Lugares comunes

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Los lugares comunes son inagotables, no dejan de renovarse. Siempre habrá quien descubra a Unamuno y se apoye en él al sostener en prueba de feminismo, no crean que no, que las mujeres son más rápidas que los hombres porque éstos se demoran en pensar, mientras que las mujeres se precipitan por instinto. O quien insista en aquello de que los escritores, encerrados en un mundo de fantasía, no son fiables a la hora de opinar sobre realidades.
     Si los lugares comunes no se empleasen con frecuencia no serían lugares comunes, pero el abuso sobresalta. Un poeta asiste con puntualidad a congresos, desde hace cuarenta años; usa estas trivialidades como los aedos griegos usan los epítetos: para ahorrar trabajo. Entonces pueden entretener a oyentes que gusten de su caza. He aquí mi botín, referido a León Felipe: huérfano cazador en las lides del mundo… rendido de fatiga… a merced del destino… las esencias profundas… el sayal de los suplicantes. A veces uno agradece la aparición, no de un lugar común, sino de una audacia privada: Whitman, el más poderoso creador de todos los tiempos… o “El payaso de las bofetadas”, el más importante poema de la literatura española.
     Pueden ser contagiosos. En la misma ocasión coseché, en otro maizal, estos otros: doblar la espina dorsal… el suelo bajo los pies… a lo ancho y a lo largo… el poeta debe ser un servidor de su pueblo… En ese momento me desperté sobresaltada del embeleso: Einstein cargaba con la sonrisa de un gato ausente, ausente también Shrödinger. Como decía Bergson, reactualizado por Prigogine, la realidad no es sino un caso particular de lo posible.
     ¿No produce un placer suplementario, en medio del normal discurrir narrativo de una novela (aunque se complazca en ciertas proliferaciones y desvíos), dar con una información inesperada, que nos proyecta lejos de la lectura, ganándonos un breve campo de libertad no previsto por el autor? No es desaire; apenas el derecho de recuperar por un momento las ofertas de nuestro propio laberinto. Algo como encontrar el haba de la rosca de Reyes que une el simpático dedo del azar y el compromiso futuro que implica. Cito un ejemplo, el más reciente: en El canto del ser y del parecer, de Cees Nooteboom, me detengo en un dato: el padrino de una boda va a tener, entre otras responsabilidades, la de afeitar o hacerle la barba al novio. Me distraigo del relato, que transcurre en ese mundo mitteleuropeo conflictivo, pulverizado por guerras, reaglutinado mediante tratados inhumanos y, tras reflexiones no previstas sin duda por el autor, voy recorriendo distancias astrales hacia el hoy, para situarlo en un plano más íntimo, el de las costumbres perdidas, los rituales y simbolismos abolidos.
     Como el Padre Brown, el detective de Chesterton, que para dar con alguien en una ciudad se introduce en casas desde donde algo inesperado lo atrae, suelo ser llamada, entre los libros de una biblioteca o de las librerías, por títulos donde centellea una palabra que desconozco o que aparece y desaparece de mi horizonte sin darme tiempo a capturarla, profundizarla, apropiármela, elemento venido de la vasta bodega donde se organiza mi problemática ignorancia.
     A veces, con mucha suerte, el libro íntegro es esa trampa subyugante, desviación del todo inesperada. El gran incendio de Londres (perdón, es una novedad de 1989), en ausencia, se expande como la propia catástrofe ígnea, por un libro de 412 páginas e índice. (Seuil no tiene la simpática costumbre de señalar el tipo de letra, pero es pequeño, con inserciones más pequeñas aún.) Como es de Jacques Roubaud, si bien estoy navegando en otras aguas, no me dejo intimidar. Empiezo una lectura, quizás algo distraída, hasta que descubro su plan sterniano y oulipesco, pero resuelta a no confirmar mi sospecha mediante el tramposo recurso de deslizarme hacia el fin. Tampoco voy a proponerlo aquí: estamos en otra circunvalación… y recordarán cuál si les digo que encuentro —con regocijo cómplice— un casi tratado (más de siete páginas) sobre las jaleas, y más específicamente sobre la de acerola, fruto rojizo del acerolo, algo como una manzana en miniatura, que por esto mismo —concentración en poco volumen de los elementos esenciales para una jalea, cáscara y semillas, y la poca pulpa consiguiente— da un resultado exquisito. Puede resultar misteriosa a otros, no a mí, por modestas razones: al menos en un tiempo, se cultivaba, aunque yo le atribuía un carácter casi salvaje, en la confluencia granjera y verde de dos costas uruguayas.
     Pero las alegrías que me depara El gran incendio… no están relacionadas sólo con el arte y la tradición culinaria. No resultan extrañas las referencias a Alicia y sus líos con una Reina histérica en un autor serio y oulipiano. Pero A.A. Milne, el simpático autor que convirtió a su hijo Christopher Robin en el personaje infantil de varios libros, con Winnie-the-Pooh y otros amigos, no ha dado el salto hacia la gran crítica. Celebro, pues, el análisis rítmico que Roubaud hace de uno de los excelsos diálogos entre Pooh y Piglet, cosa que no debe sorprender en un especialista en los versos de arte mayor de la Edad Media española. ~