Las leyes del libro contra el fanatismo del mercado

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El
concepto de la ley del libro está hoy de particular
actualidad. En España acaba de proclamarse una nueva ley,
después de una larga gestación. En México, donde
es tan necesaria, después de haber sido aprobada por el
Congreso y por el Senado ha sido aparcada por el presidente Fox,
aunque las espadas siguen en alto. Y, por último, este año
se cumple el 25o aniversario de la Ley Lang que implantó en
Francia el precio único, con resultados tan inequívocamente
beneficiosos, y que es como la “madre” de todas las demás.

La
Ley Lang

El
IMEC (Institut Mémoires de l’Édition Contemporaine),
que preside actualmente el gran editor Christian Bourgois, junto con
el Comité de Historia del Ministerio de Cultura francés,
ha publicado, en 2006, Le
prix du livre, 1981-2006
, subtitulado La
loi Lang
, para conmemorar los veinticinco años de
dicha ley, que instauró el precio fijo en Francia y que tan
decisiva ha sido para el sector del libro en dicho país. Un
aniversario que ha sido acogido de forma muy positiva por los
libreros y editores en amplios reportajes en Le
Nouvel Observateur
, Le
Monde
y Livres
Hebdo
, entre otros. Gracias a ella se ha facilitado la
subsistencia de los imprescindibles libreros y editores
independientes, la oferta de libros importantes culturalmente aunque
fueran minoritarios, en suma la riqueza y la diversidad cultural de
un país.

Tan
unánimes han sido las alabanzas a la ley del precio único
que parece como si todo este trayecto hubiera sido muy fácil,
cuando su puesta en marcha y su aplicación han sido
extraordinariamente dificultosas, como el estudio en cuestión
reseña de forma sintética pero minuciosa. Una ley que
apareció el 10 de agosto de 1981 en el Journal
Officiel
en un texto breve, de sólo once artículos,
y en el que lo fundamental era, con respecto a la venta de libros, el
principio del precio único fijado por el editor. La propuesta
de Mitterrand, candidato socialista a la Presidencia, estaba
simbólica y prácticamente vinculada al título de
su programa presidencial: “Cambiar la vida”, en la medida en que,
en palabras de Jacques Attali, “contribuyó, gracias a sus
efectos desde 1981, a transformar en profundidad y mejorar la
sociedad francesa y la vida de los franceses”.

En
los años setenta se produjo una crisis del libro en Francia,
buena parte de la cual, según editores y libreros, fue debida
a la emergencia de nuevos actores. En especial, la concentración
editorial, durante treinta años duopolista (Hachette y Havas,
fagocitada luego ésta por su rival), y la irrupción de
grandes cadenas de distribución como los centros Leclerc, así
como las FNAC,1
más especializadas, que pusieron en serio peligro la
continuidad de las librerías especializadas.

Jérôme
Lindon, editor ejemplar al frente de las Éditions de Minuit,
encabezó infatigablemente las acciones de resistencia con un
Leitmotif: “El
libro no es un producto como los otros”, la vida de un libro debía
inscribirse en la duración y para ello se precisaba de una
lógica comercial particular: “La carrera de un libro durante
muchas semanas o muchos meses implica una concepción de la
creación, de la difusión y de la distribución
completamente diferentes.”

Esta
concepción distinta de los libros ya apareció en un
texto de Diderot, Carta sobre
el comercio de la librería
: “Un error que veo
cometer sin cesar a aquellos que se dejan guiar por las máximas
generales es aplicar los principios de una manufactura de tejidos a
la edición de un libro.” Una temprana reivindicación
de la famosa “excepción cultural”, tan odiada por los
políticos neoliberales y sus intelectuales de cabecera.

En
1977, Lindon creó una “Asociación para el precio
único del libro” y, tras incesantes iniciativas, logró
convencer a muchos profesionales y políticos de su necesidad.
Pero encontró no pocas resistencias, incluso entre sus
colegas, entre ellos Gallimard (que más tarde rectificó
su posición), entonces encabezada por Claude Gallimard (el
hijo de Gaston, el fundador). Y también entre ciertos
libreros, con su desconfianza proverbial hacia los editores. Desde
entonces, también en 1977, Mitterrand, en una carta a Lindon,
tomó posición públicamente en favor del proceso
y luego, ya en el poder, lo apoyó sin reservas.

