La UNAM, a pesar de todo

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Hace algunas semanas, el Times Higher Education Supplement de Londres publicó los resultados de la evaluación que practica año tras año a miles de universidades en el mundo. Predeciblemente, las grandes instituciones estadounidenses (Harvard, Stanford, MIT) e inglesas (Cambridge, Oxford) siguen ocupando los primeros lugares. Pero, por primera vez desde que se hace la evaluación, una universidad de Iberoamérica aparece entre los primeros cien lugares: la Universidad Nacional Autónoma de México. La UNAM quedó en el sitio 95, mientras que la Autónoma de Madrid y la de Sao Paulo, quedaron en el 183 y en el 196, respectivamente.
     Esto provocó de inmediato algunas curiosas reacciones: desde un bravío alboroto (“¡Las buenas noticias también son noticia!”) de Fox, presidente abúlico ante la UNAM, hasta las descalificaciones de quienes se apresuraron a poner en duda la objetividad de un método evaluativo capaz de poner a la UNAM veinte lugares encima de La Sorbona. Vale la pena glosar el exabrupto más sonoro, el del periodista Andrés Oppenheimer. Asombrado ante los resultados, llamó a The Times (los periodistas famosos llaman, no consultan por internet como los mortales) para preguntar cómo se había hecho el ranking (así se dice “clasificación” en espánglish), pues, a pesar de su intenso interés en la educación superior, ignoraba la existencia de “The Higher”, como se conoce a esa evaluación desde hace lustros. Las respuestas que recibió sobre la metodología no le impidieron decretar que la UNAM es una de las universidades “más obsoletas del mundo, especialmente si se tienen en cuenta los enormes recursos estatales que recibe”. Luego la acusó de confundir autonomía con autismo y de ser un “ejemplo escandaloso de falta de rendición de cuentas al país”, cosa curiosa frente a un estudio que aplaude las cuentas que ha rendido al mundo. Oppenheimer se apoyó en una opinión del secretario de Educación Pública, Dr. Reyes Tamez, en el sentido de que la UNAM se resiste a la evaluación, otra cosa curiosa, si se considera que el SNI y el Conacyt, que dependen de la SEP, evalúan su desempeño académico con tal rigor que uno de cada dos investigadores nacionales, que ellos subsidian, pertenece a la UNAM. Una singular pirueta final de Oppenheimer le permitió convertir la ubicación de la UNAM en la clasificación inglesa ni más ni menos que en prueba de que “los Gobiernos de América Latina viven en la negación” (no dice de qué, pero se infiere que el periodista tradujo denial del inglés a su espánglish).
     Me pregunto por qué, de las explicaciones que Oppenheimer recibió de “The Higher”, no menciona una que me enorgullece mucho como investigador que soy de la UNAM desde hace veinticinco años: que en las tablas de evaluación por especialidades —ciencias, ciencias sociales, tecnología, biomedicina, artes y humanidades— la UNAM ocupó el vigésimo sitio en esta última categoría, la primera de las únicas dos instituciones latinoamericanas en ese palmarés (la segunda es la Universidad Católica de Chile, en el sitio 48), y por encima del University College de Londres, de las universidades de Chicago, Johns Hopkins, Heidelberg, Fráncfort, Florencia, Viena, Bolonia y Amsterdam. Que además, en el área de ciencias, la UNAM haya ocupado el sitio 93 me parece tan relevante, o más, que el sitio merecido en la clasificación general.
     Que esté considerada la universidad de mayor calidad académica en ciencias y en humanidades en la órbita iberoamericana es algo que se debe, en muy elevada medida, a una relevante particularidad de la UNAM (que para algunos es una anomalía): sus institutos de investigación. Criticada en su momento, la creación de institutos dedicados a la investigación, sin que sus miembros tuvieran que pertenecer imperativamente a las escuelas y facultades, demuestra la eficiencia de la iniciativa y la razón que asistió a sus promotores y defensores, así como la necesidad de continuar con esta división de actividades, como lo prueban los resultados publicados por “The Higher”. Además de sus responsabilidades inherentes —pensar y enseñar a pensar, publicar, asesorar y discutir, pero también dialogar con México y el mundo— y de la reglamentación estrictamente académica de su actuar, los institutos han logrado preservar las tareas de investigación al margen de las averías que los conflictos sociales extrauniversitarios suelen infligir a la institución, en especial a sus labores docentes. Habrá que suponer que, luego de esta evaluación, las críticas a los institutos habrán de detenerse a considerar su pertinencia. Sí, es triste tener que seguirse refiriendo en presente a ese tipo de adversidades, pero la última, triste, larga “huelga” de apenas hace cinco años impide usar el pretérito.
     Si provoca orgullo todo lo que la UNAM ha conseguido, y entusiasma lo que aún deberá lograr, es triste recordar que para muchos sigue siendo botín, trinchera, asilo. A pesar de saltar de una crisis a la siguiente, su esencial responsabilidad ha prevalecido, y lo dicen sus pares del mundo, no la retórica oficial. Que haya alcanzado este nivel y haya logrado este reconocimiento invita a conjeturar lo que habría logrado sin el estorbo y la agresión de quienes la utilizan para sus fines mezquinos, sin aquellos que abusan y han abusado de su vulnerabilidad, sin aquellos que la viven como una certeza y no como una responsabilidad, sin los partidos y los partidillos, las tribus y los líderes, los candidatos urgentes y urgidos, los fósiles automáticos y los militantes fosfóricos, “fishes” y “moshes”, Falcones y Castros Bustos, Diazordaces y Rosariorrobles, aviadores y okupas, CEUs y CGHaches, maoístas y sacristanes.
     Esperemos que estos tiempos vesánicos que vivimos no la agredan nuevamente. Que no reviva esa “sensibilidad democrática” que ve en las universidades no una encomiable igualdad de oportunidades, sino una dudosa igualdad de hecho, y que no se le asesten doctrinas que sostienen esa igualdad como algo que no sólo es posible sino necesario. Que no haya una nueva camada de políticos voluntaristas que saben que la UNAM es inerme por naturaleza y que subvertirla a favor de su voluntad no exige mayor esfuerzo. Que no reaparezcan los pragmáticos para quienes la UNAM vale menos cuando funciona en paz y genera beneficios a largo plazo, que cuando deja de funcionar y les otorga el beneficio inmediato y mezquino de una crisis.
     La UNAM es una institución asombrosa, a veces se antoja que hasta inexplicable en la órbita iberoamericana. Hay que recordar siempre al rector Ignacio Chávez, que en uno de los peores momentos de la UNAM, y siendo él mismo víctima del verdugo en turno, pidió para la UNAM “amor, respeto y protección”. El sitio que sus pares le reconocen ahora en el mundo, pésele a quien le pese, pues que se traduce en beneficios reales para México, lo exige de nosotros. Es necesario impedir que alguien la prefiera, de nuevo, en el sótano de la clasificación. –