Ni mérito ni misterio

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Hablé el mes pasado de aquel documental que vi empezado, Enamoradas de asesinos. A todo llego últimamente empezado, yo que fui tan puntual antaño, y por eso ignoro el título y el director de una película basada en una historia verdadera, creo, aunque sí reconocí a sus principales actores: James Woods, con su cara enjuta y picada, en el papel de reiterativo asesino de los años veinte y treinta, y el joven Robert Sean Leonard, en el de carcelero bienintencionado de la última prisión a la que aquél va a parar, tras muy largo recorrido. A Journal of Murder (Diario de asesinato) me parece que era el subtítulo.
     Tanto da, para el caso. Woods era el protagonista absoluto y hacía una interpretación excelente, como es su costumbre. La película era deliberadamente sosa, en tono de crónica, lo cual le confería, al menos, la virtud de resultar sobria y no histérica en modo alguno. Quiero decir que no se trataba de una de esas obras, novelísticas o cinematográficas, en que, con más o menos disimulo, se explota lo que tan vagamente se conoce como "morbo" y que tantísimo abundan. Constituyen ya todo un subgénero, y de los más facilones. Con la coartada o pretexto de "denunciar la violencia de nuestra sociedad", de "ahondar en lo más oscuro del alma humana", de "explorar los motivos de los asesinos que carecen de ellos" o de "intentar comprender el horror", hay una auténtica plaga de películas, novelas y reportajes sobre los asesinos masivos —"en serie", los llaman—, los torturadores más crueles, los violadores más sádicos, los sacamantecas, los devoraniños y demás individuos bestiales. Yo, la verdad, desconfío por principio de los posibles interés y calidad de estos productos, por muy "artísticos", "estremecedores", "duros" o "desgarradores" que se me presenten. Porque nada es más fácil que impresionar al espectador o lector a base de atrocidades. Para eso, de hecho, no se requiere ningún arte: la mera enumeración de barbaridades, la mera descripción de salvajadas, encoge el ánimo, sin necesidad alguna de elaboración artística. Si uno lee las recientes declaraciones de ese antiguo militar chileno que ha dado detalles de las matanzas pinochetistas, y se entera de que a los presos les sacaban los ojos a cuchilladas, pues, francamente, no es preciso añadir más, ni buscar una forma de narración "eficaz" o determinada, para que a uno lo invada el espanto. Y si ve en pantalla cómo un padre muele a su crío a palos, por mal realizadas que estén las escenas o por tramposas que sean, el hecho es en sí lo bastante sobrecogedor para dejarlo a uno abatido. Para mí que hay mucho novelista y mucho cineasta que, por así decir, se abren paso "a codazos" en sus respectivos campos (codazos al público y a sus competidores más honrados), y eso no me interesa.
     Pero la película que vi empezada no participaba de ese espíritu engañoso, ramplón a la postre: no, si me llamó la atención fue porque no incurría en ese "morbo" barato —disfrácese como se disfrace—, sino que era, más bien, tan bienintencionada como el joven carcelero que interpretaba Leonard. El personaje de Woods, según su diario (que ningún editor se atrevía a publicar y por cuya difusión luchaba el guardián), se había cargado a una treintena de personas, muchas de corta edad. A veces para robar, a veces porque se le iba la mano (sin duda un hombre colérico), a veces porque sí. Cometidos sus delitos en un Estado sin pena de muerte, iba de cárcel en cárcel y en cada una se añadía nuevos crímenes. "He violado todas las leyes divinas y humanas", decía, "y si hubiera más, también las habría violado". Lo curioso de la película (como de tantas otras obras) era la enorme atención prestada a este asesino, por parte del director como de los personajes: las tentativas de comprenderlo, o de explicarlo, incluso de justificarlo. "Nací donde nací y tuve la infancia que tuve", afirmaba, "hago lo que a mí me han hecho siempre". Pero nadie lo había matado. Y, sobre todo, hay muchos individuos nacidos en las peores y más brutales circunstancias que no por ello se convierten necesariamente en verdugos implacables.
     En ese Diario no había la menor preocupación por las víctimas, ni la tenía Woods ni nadie. Sólo eran un número, veintinueve, treinta. Quizá sobre ellas no habría salido una historia interesante, no pretendo tal cosa. Pero me pregunto por qué sí se consideran interesantes a los asesinos más atroces, por el mero hecho de serlo. Hannibal Lecter es un personaje interesante en sí mismo, no son sólo sus crímenes los que en tal lo convierten. Como lo era Landru, o su alter ego ficticio a cargo de Chaplin, Monsieur Verdoux. No lo son, en cambio, la mayoría de los que hoy nos muestran la ficción ni la realidad. Una matanza, no se olvide, está en principio al alcance de cualquiera: no tiene mérito, ni tan siquiera misterio. Enseñarla o contarla y ensartar truculencias también está al alcance de cualquier imbécil. Es algo que tampoco tiene en sí mismo mérito, ni tan siquiera misterio. –