Si
la gestación de la ley resultó laboriosa y accidentada,
más aún lo fue su puesta en marcha, tal como en el
libro citado se describe de forma apasionante (apasionante para la
gente del gremio, bien
entendu
). Recordemos el clima de los años ochenta,
con Ronald Reagan y Margaret Thatcher en el poder, conspicuos e
influyentes neoliberales. Por una parte, hubo la tenaz oposición
de las grandes superficies, encabezadas por Leclerc, y también
de la FNAC, que intentaron toda clase de subterfugios al borde de la
ley o directamente fuera de la misma, en una clara presión
contra el gobierno. Pero incluso en el propio gobierno se enfrentaron
sordamente Jacques Delors, ministro de Economía y Finanzas, y
Jack Lang, ministro de Cultura. Y también se produjo la
hostilidad de la magistratura, reacia a aplicar medidas ante las
innumerables infracciones a la ley, así como la de los
policías que debían ejecutarlas, al considerarla
desfavorable para los consumidores (un ejemplo más de la
necesaria pedagogía que se debe hacer frente a esas opiniones
miopes o desinformadas o interesadas). Después de numerosas
trifulcas y de una intensísima labor de Jack Lang y su equipo
en Francia y en Europa, en 1985 se aprueba una nueva ley que,
conforme al Tratado de Roma, refuerza la anterior y que autoriza al
gobierno a instituir sanciones penales frente a numerosas acciones
ilegales, como la reimportación de libros impresos en otros
países con conspicuos descuentos.

En
1986 la situación parece estable, después de cuatro
años de tensiones varias, hasta que, en la primavera de dicho
año, una coalición de derechas, encabezada por Jacques
Chirac, toma el poder y se produce por primera vez la llamada
“cohabitación”: un presidente socialista, Mitterrand, y un
primer ministro conservador, Chirac. Un gobierno con un programa de
inspiración thatcheriana, con un nuevo ministro de Cultura,
François Léotard. Los adversarios del precio único
se frotan las manos, presionan rápidamente para la abolición
de la ley, las grandes superficies multiplican los descuentos
(rigurosamente ilícitos), la FNAC lanza una campaña
estentórea: “¡Libertad para los libros!”, pidiendo a
sus clientes que se adhieran a ella, etcétera.

Sin
embargo, y así lo confirman los archivos consultados para la
elaboración de Le prix
du livre /
La loi
Lang
, tanto el nuevo Presidente como el Ministro de
Cultura se oponen a este vuelco, y creen que la Ley Lang es
beneficiosa. Así, Jacques Chirac, dos meses después de
su postulación, en una entrevista televisiva, a la pregunta de
si el precio del libro sigue bloqueado responde categóricamente:
“Sí, porque es una ley que nosotros hemos votado, les
recuerdo que la ley se ha votado unánimemente en la Asamblea.
Esto permite decir que el liberal que soy yo considera que los
productos culturales no son exactamente productos como los otros.”
(Un inciso importante: Jean-Sébastien Dupuit, que estuvo al
frente de la Dirección General del Libro y de la Lectura,
desde 1993 a 2003, nos revela en el libro que “había una
relación muy antigua entre Chirac y Lindon. Ello explica que
la decisión de Chirac ya estaba tomada y que estaba fuera de
lugar revisarla. Por lo demás, Chirac lo expresó
nítidamente cuando tomó la palabra en el homenaje
organizado por el Sindicato Nacional de la Edición, en junio
de 2001, cuando el fallecimiento de Lindon.)

En
cuanto al ministro de Cultura, afirma: “Voté este texto como
diputado y mi posición a favor del precio único no ha
cambiado desde entonces.” (Inciso español: benditos
liberales franceses, qué diferentes de nuestros presuntos
liberales, Aznar y compañía, cuando tomaron el poder,
que intentaron tenazmente cargarse el precio único y, si no
hubiera sido por la aún más tenaz oposición del
sector del libro, casi lo habrían conseguido.)

A
partir de entonces, la oposición se hace mucho menos
virulenta, exceptuando la esperada hostilidad de las grandes
superficies. Por el contrario, la evolución de la FNAC, ya con
una nueva dirección, puede calificarse de ejemplar, según
los autores del libro. Opta por desmarcarse de Leclerc; en un
comunicado (prudentemente anónimo) se afirma: “La FNAC
estima que las grandes superficies se sitúan automáticamente
fuera de la ley, mientras que nosotros deseamos aparecer como un
partenaire y no
como un adversario de los pequeños libreros”; en resumen,
dice Le prix du livre,
“les inquietaba ser confundidos con saldistas desprovistos de
ambición cultural”. Subrepticiamente, se ha ganado la
batalla de la opinión.

