Los usos del corazón

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De la infinidad de interpretaciones que tiene el corazón, ese músculo o víscera o metáfora sin cuya presencia, según Albert Camus, la vida sería mucho más llevadera, pueden elegirse algunas, escritas por ese experto en corazones o, para ser justos, por ese inventor del corazón que se llamaba William Shakespeare. En Macbeth, por ejemplo, encontramos nueve usos del corazón nada despreciables que pueden aprovechar cardiólogos y debutantes.
     El primero aparece cuando el rey Duncan recibe a dos de sus generales. Uno es Macbeth que, siguiendo el hilo de la predicción de las brujas, acaba de ser ascendido a thane (el equivalente a barón en España) y el otro es Banquo, que conforme avance la historia será degradado (o graduado, según la filiación espiritista del lector) a espectro. El rey Duncan le dice a Banquo, y abre el tema de los usos de ese músculo o  metáfora: "permíteme que te abrace y estreche contra mi corazón". Banquo responde, y nos hace ver que el músculo puede usarse como parcela: "Si en él germino, vuestra será la cosecha".
     Más adelante Shakespeare sostiene que el corazón, según su color, puede usarse de termómetro para detectar los grados de valentía: Macbeth asesina al rey y el pánico se dispara cuando se ve las manos llenas de sangre. Se deja arrastrar por sus reflexiones, jura que durante el asesinato oyó este pronóstico: "No dormirás más… Macbeth ha asesinado el sueño". Lady Macbeth, su lady, directora artística del magnicidio y autora de consejos de calibre considerable ("Presentaos como una flor de inocencia, pero sed la serpiente que se esconde  bajo esa flor"), trata de controlar la  situación y manda a su esposo a "sembrar" los puñales ensangrentados con los que acaba de asesinar al rey: la siembra, dice la lady, debe ser en los cuerpos dormidos de los centinelas. Probablemente alguno de los dos centinelas tenía, igual que Duncan, el corazón germinado; entonces la siembra de Lady Macbeth hubiera hecho de ese cuerpo una parcela completa. Macbeth, virtual rey y real pasmado, como a estas alturas debe suponerse, se niega. La mujer  regresa de la "siembra" y le dice a su  esposo, que ahora es el rey del pánico: "ya están mis manos del color de las vuestras, pero me avergonzaría de tener un corazón tan blanco".
     León Felipe, cuya traducción de Macbeth tiene más de él mismo que de Shakespeare, consigna esta línea ya  interpretada y digerida: en lugar de "tan blanco" traduce "tan blando".
     El tercer uso del corazón en esta historia es más bien un desuso: el músculo o metáfora es tan autónomo que su dueño necesita esconderlo para que no se evidencien sus intenciones. Macbeth, con el ánimo de ocultar su cruzada para adueñarse del reino que es, digamos, un agua que le va llegando a las tetillas, le sugiere a su lady: "Hacer de nuestras caras máscaras de nuestros corazones".
     El cuarto uso del corazón también lo propone la estrella de la historia, que dice, cuando el agua de su cruzada personal empieza a llegarle al cuello, que el corazón agarra y aprieta de la misma forma en que las manos laten: "Las  primicias de mi corazón serán las primicias de mi mano". El corazón como cisterna que se vacía es el quinto uso que le da Malcolm, en plena fuga, cuando los niveles de la cruzada personal de Macbeth ya le rebasaron el cuello. Sin más le dice a Macduff: "Busquemos alguna umbría desolada y lloremos ahí hasta desahogar nuestros tristes corazones". Malcolm, que es por cierto el hijo del rey muerto, es autor también del sexto uso. Cuando se entera de que la esposa y los hijos del general Macduff han sido asesinados, le grita al agraviado el planteamiento de que el corazón es un fusible, ese elemento que se rompe para que no se funda toda la instalación sentimental: "Dad palabras al dolor, la desgracia que no habla murmura en el fondo del corazón, que no puede más, hasta que se quiebra".
     El séptimo consagra a Malcolm  como el ingeniero hidráulico de la obra, que ahora propone llenar esa cisterna que fue vaciada en el quinto uso: "Que el dolor se transforme en cólera y sin abatir el corazón, le llenéis de rabia".
     La dama de compañía de Lady Macbeth vuelve en este octavo uso a la idea de que el corazón, valiéndose de su  autonomía, más bien se usa a sí mismo. Lady Macbeth está loca porque ha  descubierto que tiene las manos tan llenas de sangre y el corazón tan blanco (o tan blando) como su marido. Dice estas cosas sin reparar en que el médico y su dama de compañía la escuchan. La  dama dice: "No quisiera llevar un  corazón semejante en mi pecho ni por todas las dignidades que pudiera tener el cuerpo".
     Un poco después Macbeth, atrincherado en su castillo junto a su lady loca, con los niveles de su cruzada personal hasta la coronilla y sin embargo seguro de su victoria, establece el noveno y  último uso, que es el del corazón como motor del alma: "Por el alma que me guía y el corazón que me late". –

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