Las elecciones por venir ¿irrelevantes?

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Un tema tan vital como novedoso. El problema central de la actual etapa postautoritaria del proceso político mexicano es la calidad, o mejor dicho, su ausencia, en algunas de las instituciones centrales involucradas en el proceso: el gobierno federal, el Congreso y los partidos políticos, incluidas sus plataformas y liderazgos. Por lo que hace a los partidos en lo individual y como conjunto, el problema reside, en buena medida, en la representatividad. En efecto, la voluntad e intereses ciudadanos no se ven reflejados de manera adecuada en los partidos, a los que la ciudadanía percibe como distantes, ineficaces, inmersos en la búsqueda de sus propios intereses, envueltos en escándalos o francamente corruptos y sin la energía, voluntad o capacidad para resolver o, al menos, confrontar con eficacia los grandes problemas nacionales.1
     El calendario político ordena que a mediados de este año las urnas vuelvan a convocar a los mexicanos en su recién adquirida calidad de ciudadanos plenos, para que ejerzan su derecho al voto y colectivamente tomen una nueva decisión en torno a quiénes y bajo qué programas deberán conformar la nueva Cámara de Diputados del Congreso Federal. Desde el 2000, la agenda política mexicana ya no se encuentra sometida a la lógica de las formas autoritarias tradicionales del ejercicio del poder; justamente por ello, el tema que la debería encabezar tendría que ser la consolidación de la democracia tan difícilmente conquistada. Y por la misma razón, las elecciones por venir deberían ser parte sustantiva, vital, de esa consolidación; pero el que realmente lo sean depende en mucho de la calidad de los candidatos, temas y compromisos que están involucrados en ese proceso, y es ahí donde se abre una gran interrogante.
     La naturaleza de los partidos políticos y el sistema que conforman son el marco inmediato de cualquier proceso electoral. Ahora bien, en nuestro caso, esos partidos son aparatos burocráticos generosamente financiados por el dinero público, pero que dejan mucho que desear, pues no parecieran estar a la altura que reclaman las complejas circunstancias propias del cambio de régimen en una sociedad pobre, a la que le ha fallado el dinamismo económico por veinte años seguidos y que da muestras de grandes y crecientes desigualdades. Para empezar, los procesos mismos de selección de candidatos de los partidos han mostrado evidentes fracturas internas, y, lo que es más lamentable aún, la naturaleza de tales divisiones y conflictos internos tiene en realidad poco o nada que ver con los problemas de fondo del país, o con el choque de visiones o proyectos para determinar cuál es la mejor manera de superar el estancamiento económico y moral que lo aflige, y sí, en cambio, mucho con una disputa entre los líderes y sus grupos por los recursos y las cuotas de poder. El que los partidos estén hoy, literalmente, partidos, y no por razones de alta sino de baja política, lleva a que el grueso de la energía de esas organizaciones se esté gastando en la lucha interna, con frecuencia personal, por las posiciones dentro de las estructuras burocráticas que son los partidos, y por ello no se emplea en lo que debería ser el objetivo central: elaborar y pactar las propuestas para resolver los enormes problemas de la consolidación del nuevo régimen democrático, una forma de gobierno que no tiene antecedentes entre nosotros y que, por lo mismo, requiere con urgencia cerrar la puerta a las posibilidades de una regresión que, sin ser inminente, existe.