En
el apartado de debates que sigue a la crónica y análisis
de la Ley Lang, interviene en primer lugar el propio Jacques Lang,
quien afirma: “La ley sobre el precio único del libro se
inscribía en una visión de la cultura y de la política
de la cultura según la cual los bienes culturales no son
asimilables a las mercancías ordinarias y que la concentración
es la enemiga de la libertad y de la creación.” También
evoca las medidas anticoncentración respecto al cine y lo
necesario de “apoyar, en todo el país, una capilaridad, una
multiplicación de creación y de mediación y
limitar la concentración…” Y constata, ya en 2006: “De
eso estamos lejos, evidentemente, hoy en día.”

Lang
repasa los múltiples obstáculos y la necesidad de
proceder rápidamente, instigado por Lindon, para poner en
marcha una ley de tanto carácter emblemático, de
“ruptura con una concepción más tradicional –otros
dirán: mercantilista o liberal– de la cultura”. En
resumen, “puede decirse que fue una especie de Blitzkrieg”.
También rememora la reacción de la prensa: contó
con el apoyo, importantísimo, de Le
Monde
, pero con la oposición de un órgano de
izquierda tan cualificado como Liberátion
o con las muchas reticencias de Le
Nouvel Observateur
. Lo que nos recuerda que la postura a
favor del precio fijo no resulta obvia de inmediato: precisa de una
reflexión atenta, de cierto esfuerzo intelectual, de un
conocimiento profundo y sin apriorismos del sector del libro. El
propio Jack Lang afirma: “Esta ley traducía también
una visión cultural que podía parecer elitista, y que,
sobre todo, apostaba por el futuro, contra el sentido común de
la época.” Por otra parte y por fortuna, tenemos dos
ejemplos históricos (teorías y especulaciones aparte):
el efecto positivo del precio único en Francia, a lo largo de
los últimos veinticinco años, y las pésimas
consecuencias que ha tenido su abandono en el Reino Unido. Jack Lang
también considera: “Hemos observado muy pronto una
multiplicación de infracciones (a la ley). Digámoslo:
la policía o la gendarmería, los prefectos, los órganos
ejecutivos locales, no han estado muy arrojados, y por otra parte se
entiende: denunciar infracciones de grandes superficies que hacen que
libros u otros productos sean más baratos, ¡es un tanto
duro! […] Luego, ante el tribunal, hay que convencer a los
magistrados, aunque, en principio, no hay que convencerlos, están
ahí para aplicar la ley. Pero, pongámonos en su lugar,
se enfrentan a gente infractora porque han decidido otorgar un
descuento.”


Nhat Binh (que perteneció a la DLL, la Dirección
General del Libro y la Lectura, entre 1982 y 1985) muestra también
su comprensión. “Vayan a explicarle al público que
preparábamos el futuro, que trabajábamos para el futuro
del territorio, que era por el porvenir de la creación, por la
diversidad editorial… Creo que la gente no podía entenderlo.
Y pienso que esto sucedía incluso en el más alto nivel
de los cuadros de la Administración del Estado que tenían
que aplicar la ley, en particular los magistrados.”

El
editor Christian Bourgois, que era en 1986 vicepresidente del
Sindicato Nacional de la Edición y presidente de la Comisión
de los Adelantos sobre Recaudación en el ámbito
cinematográfico, evoca su encuentro con un íntimo
colaborador de François Léotard, ministro de Cultura
con Chirac: “Tengo dos dossiers
‘indefendibles’ que voy a defender ante usted: no habrá
más cine francés si se suprime el adelanto sobre
recaudación, no habrá más edición
francesa si se suprime el precio único.”

