmelitas en París. Siempre he sentido que pertenezco a ese lugar porque mi abuela se llamaba Marie de l’Incarnation. ¿Del lado del par de hijos de puta? Del lado del par de hijos de puta.
     Yo algún día viajaré a un lugar que se llama Cerro de Cirios, de donde es mi familia. Está en la sierra. No sé si exista todavía. Era una ranchería. Se la llevó un huracán.
     Natalie bosteza. Cierro los ojos e inmediatamente me quedo dormido. Sueño que mi primer hijo muere. Para llegar al cementerio, que está del otro lado de un río, el cortejo se dirige río arriba donde todavía existe un puente colgante. Debajo hay un lecho de árboles arrancados, objetos que la corriente ha incrustado entre las ramas, con garrones de ropa y algo que parece restos humanos. Encabeza el entierro un portador de copal, después viene el pequeño féretro blanco que carga al hombro un tío mío, es mi féretro, y luego una procesión con cirios encendidos. Miro de lejos el cortejo, se ve pasar como un tren por el puente colgante.
     Abro los ojos. Natalie fuma. ¿Qué estabas soñando? Nada, no me acuerdo. Qué raro, gemías muy bajito. Ella mira hacia ninguna parte y yo quisiera amoldarme a su regazo, a su forma de ser. Pero no puedo. Natalie, Estela la sirvienta me decía que en esta casa había una sombra. Yo nunca la vi. Me recomendó que el día que la sombra se me apareciera le preguntara: “¿Quién eres y qué quieres?”, para hacerla retirarse en paz. Ahora que Estela está muerta, cuando me quedo trabajando hasta muy noche, cualquier corriente de aire me despierta la sensación de que entra en la habitación de junto. Alzo la mirada hacia la puerta. El corredor está oscuro. ¿Quién eres Natalie Petronella Christine Margueritte Donnadieu, qué quieres? –

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