Los partidos: lo que deberían ser y lo que son
En un sistema político de naturaleza democrática, como se supone que ya es el mexicano, los partidos políticos deben ser organizaciones públicas cuyo propósito inmediato es lograr que sus representantes ocupen los puestos de decisión en la estructura de gobierno —Ejecutivo y Legislativo— como resultado de elecciones libres, universales y competidas. Y para recibir el apoyo y el mandato explícito de la ciudadanía, y arribar a esas posiciones de poder con posibilidades de llevar a la práctica sus plataformas —que es lo que da sentido práctico y ético al ejercicio del poder político—, los partidos deben ser capaces de identificar, articular, organizar los intereses de grupos sociales significativos y movilizarlos.
     De acuerdo con la concepción anterior, los partidos en la democracia deben ser la liga principal, aunque de ninguna manera única, entre la sociedad por un lado y las estructuras de gobierno y autoridad por el otro. De ahí que un indicador de la eficiencia y centralidad de los partidos es la importancia relativa que tienen las alternativas para llevar a cabo esa liga entre sociedad y autoridad, y para movilizar la energía ciudadana en apoyo de políticas y acciones concretas. Tales alternativas son muchas: las organizaciones o los movimientos sociales independientes, los empresarios, el Ejército, las iglesias, los sindicatos, las universidades, los medios de comunicación masiva, los intelectuales, los líderes de masas abiertamente antipartidistas, etcétera. En un sistema político democrático sano, es decir, en uno donde no hay crisis de representación, los partidos y sus representantes en el gobierno y el Congreso son actores políticos dominantes, cuya legitimidad nace de las urnas, y donde su arena privilegiada de representación y acción son las cámaras legislativas.
     Visto desde la perspectiva anterior, lo que está en juego en la campaña electoral que ya se inició en México, y en su desenlace de julio, es justamente la naturaleza, capacidad y calidad de la representación de la heterogeneidad social por la vía de las estructuras partidistas. Sin embargo, y hasta hoy, todo permite suponer que en México los partidos, especialmente las burocracias que los dominan —verdaderas oligarquías—, no han tenido la capacidad o altura de miras que permitiera trascender los naturales conflictos por intereses personales o de pequeño grupo, para convertirse en espejos e instrumentos fieles y eficientes de sus bases electorales y del “interés general”, cualquiera que sea su definición. En el centro de las pugnas que han tenido lugar dentro de los partidos para seleccionar a sus candidatos a diputados federales, no se encuentran los debates en torno a los grandes proyectos o definiciones sobre eso que llamamos el “interés general”, sino que lo que ha dominado han sido los choques de los grupos. En el caso de los tres partidos mayores —pri, PAN y PRD—, la confección de las listas se ha dado en gran medida en función de su utilidad para quienes buscan ganar las candidaturas presidenciales para la elección del 2006. En suma, una cantidad grande de energía se ha invertido en una política no particularmente relevante desde la perspectiva del votante.

Relevancia de las próximas elecciones
La conformación de los grupos parlamentarios que resulten de la elección del 2003 no pareciera que va a modificar en nada la correlación de fuerzas en el Congreso o en el sistema político. En efecto, para empezar, la composición del Senado no está en juego, y en ese órgano se mantendrán los mismos personajes e intereses que hasta hoy. Es en la nueva Cámara de Diputados donde puede haber cambios; sin embargo, y siempre según las encuestas llevadas a cabo hasta abril, los individuos cambiarán pero no la correlación de fuerzas de los partidos, pues todo indica que habrá casi un empate entre PRIy PAN con más de un tercio del electorado cada uno, en tanto que el PRD, con un quinto de los votos, se quedará en un tercer lugar. De los ocho partidos pequeños restantes, sólo pareciera asegurada la supervivencia del pvem y del pt —lo que no es realmente una buena noticia para la calidad de la política mexicana— y la del resto está en entredicho. En suma, son pocas, aunque no inexistentes, las posibilidades de que el retorno a las urnas de ciudadanos y partidos sirva para despejar el camino de las grandes y necesarias reformas para asegurar la democracia y darle una nueva dinámica a la vida colectiva mexicana: la del Estado, la energética, la fiscal, la laboral, la educativa, y todas las otras prometidas o propuestas pero no llevadas a cabo. En suma, a menos que un evento inesperado y dramático influya en la opinión y voluntad política de los electores, este encuentro por venir entre los mexicanos y las urnas no tendrá ningún carácter decisivo. Las elecciones dirán más sobre las condiciones internas de los partidos, sobre la clase política en su conjunto y sobre los contendientes para el 2006, que sobre la solución de cualquiera de los grandes asuntos nacionales. El cambio, en la inercia de la política mexicana, si se da y cuando se dé, tendrá poco que ver con las urnas de julio del 2003 y más con otros eventos, como la lucha por la Presidencia o la evolución de la economía, por mencionar sólo unos ejemplos.