El
apartado de debates acaba con las palabras de Jean-Sébastien
Dupuit (director de la DLL, 1993-2003, y consejero técnico del
ministro Léotard, 1986-1988): “¿Las próximas
generaciones compartirán estos valores? La verdadera pregunta
sobre la política del libro reside aquí y no en los
dispositivos de la ley, que no son sino troncos en el río…”

Aunque
prefiero terminarlo con la última intervención de Jack
Lang en el debate: “Podríamos haber sido temerosos ante el
cambio de gobierno en 1986, pero en ese momento estábamos
protegidos por los compromisos que se habían establecido. Y
además debe decirse que los profesionales finalmente se habían
incorporado a la causa, y por tanto se habían convertido en el
escudo de un texto que hoy en día es alabado por casi todos.
Se cree que ha sido fácil, pero en realidad era un texto que
se había enfrentado al sentido común y que había
sido defendido por una minoría esclarecida y combativa. Cuando
un puñado de gente tiene tal fuerza de voluntad, puede a veces
mover montañas.”

Pero
no quisiera dejar de mencionar a Jean Gattégno, director
general del Libro con Lang, del que fue colaborador fundamental, y
también, y este dato es importantísimo, director con
Chirac (éste demostró, en el ámbito de la
cultura, su talante de auténtico liberal). Jean Gattégno,
a quien tuve la fortuna de conocer personalmente, fue también
un extraordinario traductor (de Lewis Carroll, por ejemplo, por lo
que el nonsense no
tenía secretos para él, lo que posiblemente le fue de
gran utilidad en tan accidentado proceso).

En
resumen, como hemos visto, destacan cinco grandes actores en tan
dificultoso recorrido. El infatigable y audaz Jack Lang, algo así
como un “pájaro loco” nada loco; Jean Gattégno,
intelectual sutil y gran trabajador; el presidente Mitterrand, que
apoyó sin reservas la ley; el presidente Chirac, que, desde el
bando políticamente opuesto, le dio la necesaria y definitiva
continuidad; y quizá, por encima de todos, la autoridad moral,
el diagnóstico pionero de la gravedad de la situación y
la atenta vigilancia del editor Jérôme Lindon. No en
vano, en un artículo reciente en la prensa cultural francesa
se sostenía que, en realidad, esa benéfica ley debería
quizá llamarse la Ley
Lindon
.

México

La
situación de las librerías en México, aunque
algunas de ellas sean excelentes, preocupa mucho: hay un déficit
para alarmarse, con un deterioro cultural relevante.

Gabriel
Zaid, excelente analista, autor de Los
demasiados libros
, un texto de referencia indiscutible,
publicó en 2005 en Letras
Libres
un artículo sobre la situación de las
librerías en México. Un año después, en
junio de 2006, la misma revista publicó el mismo texto,
ampliado, que fue una instigación fundamental para que el
Congreso aprobara una nueva Ley del Libro que consagró el
precio único en México, un país que se regía
por los grandes descuentos en las grandes librerías o cadenas
de librerías, con sus pésimas e inevitables
consecuencias.

Zaid
argumentaba cómo “los grandes descuentos inflan el múltiplo:
obligan a subir el nivel general de precios. Es algo artificial, que
sirve para forzar a los lectores a concentrarse en unas cuantas
librerías, donde les bajan los precios previamente inflados
[…] ¿Y qué ganaron los lectores? Un país cada
vez más desierto de librerías”. Y describía el
“oasis” de la Gandhi, que “ya no necesitaba competir en
servicio…” Y “el secreto de las grandes rebajas” es que los
grandes libreros privilegiados por los descuentos, “los libreros
favoritos” (forzadamente “favoritos”), no es que vendan más
barato, sino que los otros tienen que vender más caro, al
tener un descuento menor.

Zaid
saca conclusiones tan razonadas como inapelables: “Que el precio no
sea fijo favorece a los favoritos” […], los cuales “polarizando
la concentración del mercado, ganan poder de compra y venta”.
Y finalmente: “¿Gana el público? No. Si todos los
libreros vendieran al mismo precio, todos los compradores comprarían
al mismo precio ‘rebajado’ que reciben los compradores del
favorito.” Prosigue: “¿Ganan los editores? Finalmente, no.
La competencia desleal arruina a muchas librerías. Los
editores, finalmente, pierden lugares de exhibición para sus
libros y pierden ventas. El favorito no absorbe a todos los clientes
de las librerías que cierran, porque algunos dejan de comprar,
los libros son prescindibles.” Y un colofón de eficacia
incontestable: “Hay testimonios europeos de que el precio fijo baja
el nivel general de precios.” (Por cierto, la prensa cultural
francesa ha seguido atentamente el proceso de la Ley del Libro en
México.)

