Páginas sobre el genio militar

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El primer signo del talento es ser infatigable.
     — Antón Chéjov
      
     La historia militar me despierta curiosidad insaciable. Seguir, por ejemplo, el incierto y emocionante desarrollo de las campañas de los grandes generales, su manera de descifrar enigmas (hacer un plan de batalla debe parecerse a demostrar un teorema) o de cambiar desventajas y adversidades en venturas y ganancias, me atrae apasionadamente. Asombrado como estoy de la ineptitud que nos sojuzga a nosotros los mexicanos, me recreo con no sé qué complacencia morbosa observando la infinita habilidad de un Julio César o un Amílcar Barca (“Barca”, dice Mommsen, quiere decir “relámpago”) y me pregunto ¿qué es el genio militar?, ¿cuál es el talento específico de un Alejandro, un Aníbal, un Bonaparte o un Álvaro Obregón?
     En mis lecturas he avanzado hacia algunas conclusiones. Una es que no se trata de alguna facultad semimágica de concepción de estratagemas (la idea de una especie de jugador de ajedrez). No, la guerra es demasiado compleja y demandante para que pudiera bastar con eso. Tienen que ser capacidades muy diversas juntas en una sola persona. Veamos.
     Antes que nada el espejo de generales ha de ser gran organizador. Porque, es obvio, el militar precisa un grupo de gente perfectamente adiestrada, es decir un ejército, que responda sin vacilar, con presteza y exactitud, aun en condiciones muy difíciles, a sus órdenes.
     Eso requiere una mezcla rara de cualidades contrarias: dureza y suavidad, pasión, pues nada excelente se alcanza sin pasión, y al mismo tiempo capacidad de la más completa sangre fría, como quien careciera por entero de emociones.
     Pero estos requisitos preliminares no son, después de todo, sobrehumanos. Lo decisivo y asombroso del talento militar he venido a pensar que es una cierta capacidad de atención, mejor dicho, una capacidad anómala, desmesurada, absoluta, podríamos exagerar, de atención a todos los detalles. Al mismo tiempo, se va formando con eso una especie de todo significativo. Es como si el gran general, antes del encuentro, mirara con atención frenética todo: terreno, composición de las fuerzas enemigas y de sus propias fuerzas, predicciones climatológicas, en fin, absolutamente todo, pues no debe escapar ningún detalle. Esa monstruosa omnipercepción conduce a imaginar todas las posibilidades, y otra vez, ninguna debe quedar sin consideración.
     En la omnipercepción debe captarse la posibilidad de encadenar ciertas acciones de manera que conduzcan necesariamente a la derrota del enemigo. Es decir, la gran idea nace de la omnipercepción, ella misma no es invención del ingenio, sino percepción pura y simple, que se mira en el mapa. Y el punto es que sea necesariamente como se encadenen las acciones. Si no se capta esta necesidad, es mejor eludir el encuentro. Rommel decía que lo decisivo en las campañas no era el qué, sino el cuándo. Desconfianza patológica: nunca hay que fiarse. Si presentas batalla es porque sabes, hasta donde es humanamente posible estar cierto, que vas a ganarla. Incontables son los casos de los derrotados por exceso de confianza. Y, claro, no hay enemigo pequeño: el buen general jamás minimiza a su rival.
     “El soldado, cuyo instinto militar se había desarrollado en el servicio de las armas, presentía por todas partes la exactitud de miras, y la mano segura y fuerte de su general”, comenta Mommsen de la tropa nada menos que de Aníbal. Espero que ahora dispongamos de más elementos para comprender esta frase o, más en general, para leer clásicos como La Guerra de las Galias de Julio César.
     Por último, un gran general jamás haría cosas como tratar de desaforar a López Obrador, simplemente porque no sabe bien qué consecuencias pueda traer esa acción. Podría ser que ninguna, pero podrían ser desmesuradas, como en Colombia en 1948, cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán, que las multitudes enfurecidas quemaron el Centro Histórico de Bogotá y la política se desestructuró en el país. Y, bueno, un gran general va a la segura o no va, y tiene “mano segura y fuerte” porque nunca se comporta como un apostador irresponsable. Ésa es una de las muchas lecciones que se obtienen de leer libros de historia militar. –

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