La carrera por la Presidencia como el motor de la dinámica
partidista
     Si bien la lucha dentro de los partidos por configurar la nueva bancada de diputados no ha despertado hasta ahora gran interés entre los ciudadanos, sí ha servido para algo que ya concentra la atención y energía de los políticos profesionales en casi todos los partidos: la configuración de los equipos para la lucha por las candidaturas presidenciales y la sucesión de Vicente Fox.
     De los tres grandes partidos mexicanos, dos son, en principio, partidos de masas: el PRIy el PRD. También en principio, ambos son ideológicos, aunque con el paso del tiempo la débil y ambigua ideología del PRI—el “nacionalismo revolucionario”— simplemente se ha diluido hasta convertirlo en un partido pragmático, que lo mismo hizo suya la reforma agraria que el fin del reparto de la tierra, la nacionalización de la banca que luego su privatización, el proteccionismo como expresión del nacionalismo que el Tratado de Libre Comercio de la América del Norte como la mejor forma de encauzar a México por el camino de la globalización. De hecho, hace tiempo que el PRIdejó de ser un partido ideológico para convertirse abiertamente en lo que desde el inicio tuvo como vocación: el pragmatismo. El PRD se considera un partido de izquierda democrática, pero la desaparición del “socialismo real” y el triunfo en toda la línea del capitalismo globalizador le han impedido, como al resto de los partidos de izquierda en el mundo, elaborar una alternativa a la altura de las propuestas de la derecha: de ahí también que le aparezcan rasgos crecientes de pragmatismo.
     El PRIusó la selección de candidatos a diputado, en particular los doscientos plurinominales, no tanto para dar la batalla al gobierno, sino para darla al interior y fortalecer la posición de su presidente, Roberto Madrazo, como candidato “natural” de ese partido a la Presidencia de la República en el 2006. En el proceso salieron a la luz las luchas entre facciones que siempre, desde su nacimiento en 1929, se han dado dentro de ese organismo, y que mientras fue un partido de Estado constituyeron la esencia de la política nacional, aunque mantenidas bajo control por el gran poder presidencial. En contraste, hoy esa lucha es abierta, sin árbitro final, pero ya sólo constituye una parcela del gran panorama nacional y no la más importante. En cualquier caso, los grupos priistas no identificados con Madrazo actuaron abiertamente apoyados por gobernadores ambiciosos, especialmente el del Estado de México, y recurrieron a los medios de información para denunciar de manera no sólo pública, sino escandalosa, al presidente del partido por haber favorecido a los suyos y marginado a sus rivales. En algún momento se anunciaron renuncias individuales o de grupos, pero finalmente el grueso de los inconformes con la elaboración de las listas de candidatos plurinominales del pri, y siguiendo la tradición de su partido, se reconciliaron o se resignaron frente a la victoria de los madracistas. El partido, cuya escisión se ha anunciado tantas veces, volvió a cerrar filas, pues los disidentes no tuvieron mejor alternativa. En cualquier forma, la acusación contra el pri, por haber usado ilegalmente fondos provenientes de Pemex para las elecciones del 2000, va a seguir siendo un problema legal y una sombra sobre sus campañas políticas.
     El PRD se vio afectado, una vez más, por sus divisiones de origen: la persistencia de las varias corrientes que en 1989 se unieron para darle forma, pero que al cabo de los años no se han disuelto para transformarlo en una organización más compacta. Ante los enormes problemas de credibilidad que habían tenido las elecciones internas anteriores —la sospecha del fraude se hizo endémica en una institución que nació precisamente denunciando un fraude electoral—, esta vez la dirección del PRD hizo su selección de candidatos mediante encuestas, pero el resultado no fue mejor, y las protestas y acusaciones de quienes no fueron seleccionados volvieron a aparecer, ratificando la vocación del PRD por el conflicto interno antes que por su papel de representante de los grandes sectores populares.
     A diferencia de los dos anteriores, el PAN es un partido de cuadros, ideológico y de derecha democrática, como corresponde a su origen de clase media. En sus inicios, la orientación democrática, liberal y anticomunista del PAN se mezcló con una cierta simpatía e influencia del franquismo, pero finalmente la ideología panista evolucionó a tono con la modernidad hasta encajar casi como el guante en la mano del neoliberalismo poscomunista. A lo largo de su historia y a partir de que su fundador, Manuel Gómez Morín, dejó la presidencia del partido en 1949, el PAN ha experimentado varias fracturas, pero en este momento la división más importante es la que se hizo evidente justo a raíz del grande e histórico triunfo panista sobre el PRIen julio del 2000. En efecto, desde que se inició el gobierno de Vicente Fox, se ahondó el distanciamiento entre los cuadros tradicionales del PAN , encabezados y encarnados por Diego Fernández de Cevallos, y el neopanismo, donde, sin duda, la figura central es precisamente la del presidente Fox. De cualquier manera, las pugnas dentro del PAN entre el foxismo y el panismo tradicional que controla el partido no han desembocado en una lucha interna ni en fracturas tan públicas y costosas como las que afectan al PRIy al PRD, pero sí le han impedido al PAN asumirse plenamente como el partido en el poder. De todas formas, el PAN llega a las elecciones de mitad de sexenio con la sombra de la acusación de los recursos ilegales que la organización “Amigos de Fox” le dio al partido para las elecciones del 2000, que, aunque de menor cuantía que los recursos petroleros desviados hacia el pri, mancha precisamente una de las páginas que servía de contraste entre el PRIy el PAN : la honestidad y transparencia en relación con los recursos.