En
una reciente visita mía a dicho país, en agosto de
2006, el tema de la implantación del precio único se
consideraba prioritario y necesario en el sector. Y no sólo
por parte de libreros independientes, sino también por
macrolibrerías como la propia Gandhi, y asimismo por editores
independientes, entre ellos Marcelo Uribe, del sello ERA, uno de los
grandes impulsores de la iniciativa, en sintonía con grandes
editoriales como Trillas, Santillana o Random: se consideraba ya, a
todas luces, que la situación actual era insostenible. Pero la
Ley del Libro, tras ser aprobada por unanimidad en la Cámara
de Senadores el 6 de marzo, y por mayoría en la de Diputados
el 26 de abril, fue inopinadamente vetada por Fox, en las
postrimerías de su mandato presidencial.

Ricardo
Nudelman, prestigioso librero y editor durante casi cuarenta años
en la Argentina y México (donde por cierto fue, durante muchos
años, la mano derecha de Mauricio Achar, el propietario de las
librerías Gandhi, precisamente las que ofrecían los
mayores descuentos), escribió el 22 de octubre, en Día
Siete
, un significativo artículo: “El veto del
retroceso.”

Nudelman
afirma que (para variar) el tema del precio único “no fue
bien explicado ni entendido”. Y aclara: “El precio de los libros
siempre fue fijado por los editores e importadores. Es igual que en
cualquier otro caso de una manufactura: quien fabrica fija el precio
según sus costos y utilidad. Y el mercado dirá si ese
precio es o no aceptable. La nueva ley del libro no modifica eso. El
productor seguirá fijando libremente su precio cuando el libro
es lanzado al mercado, podrá cambiarlo cuando crea que es
necesario hacerlo. La diferencia que establece la nueva ley con la
situación anterior es que durante tres años el precio
de venta al público de cada libro –es decir, de cada uno de
los títulos que se publican o se importan– deberá ser
igual en toda la República.”

Luego
comenta dos interpretaciones intempestivas en la prensa mexicana (en
Reforma y Milenio)
en consonancia con las que tuvo en su día la Ley Lang en la
prensa francesa. Y añade: “Lo que es cierto es que durante
los tres años que fija la ley desde la aparición del
libro nacional o desde la importación del libro, las librerías
no podrán dar descuentos al público. Insisto, en libros
recién aparecidos y durante tres años. ¿Por qué
creo que esto favorece a los lectores? Porque durante tres años
la competencia entre las librerías se hará por la
calidad del servicio y por la diversidad de la oferta y no por el
precio. ¿Por qué creo que esto favorece a las
librerías? Porque durante esos tres años las librerías
podrán competir por calidad de servicio y diversidad de
oferta, con lo cual podrán sobrevivir aunque su volumen de
compra sea inferior al de los grandes compradores.”

El
diagnóstico de Ricardo Nudelman, apoyado en su larga
experiencia (ahora en la poderosísima editorial Fondo de
Cultura Económica; antes, en buena parte, como he mencionado,
en Gandhi, el “enemigo” de la ley que ha dejado de serlo, como en
su día en Francia lo fue la cadena FNAC), es que no se
encarecerá el precio de los libros por la eliminación
de los descuentos, antes al contrario, si no se aprueba la ley, la
situación “… empeorará: seguirán cerrándose
librerías medianas y pequeñas, se publicarán
tirajes cada vez menores de las ediciones, se encarecerá de
forma ficticia el precio de los libros, etc. Es decir,
retrocederíamos cada vez más. Quienes tengan los
recursos económicos suficientes canalizarán sus compras
de libros hacia Amazon o las distribuidoras on
line
de España. Y los que no tengan esos recursos,
se las tendrán que arreglar como puedan”. Y concluye
sarcásticamente: “Porque para eso somos libres.”

La
nueva Ley del Libro en España

En
España el sector del libro llevaba mucho tiempo reclamando una
nueva ley del libro, que ha tenido una redacción laboriosa. En
conversaciones privadas con Rogelio Blanco, el actual director
general del Libro, éste me aseguraba su apoyo rotundo al
precio único.