El resto
Algunos de los partidos pequeños son, realmente, resabios de las manipulaciones del viejo régimen, que creaba y subsidiaba a voluntad partidos sin bases para dividir la oposición real y, a la vez, crear la imagen de un pluralismo que de verdad no existía. Errores de los partidos grandes y lagunas en la legislación han permitido la supervivencia de organizaciones que son meros membretes. Pero junto a esos falsos partidos —auténticos negocios familiares a costa del erario, como el pvem y el psn— está el empeño de nuevas fuerzas por romper el círculo de hierro formado por PRI-PAN-PRD, como puede ser “México Posible”, que busca ser un partido de referencia, que lleve al Congreso temas y representaciones de sectores y temas olvidados o marginados por los grandes partidos. En cualquier caso, la lucha de los nuevos pequeños partidos va cuesta arriba, pues cuentan con recursos limitados y la tendencia de los electores, según se desprende de las encuestas, es la de preservar el sistema existente a pesar de su inconformidad con los resultados.

En suma
Las elecciones de mediados del 2003 serán las primeras que se lleven a cabo plenamente bajo el nuevo régimen, bajo las reglas democráticas, pues por primera vez no existirá ni la sombra de un partido de Estado, y su credibilidad deberá ser mayor que cualquier proceso del pasado. Sin embargo, en los estados gobernados por el PRIaún se pueden dar situaciones que sean la prolongación del pasado, aunque en cualquier caso sus efectos serán marginales. Éste es el lado positivo o más brillante del proceso, pero hay otro al que se puede llamar el opaco: el sistema de partidos sufre de una falta de representatividad, la opinión pública tiene en muy baja estima el conjunto de sus componentes y el papel de sus miembros más destacados: los legisladores. Y las razones de esto último no son difíciles de encontrar: después de tres años del triunfo de la democracia, el efecto en la vida cotidiana es mucho menor que el esperado: la economía sigue estancada, la pobreza y desigualdad se mantienen imbatibles, lo mismo que la inseguridad; la impunidad del pasado no ha sido castigada, y la corrupción en las ventanillas o de la policía —que es la más cercana al ciudadano común— sigue casi tan robusta como años atrás.
     Con los datos disponibles, es posible afirmar que las elecciones por venir no van a cambiar prácticamente nada importante del panorama político mexicano, ni menos de la realidad; no van a representar un gran avance en la consolidación de la democracia mexicana, pero tampoco serán un retroceso. Bien visto, quizá esto último debe de tomarse como una modesta buena noticia. ~

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