Asimismo,
en una entrevista reciente a Carmen Calvo en septiembre de este año
en la revista Mercurio,
publicada por la Fundación Lara, a la pregunta de si se
mantendrá el precio único reclamado por editores y
libreros, la ministra respondía de forma inequívoca:
“Absolutamente. Está acordado por el Consejo de Ministros.
Pensamos que los libros no son meros objetos de consumo o simples
mercancías. El libro es un objeto de cultura con valores
propios (libertad, creatividad, reflexión, silencio,
diversión), ajenos a los puramente monetarios. Vamos a
mantener el precio único para que nadie juegue al alza o la
baja con el libro. La cultura no puede vivir sólo del mercado
ni sola en el mercado.”

Bien,
no ha sido exactamente así. Para los libros de texto el precio
es libre, pero se han suprimido los descuentos; con ello se pretende
evitar que se exhiban como señuelo dichos descuentos en
grandes superficies. Para Fernando Valverde, presidente de la
Confederación del Gremio de Libreros, el precio libre “no es
la solución, aunque es lo menos malo […], al menos, con el
precio libre el pequeño y mediano librero podrá
defenderse mejor de las grandes superficies”. Sin embargo, no pocos
libreros se manifiestan escépticos respecto a las ventajas
prácticas respecto a la situación anterior; también
se lamentan por la falta de coraje político por parte del
PSOE, el partido en el poder, para anular el decreto de 2000 y
regresar al precio fijo, lo que podría considerarse impopular
(de nuevo el temor, comprensible, a la fácil demagogia), razón
por la cual se ha impuesto una Realpolitik
algo timorata.

Por
su parte, Emiliano Martínez, presidente del Gremio de
Editores, consideraba que “la situación anterior del libro
de texto era insostenible y muy dañina para la pequeña
librería”, aunque “el precio libre no va a resolver el
problema de una manera definitiva”. Uno de los negociadores del
sector editorial me comentó que, una vez obtenido el acuerdo
entre el Partido Socialista y el Partido Popular, un acuerdo nada
frecuente en estos tiempos, se optó por blindar a largo plazo
el precio único, consensuado por el PSOE, el PP y los
profesionales del sector.

Quizá
a modo de compensación, el objetivo prioritario ha sido la
promoción de la lectura y la modernización de las
bibliotecas con fondos por valor de 431 millones de euros. En
palabras de Antonio María de Ávila, director ejecutivo
de la Federación de Gremios de Editores de España
(FGEE), “la inversión es notable comparada con lo que supone
el gasto habitual en España y nos gustaría que esta
cifra fuera aumentando para paliar el retraso histórico”.
Actualmente, la oferta en España es de un libro por habitante,
mientras en el resto de Europa es de dos como media.

A
modo de colofón provisional

He
puesto tanto énfasis en la Ley del Libro porque es
absolutamente necesaria. Necesaria pero no suficiente. Es como un
dique ante las oleadas de globalización, hiperconcentración
y banalización de la cultura. Un dique que hay que apuntalar
día tras día.

Así,
Benoît Bougerol, presidente del Sindicato de la Librería
Francesa, ha afirmado el 16 de noviembre en The
Bookseller
: “Las librerías independientes
francesas tienen los días contados, el sistema actual puede
desmoronarse como un castillo de naipes en un lapso de entre cinco y
diez años. Las grandes librerías independientes han
sido absorbidas, las pequeñas apenas pueden subsistir, sólo
las medianas logran mantenerse a flote […] A pesar de la ley Lang
sobre el precio único, las librerías independientes
están seriamente afectadas por la contracción del
mercado, el aumento de ventas en los supermercados y de libros
electrónicos, el aumento de los alquileres, salarios y
transportes.”

En
España estamos, entre otros, ante un problema importante: el
de la distribución, afectada por el recorte de “referencias”
–es decir, el número máximo de títulos por
adquirir, el numerus clausus
no sólo por las grandes superficies (como hasta ahora) sino
también por algunas buenas librerías independientes,
ante el endurecimiento del mercado.

Pese
a todo ello, y como dato optimista, asistimos a una notable floración
de editoriales independientes con vocación cultural, desde
luego en España y también en Italia o Francia. En
América Latina, después del notable desembarco de los
grandes grupos transnacionales con sede en España, en los
últimos años aparecen nuevas editoriales, aquí y
allá, en la Argentina, México o el Perú. La
pulsión editora es inextinguible, la insatisfacción
ante el statu quo
cultural se expande.

Se
puede y se debe luchar por un futuro mejor, más rico y más
satisfactorio culturalmente. ~

Texto
leído en el XV Simposio Internacional Fundación Luis
Goytisolo,

22
de noviembre de 2006.